Vuelven a cortar el agua, al igual que la respiración.

Micheletti, desde su horizonte, toma en serio los versos de Rugama y cree, fielmente, que la tierra es un satélite de la luna.

Una calma chicha (me gusta esta descripción de novela marina) oscila en el ambiente al igual que la lluvia en suspenso por la canícula que recién comienza.

La canícula, esa tierra de nadie en la guerra de trincheras de las estaciones... la canícula política, la canícula de observar al otro mientras camina veleidoso y lúbrico pegado a las paredes, la canícula de una plática interrumpida al acto cuando se dice que uno se opone a totalidad al Gobierno surgido del Golpe Militar...

No veo a nadie que me remita a la serenidad de un Lama, al contrario, todo mundo es un Lama queriendo regresar sea como sea a las alturas del Tibet.

Los rumores corren como jauría de perros en los callejones, retozan, se mordisquean y de pronto, en medio de sus dentelladas en ascenso, cae agua desde alguna ventana y todos desaparecen.

La jaula del Toque de Queda ha sido abierta, pero los tordos, volamos rápido hacia otra: de jaula en jaula transcurre el día; los soldaditos de los ochentas van desapareciendo paulatinamente y se reagrupan en otra bolsa de plástico. El miedo ha quedado instaurado y ya se pasea con su uniforme transparente, en el camuflaje colorido de los payasos, en la mirada llena de patina de los antiguos sapos, en el ascenso del escalofrío.

Un señor de nombre Obama, se da cuenta que la romántica esperanza no produce ni un milimétrico cambio, y que los imperios -sobre todas las cosas- lo que necesitarán por siempre serán halcones que resguarden y reconquisten sus fronteras.

F.E.
15-7-09

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