--Versión Original--

En 1954 tenía doce años y los domingos asistía a la iglesia parroquial de Esquipulas. Durante los servicios religiosos, el sacerdote, en lugar de leer e interpretar la Biblia, leía las «Cartas Pastorales» del Arzobispo Mariano Rosell y Arellano, jerarca de la iglesia católica guatemalteca. Era pequeña y no captaba el significado total de las epístolas. Pero recuerdo que me hicieron creer que el comunismo y las reformas sociales implementadas por los presidentes Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz (reforma agraria, código de trabajo, seguro social….) eran cosas satánicas. Años después supe que, durante un tiempo, la radio antirrevolucionaria, que al principio transmitía desde Honduras, funcionó en las torres del majestuoso templo que —imponente— domina el paisaje.

Los estudios sociológicos, históricos y políticos señalan que la ilegítima acción contra el gobierno constitucional de Árbenz (que se recuerda con el nombre de «La primavera democrática») fue el momento durante el cual se sembró la semilla de la discordia que, en cuarenta años de guerra intestina, desangró a la república hermana. Según informes de las comisiones de investigación, las víctimas (muertes, desapariciones, huérfanos de guerra, exilios…), llegan a la escalofriante suma del millón y medio de seres humanos. Una factura que todavía pesa sobre la postura oficial de la iglesia mayoritaria en ese país.

Volviendo a mis recuerdos personales, fueron los años, el estudio y mi valoración de la realidad los que me enseñaron a comprender que la religión se había puesto al servicio de la CIA, de la todopoderosa United Fruit Company y de la oligarquía guatemalteca. Por ésta y otras razones renegué de la religión católica y de cualquier otra institución confesional.

Pero, en la década del ochenta, me indignó (y dolió) la muerte de varios sacerdotes a los que se acusaba de subversivos. Sólo de 1980-1983 el número se elevó a doce. Entre otros, Hermógenes López, actualmente aceptado como «Venerable» y cuya beatificación ya está en marcha en el Vaticano y monseñor Juan Gerardi, asesinado dos días después de publicar un escalofriante informe de cinco o seis tomos en el que se registran, con nombres, fechas y circunstancias, los casos de represión. A religiosos como los anteriores, se suma monseñor Arnulfo Romero, asesinado cuando acababa de pronunciar su famoso llamado al ejército ordenándole que detuviese la masacre contra el pueblo salvadoreño.

Ellos me reconciliaron con el cristianismo, entendido como la humanísima doctrina cuyo punto máximo se concreta en aquellas palabras de “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia…”. Murieron, justamente, porque esa hambre y esa sed de justicia no se quedó en un cómodo recitado teórico dentro de los templos. Fue la consigna que guió su práctica diaria y nunca simplificaron el mensaje evangélico haciendo creer que la mansedumbre, la paciencia y la aceptación de la pobreza eran el pase hacia un más allá —ese anhelado cielo— en donde encontrarían la felicidad. Supieron y predicaron que la auténtica paz pasaba, necesariamente, por la conquista de una vida sin la zozobra cotidiana de carecer de lo elemental cotidiano: pan, vivienda, salud…

En la actual crisis política, la posición oficial de la iglesia católica hondureña (su jerarca recibía, por disposición del presidente Carlos Flores Facusé, emolumentos de cien mil lempiras mensuales que salieron de la bolsa de todos los hondureños) es tan interesada y manipuladora como lo fueron las nefastas cartas de Rosell y Arellano. Pero tal como ocurrió en el cercano pasado, frente a esa postura, se alza la labor de otros sacerdotes cuyos actos responden a una aplicación honesta de las grandes encíclicas papales como la «Mater et Magistra» del recordado Juan XXIII. Uno de ellos es el padre Fausto Milla, actualmente amenazado por haber externado su profundo rechazo al golpe de Estado.

Padre Milla: no le puedo decir nada que usted no sepa. Pero sí quiero ratificarle públicamente mi cariño, respeto y solidaridad. Además me reconforta pensar que no estoy sola en el afecto. Miles y miles de compatriotas no sólo le debemos una mejor salud (nos ha enseñado a rechazar la comida chatarra y hemos vuelto a la comida natural leyendo sus sabias páginas). Estamos en deuda porque denunció que, en ambas márgenes del río Sumpul, dos ejércitos acribillaron a 400 salvadoreños que huían del terror desatado en su país. Estamos en deuda por la persecución y el exilio a que se le sometió en la década del ochenta. Pero, sobre todo, porque los años no han mellado la firmeza de sus sentimientos. Hoy como ayer usted y otros sacerdotes encarnan las imperecederas palabras del Sermón de la Montaña…

San Pedro Sula, 20 de julio de 2009

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