Editorial del 9 de julio
de Costa Rica Hoy
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Seguimos sosteniendo que el golpe de Estado y la crisis hondureña son de extrema gravedad para las democracias latinoamericanas. De ahí nuestra insistencia de seguir tratando editorialmente los acontecimientos en esa hermana República. Más que la defensa del Presidente Zelaya, nos preocupa la institucionalidad de nuestras frágiles democracias y el peligro que se cierne sobre América Latina del imperio de nuevo de la Internacional de las Espadas.

Hoy queremos enfocar un nuevo elemento dentro de la crisis de Honduras, y es el papel que aparece jugando la Iglesia Católica, que nos hace recordar viejos tiempos que creíamos superados, en que las autoridades eclesiásticas se convirtieron en los acólitos de los militares y las dictaduras de turno. Tal cosa sucedió en Argentina, en Chile, en Uruguay, en Nicaragua, en Paraguay y en fin en todas las dictaduras, con la honrosa excepción de Monseñor Romero en El Salvador.

Mayúscula sorpresa le está dando al mundo el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, cuando trata de justificar el injustificable golpe de cuartel del ejército hondureño.

En enero del año 2002, en visita que efectuó el Cardenal a Costa Rica, concretamente en la Basílica de los Ángeles, expresó los siguientes conceptos que causaron admiración y respeto entre los costarricenses:

“La falta de valores éticos y morales han convertido a los hombres en arbolitos bonsái, y esta incapacidad de crecer es consecuencia de un abono muy generalizado: la corrupción. El bonsái es la peor aberración que hay. Para que no crezca, es necesario cortarle las raíces y las hojas. Hay que amarrarle las ramas con hilos de plástico o de metal y hacerle una inserción en el tronco para que salga la savia y así limitar su crecimiento… La moral del hombre se ha bonsaizado. No tiene raíces, no puede crecer. Es como el árbol que no tiene ni nido, ni trino y que no da sombra… ha renunciado a la verdad y solidaridad para llegar a un punto en donde se encuentra con la corrupción. Este flagelo ha ocupado diferentes ámbitos del quehacer humano. Compra presidentes, alcaldes, medios de comunicación, gerentes. Un olor a podrido recorre a Occidente, en donde jóvenes y mayores viven sin ideales… por falta de ética, moral y verdad.

En esa oportunidad, Rodríguez instó a los presentes a volver a fundar la verdad en la ética, para evitar que la ética sea sustituida por la mentira. Por eso, hizo un especial llamado al Estado para que deje de ser la agencia de aseguramiento de privilegios consolidados, y le pidió actuar en pro de la población, sobre todo la más pobre. A los políticos los desafió a que demuestren con hechos que vale la pena creer en ellos, porque la credibilidad no se negocia ni se respalda en votos. Y en especial, pidió a la población que se convierta en una auditora social que pida cuenta a sus líderes por sus actos.

El Cardenal Rodríguez termino su homilía con estos conceptos: “La fortaleza de la corrupción es correlativa a la debilidad de la verdad. Nuestra misión es ser testigos y partícipes de la verdad, y para eso hay que educar al hombre para que no tolere la corrupción. El hombre es un callejón sin salida, pero es la única salida”.

El viernes 4 de julio en curso, contradiciendo lo que creíamos eran principios en los que él creía, Rodríguez Maradiaga difundió por radio y televisión un mensaje al mundo justificando el golpe de Estado y la captura, agresión y expulsión del Presidente Zelaya. Textualmente afirmó: …”conforme a lo contemplado en el Artículo 239 de la Constitución de la República ‘Quien proponga la reforma’ de este Artículo, ‘cesa de inmediato en el desempeño de su cargo y queda inhabilitado por diez años para el ejercicio de toda función pública’. Por lo tanto, la persona requerida (Zelaya), cuando fue capturado, ya no se desempeñaba como Presidente de la República”.

¡Habráse visto mayor cinismo!

Monseñor Rodríguez Maradiaga se enfrenta ahora a sus propias palabras: ha renunciado a la verdad y solidaridad para llegar a un punto en donde se encuentra con la corrupción.

A él le correspondía mediar en esta crisis, pero así no es posible. Ciframos ahora nuestra esperanza en el papel que pueda jugar el Presidente Oscar Arias Sánchez. Honduras todavía puede restaurar la democracia.

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