Por Giovanni Rodríguez
Leamos lo que dice Rubén Escobar, periodista del diario Tiempo de Honduras: “Algo que está por investigarse es el hecho de que los ejemplares del periódico ‘desaparecen’ muy rápido de los kioscos. De hecho hoy recibí una llamada de un lector de Tegucigalpa que me dijo que a las 8 de la mañana ya no lo encontró, por lo que no sabemos si alguien los está comprando en grandes cantidades para que no lleguen al público. Lo mismo sucede en San Pedro Sula y en otras ciudades.”
Y leamos ahora un fragmento de la novela Ensayo sobre la lucidez del premio Nóbel de Literatura José Saramago en su página 405 de la edición de Alfaguara: “Entonces aconteció lo inevitable, llegando al décimo quiosco el comisario no encontró el periódico. Lo pidió haciendo como que iba a comprarlo, pero el quiosquero le dijo, Ha llegado tarde, hace menos de cinco minutos que se los han llevado. Se los llevaron, por qué, Están retirándolos de todas partes, Retirándolos, Es otra manera de decir que han secuestrado la edición.”
Como ven, será poco lo que yo pueda decir para comentar este extraño fenómeno de la desaparición de los ejemplares de un diario desde tempranas horas de la mañana en Honduras, será muy poco lo que desde mi indignación como hondureño pueda decir al respecto, tan sólo que en estos días en nuestro país la realidad abruma mucho más que antes y además asusta porque se parece demasiado a una obra de ficción.
Entre el cerco mediático impuesto por el gobierno golpista algunos medios de comunicación han sabido resistir; uno de ellos es diario Tiempo, y su valiente postura será recordada y correspondida durante muchos años por los hondureños que hoy defienden su derecho a vivir en un país libre y con dignidad.
Durante los primeros días del golpe de Estado el drama era para cualquier hondureño sensible la única forma de saber que existíamos. Si nunca habíamos observado nuestra realidad nacional con ese componente de dramatismo que los hondureños tenemos tan a flor de piel es porque lo de nuestro hundimiento había sido un proceso, y además, un proceso relativamente lento, repartido en pequeñas dosis de ignominia, en calculados golpes bajos a nuestra dignidad. Pero ahora, a partir del 28 de junio, es distinto. Ahora en estas Honduras llegamos a tocar el fondo sin que nadie nos avisara nada, ahora la realidad es percibida por nuestros cinco sentidos y lo abarca todo, y por si fuera poco, se parece demasiado a una obra de ficción.
Es fácil encontrar en la literatura situaciones como las que plantea Saramago en sus novelas, pero hasta ahora creíamos que era muy difícil encontrarlas en la realidad. Honduras se ha convertido en un inmenso escenario en donde convergen las miradas atónitas del mundo entero mientras unos u otros personajes se disputan el futuro de la patria.
Nadie sabe cómo acabará esta obra espontánea de nuestra historia nacional, esta otra novela con personajes autoritarios, represiones, sangre y muerte. Será difícil observar, después de los muertos, los desaparecidos y el atraso de muchos años que estos acontecimientos representarán, un balance positivo, pero al menos habrá servido, al igual que las ficciones, para descubrirle la cara a la mentira y extraer de todo eso algunas cuantas verdades que nadie, por muy obtuso que sea, podrá negar jamás.

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