Por Juan Ramón Martínez

El viernes pasado, (julio 17) en horas de la mañana (8:45 a.m.), el embajador Llorens reunió en sus oficinas a Jorge Canahuati, Camilo Atala, Elvin Santos Ordóñez, Arturo Corrales y Carlos Flores, para darles a conocer la propuesta que el mediador Óscar Arias, le presentaría al gobierno de Honduras el día siguiente. No sabemos si Arias envió una copia al Departamento de Estado y éste le hizo la comunicación a Llorens; o si la propuesta de Arias fue preparada por el equipo de la secretaria Clinton en Washington.

El embajador Llorens, argumentó a favor de la misma. Dijo que era lo mejor para restablecer el crédito internacional de Honduras, en vista que toda la opinión pública internacional, estaba en su contra. Ratificó que, aquí había ocurrido un golpe de Estado; y que si no se aceptaba el hecho, Honduras sería sometida económicamente; e incluso castigados sus políticos con lo que más le temen: la suspensión, parcial o definitiva, de la visa de los Estados Unidos. La mayoría de los asistentes reaccionaron muy sorprendidos. El primero que habló fue Jorge Canahuati que indicó que le parecía que la propuesta era imposible de aplicar, inaceptable por la mayoría; y totalmente injusta con el sistema jurídico nacional. Santos Ordóñez, explicó que no traería la paz a Honduras, que Zelaya tiene dificultades para cumplir su palabra; y que, al regresar seguiría haciendo lo mismo, con más fuerza y sentido de impunidad. Corrales y Flores hablaron muy poco. Atala calló. Los dos primeros, Flores y Corrales, según nuestras fuentes, presumiblemente se habían reunido el martes anterior en Nueva Orleans con Zelaya, Yani Rosenthal y un funcionario del Departamento de Estado que funcionó como amigable validor de la reunión. Aquí, se conocieron los primeros términos de la propuesta que Arias presentó como suya en San José de Costa Rica el sábado 18 de julio recién pasado.

Aunque no se declaró, al concluir la reunión cerca de las 12 del mediodía, la mayoría de los concurrentes aceptaron que no había otra cosa que hacer; y que, por consiguiente, era necesario buscar la fórmula para que la mayoría de los hondureños, aceptara con disciplina democrática –y en nombre de la Constitución y las leyes del resto de los países del mundo– el regreso de Zelaya y su grupo al poder, con sumisión y respeto a un gobernante que no ha tenido la humildad republicana del servicio; ni mucho menos, el respeto a la ley.
Mientras esto ocurría, el Presidente Micheletti, ignoraba totalmente el que la reunión se hubiese efectuado. El embajador Llorens, desde la sucesión inmediata ordenada por el artículo 239 de la Constitución de Honduras, aunque reside en Tegucigalpa, no ha llamado ni respondido telefónicamente a ningún oficial del gobierno elegido por el Congreso Nacional. Corrales Álvarez, aunque se desempeña como mediador del gobierno de Micheletti en las negociaciones en Costa Rica, no le comunicó a Micheletti sobre la reunión. Fue por información de una fuente ligada al candidato de los liberales, que Micheletti se enteró del asunto. Como se puede imaginar, en el equipo gubernamental, corrió como pólvora un sentimiento de indignación, frustración y soledad. Micheletti ratificó su voluntad de oponerse a lo que considera una verdadera infamia, en la que como en todas, no se respeta en absoluto los más mínimos derechos de los hondureños que “estamos orgullosos de nuestro sistema legal, de la forma como procedió” y del ejemplo que se le ha dado al mundo: que el Presidente de la República, no está por encima de la ley.

En Costa Rica el día siguiente, Arias leyó su propuesta. Contrario a la opinión que había expresado Llorens en la citada reunión del viernes 17 en Tegucigalpa; y discretamente respaldado por dos de los allí reunidos, en el sentido que Zelaya no aceptaría compartir el gobierno con Micheletti, la delegación de éste, se abalanzó sobre Arias para celebrar los alcances de la misma. El retorno triunfal, como Napoleón y con sus “josefinas” al lado, en olor de multitudes financiadas por Chávez, les sonó como maná caído del cielo. De la misma manera, les pareció que la amnistía, les dejaría fuera de los tribunales, porque aquí buscarían la manera que las masas les protegieran y que los jueces no tuvieran valor para deslindar los delitos políticos y los conexos, de los actos de corrupción cuyas pruebas de forma irregular, nos informaron, llevó consigo Corrales Álvarez a San José. Les incomodó a los más sectarios, (Jiménez Puerto, Rixi Moncada y Flores Lanza), el concepto de gobierno de integración, porque la redacción, como todos los documentos diplomáticos, es enormemente ambigua. Zelaya les llamó por teléfono dándoles una definición de lo que es integración y estableció que nunca gobernaría con ministros de Micheletti. Por su parte, la delegación hondureña, incluso Corrales que conocía el documento previamente, se negó a aceptar la totalidad de los términos. Al final, el triunfalismo de Rixi Moncada, su rictus rencoroso y la falsa información sobre lo que ocurre en Honduras, anunciaron un panorama muy negativo para el pueblo que adversa a Zelaya, mayoritariamente.

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