Oportuno artículo éste de Juan Gabriel Vásquez, en el que hace un breve recuento de las veces en que la literatura se ha visto favorecida por tipos como Micheletti. Nadie sabe cuánto tiempo pasará, pero de que de este golpe de Estado saldrá alguna novelita podemos estar seguros.

El 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu se cansó de la democracia y la legitimidad constitucional y todas esas cosas que tanto molestan a los militares latinoamericanos, y dio contra el presidente Yrigoyen el primero de los varios golpes de Estado que aguantaron los argentinos en el siglo XX.

En Buenos Aires estaba por esos días un joven uruguayo, Juan Carlos Onetti, que además de novelista en ciernes era fumador empedernido. Pues bien, una de las primeras medidas puritanas de la nueva dictadura fue prohibir la venta de tabaco los fines de semana; a Onetti le tocaba comprar dos o tres cajetillas los viernes, y rezar para que el fin de semana terminara rápido. Uno de esos viernes, sin embargo, se le olvidó el asunto. “Tuve un sábado y un domingo horribles”, cuenta Onetti en alguna parte, “y en un ataque de malhumor me volqué a escribir El pozo. Lo escribí en una sola tarde”.

A finales de los cuarenta, las relaciones entre Uruguay y Argentina no andaban demasiado bien. El general Juan Domingo Perón (sí, ya sé: fue elegido democráticamente) decidió, en uno de esos momentos brillantes de nuestros dirigentes, solucionar la cosa prohibiendo: prohibió los viajes entre Buenos Aires y Montevideo. En Buenos Aires estaba por esos días un uruguayo un poco menos joven, Juan Carlos Onetti, que apreciaba inmensamente la posibilidad de moverse entre las dos capitales. La prohibición le generó un profundo desasosiego. “Cuando estaba en Buenos Aires quería estar en Montevideo”, dijo una vez, “y cuando estaba en Montevideo quería estar en Buenos Aires”. Luego necesitó una ciudad para situar la novela que estaba escribiendo, La vida breve. “No podía situar la novela en Montevideo, por falta de información, ni tampoco en Buenos Aires, debido a la situación política de Argentina”. Y entonces se le ocurrió fundar Santa María, el espacio de sus grandes ficciones, uno de los lugares legendarios de la literatura latinoamericana.

Yo no sé si los autoritarios de nuestro continente se han dado cuenta, pero nuestras novelas tienen con ellos una deuda impagable. Onetti me ha venido a la cabeza porque lo estoy releyendo con furia, pero los ejemplos son miles. Sin los autoritarios del colegio limeño Leoncio Prado, por ejemplo, Vargas Llosa nunca habría escrito La ciudad y los perros. (Luego los autoritarios quemaron el libro en su patio, pero eso es lo de menos: quemar libros es una de las cosas que hacen, no quemar libros sería como renunciar a su naturaleza.) Sin los autoritarios, Julio Cortázar nunca habría sentido la necesidad de irse de su país para Francia; la claustrofobia de “Casa tomada”, su primer cuento maduro, es para muchos la claustrofobia del régimen peronista.

Y eso que estoy hablando de las maneras indirectas en que el autoritarismo ha colaborado con la literatura. Pero luego están las inspiraciones directas, y ahí sí que no acabaríamos nunca. De la masacre de las bananeras, orquestada por el general Carlos Cortés Vargas, salió el mejor pasaje de Cien años de soledad y una de las mejores novelas colombianas: La casa grande. De nuestros tiranos salieron Yo, el supremo, El recurso del método, El otoño del patriarca, Conversación en La Catedral, La fiesta del Chivo.
Les debemos mucho, sí. La pregunta es: ¿hasta cuándo les seguiremos debiendo?

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