Por Giovanni Rodríguez
Ya había dicho una vez que no sabía si lo que resultaría del debate generado alrededor de la consulta popular interrumpida el domingo por los militares sería el inicio de otra oscura historia nacional, pero reafirmo mi postura y digo que prefiero tomar parte en este debate al favor de lo que, al menos en apariencia y aunque nos dé menos garantías que un melón en tiempos de salmonela, tiene el rostro de la defensa de la dignidad.

Es muy probable que Mel Zelaya no sea el mesías político que todos esperamos para el inicio de la redención de nuestro país, y es muy probable que algunas de las manchas que se le adjudican a su Gobierno existan realmente, más allá de la nefasta campaña mediática a través de la cual se propusieron derrocarlo, pero acostumbrados como estamos a la desesperanza, sus mínimos gestos en defensa de nuestra dignidad nacional representan la más auténtica señal de un cambio positivo después de tantos años de servilismo, de conformismo, de mendicidad internacional.

Si algo defendemos no es la iniciativa de la consulta popular, ni el bigote espeso ni las botas ni el sombrero de ala ancha de Mel, no es la posibilidad de que en el futuro cualquier presidente de la república pueda ser reelecto, como ocurre con absoluta normalidad en cualquier país con una mayoría más o menos sensata, tampoco defendemos “el desorden”, “la anarquía” o “el continuismo” que supuestamente pretendía Mel sino el valor histórico de este momento, un momento que ha propiciado el sano despertar de un pueblo dormido, defendiendo lo que puede resumirse en una sola palabra: DIGNIDAD.

Ha tenido la suerte Mel de estar al frente de este momento histórico, pero sobre todo ha tenido el valor de no ceder, ni en los días en los que, desde Casa Presidencial, reafirmaba su decisión de llevar a cabo la consulta popular, ni en el momento en que, en ropa de dormir, llegaba a Costa Rica desmintiendo el infame argumento de su renuncia fraguado por los arribistas que ahora tiemblan ante la inminencia de la caída del cielo sobre sus podridas cabezas.

El jueves es el día anunciado para el regreso de Mel Zelaya a nuestro país. Y no será un día importante sólo porque los actuales efímeros gobernantes enviarán a sus guachimanes a ponerle de nuevo las esposas. No será un día importante sólo por la tensión y las probables acciones violentas de la policía y el ejército contra el pueblo que lo recibirá. Será un día importante porque el pueblo hondureño y el mundo entero estarán haciendo justicia al devolverlo al puesto para el que fue elegido democráticamente y del que fue destituido ilegal y violentamente. El jueves será un día importante para la historia de Honduras y de Latinoamérica porque será el día en que, por primera vez en mucho tiempo, el pueblo dará las más auténticas señales de haber despertado de su pesado sueño, porque será el día en que habremos recobrado un poco de nuestra dignidad perdida a lo largo de toda nuestra miserable historia nacional, porque por fin veremos en las calles a los hombres y mujeres libres reclamando sus derechos y denunciando a aquellos que se los han coartado, porque ese día sí se estará practicando de verdad la democracia en Honduras, porque en ningún otro momento nos sentiremos más libres, más soberanos y más independientes.

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