Un poema en medio de la Resistencia hondureña

Cuando Honduras había superado la pesadilla de los años ochenta,

y su esperanza ya no era arrastrada hacia ninguna parte,

de pronto cae en el abismo de su nombre;

en el despertar a la realidad de los monstruos

del Escuadrón 3-16.

Me gustaba ver la sonrisa de la gente

y la sabiduría de los campesinos cuando cerraban un trato

con un apretón de manos.

Y sobre todo me gustaba la confianza con los policías.

Pero alguna vez todo termina y otra vez estás con los ojos golpeados por el viento,

pensando en la lucha con los puños cerrados.

Recordando a los antiguos luchadores con su mirada digna diciendo “sólo muertos los traidores renace la sangre”.

En la ciudad los supermercados se llenan de gente temerosa que compra más provisiones que de costumbre, más panes, mermelada, carne para bistec.

Algunos te miran con toda la angustia en sus ojos y una tristeza inusitada, casi obscena, por la cual se entrevé a los asesinos jugando el maldito juego de echarnos a perder el día.

A veces trato de soñar una ciudad diferente, pero en la plaza la tormenta arrecia y los compañeros de la resistencia se guarecen debajo de los postes del alumbrado público, empapados. Ellos también sueñan, o se encuentran en los bares cercanos y conversan sobre la nueva situación, las estrategias recientes, las posibilidades de triunfo.

Los asesinos que gobiernan no sueñan. Planifican el siguiente movimiento con claro acento fascista, pragmático: “En la revolución, la fuerza es el Derecho”.

Algunos con rostro asirio o romano, se pasean con una levita inglesa o alemana, y recitan párrafos enteros de Marx, para detectarlos en la dialéctica de la lucha popular, en los rostros mojados de los compas que contemplan la lluvia.

José María Landaverde (Poeta hondureño)

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