Por Giovanni Rodríguez
La gente acostumbra a verlo todo monocromáticamente. Cree que si uno está en contra de algo es porque también está a favor de lo otro. Pero en la vida no todo es necesariamente blanco o negro, dulce o amargo, derecha o izquierda. Que en estos momentos apoyemos la causa que representan Mel Zelaya y su iniciativa de la cuarta urna no significa que esté en contra del orden, de la paz y de la democracia; no significa tampoco que quiera taparme los ojos ante las posibles faltas a la ley en que Mel haya incurrido a lo largo de su mandato ahora interrumpido por el Golpe de Estado. Si en estos momentos unos cuantos amigos, todos gente de literatura que nunca había tenido militancia política, nos hemos dado a la tarea de apoyar la causa que promueve Mel y de denunciar las sucesivas y cada vez más graves faltas a la ley y a la justicia en Honduras por parte del gobierno de facto de Micheletti es porque consideramos que éstas superan con creces cualquier acusación que se le haga al destituido presidente y cualquier “amenaza” que éste representaba, llámese a esta amenaza “continuismo” o “chavismo” o “comunismo”.

Somos gente de literatura, ya lo dije, y siempre hemos descreído de la “buena voluntad” de los políticos para resolver los problemas reales que aquejan a las mayorías; siempre hemos sido escépticos del discurso proselitista, y sobre todo, pesimistas con respecto al futuro que nos espera como país.

Quizá ante esta aparente indiferencia nuestra es que reaccionamos ahora, conscientes de que con esta reacción apasionada no le insuflamos vida a una causa al tiempo que sepultamos otra, como tampoco de que con los resultados que obtengamos vayamos a ganar mucho más que la simpatía de algunos o el desprecio de otros, pero sí estamos enteramente convencidos de que en este importante momento histórico en el que tocaba estar en algún lugar, estuvimos del lado más cercano a la dignidad y a la verdad.

El domingo, séptimo día de mi semana más larga como hondureño, un poco cansado y hasta algo aburrido de todo esto, retomé la lectura de una novela de Cormac McCarthy, y al llegar más o menos a la página 50 no pude evitar sentir una especie de bajón, y empezó a invadirme una ola de pesimismo, de ese pesimismo con el que siempre he asumido los asuntos sociales o políticos de mi país. Y entonces me puse a pensar en el futuro que probablemente nos espera, después de ver lo ocurrido ese día, el señalado por Mel Zelaya para volver a pisar suelo hondureño, cuando el piloto del avión en que se transportaba recibió la advertencia de que si seguía sobrevolando la pista sería “interceptado” por el ejército golpista, mientras una multitud lo esperaba en el aeropuerto Toncontín, incluso después de sufrir con sangre y muerte la represión del ejército.

Me puse a pensar también en lo que le había ocurrido a Carlos unos días antes, cuando mientras se detenía con otro compañero de trabajo en el parque central de San Pedro Sula para registrar visualmente las acciones represivas contra los manifestantes, fue detenido por un policía arrogante luego de comunicarles a ambos que estaba prohibida la formación de grupos en lugares públicos, algo que, efectivamente, era cierto, pero sólo a partir de las nueve de la noche, durante el toque de queda impuesto por el gobierno golpista, y en ese momento eran las tres y media de la tarde, y ante esta observación que mi amigo le hiciera al policía, éste optó por pedir refuerzos (no los necesitaba: Carlos es un pacífico caballero de triste figura) y luego entre tres abusivos miembros de la Policía Nacional fue conducido a la fuerza hasta una patrulla móvil, en donde lo golpearon y lo retuvieron durante cuatro horas.

Pensé también en lo que me dijera Gustavo durante toda la semana pasada: “Han intentado romperme la cámara, golpearme y hasta lincharme en las manifestaciones; por más que les explico que soy uno de ellos y que lo que hago es grabar videos y tomar fotografías para publicar en Internet y aportar algo en nuestra causa contra los golpistas”. Y pensé, con tristeza, que quizá mis amigos están arriesgando sus vidas por una causa inútil, por una causa que ni siquiera es capaz de reconocer a sus defensores y que habrá perdido demasiado antes de haber ganado nada.

Hoy, Gustavo me dice que anoche Junnior, otro amigo, fue detenido por la policía en la calle por “violar” el toque de queda impuesto por el gobierno golpista. No sabemos cuánto tiempo permanecerá detenido, y no quiero pensar en el peligro que corre en momentos como éste por estar a merced de esos animales corruptos de la policía. Quisiera pensar que todo esto no es otra cosa que un mal sueño pero no puedo, la realidad pesa demasiado y la esperanza no es algo que uno pueda comprar en cualquier sitio.

Que todo esto acabe. Que el país tome un nuevo rumbo o siga hundiéndose como lo ha hecho siempre. Pero que todo esto acabe ya. Que nadie siga escribiendo con su sangre las palabras que la historia hondureña jamás ha sido capaz de leer.

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