Desde los gobiernos militares y de Suazo Córdova nunca había presenciado yo tanta mancha internacional sobre mi país: repulsa de las naciones, desautorización y rechazo, amenaza y acciones económicas concretas, primeras planas de condenación. Por vez única en el siglo XXI, y probablemente el XX, todos los gobiernos de la tierra manifestaron hallarse en desacuerdo con una decisión nacional; o dicho correctamente, de un grupo nacional.

El torpe golpe de Estado nos elevó a los círculos más elaborados de la ironía y el sarcasmo, de la burla y la ridiculez por parte de analistas, escritores y caricaturistas del planeta, los que no sólo nos embarran al rostro las penosas estadísticas de pobreza y desigualdad sino que, adicional, nos califican de bárbaros y atrasados, democráticamente inmaduros e inmerecedores de nombrarnos civilizados.

No exagero un palmo, las pruebas son contundentes, basta asomar a las redes de internet para enterarse de que en cierto instante valimos universalmente nada, lo más un gesto de asco. Afortunadamente ya casi se habla de ello en post mortem.

Lo más torpe de la torpeza es haber intentado los golpistas engañar al mundo, como si este compartiera sus primitivos genes de sandez. Insistir hasta el fastidio en que lo ocurrido era sucesión presidencial, tras haber deportado y con violencia al Hombre en pijamas, no lo aceptaba ni el ingenuo Astérix. Juristas del orbe, constitucionalistas, legistas y civilistas que conocen al dedillo nuestra carta magna, y que probablemente ejemplifican con ella, debieron carcajearse ante la atravesada lógica, más bien sofística, de nuestros pardos doctos y mercenarios del Derecho, prestos siempre a enredar y tergiversar.

El pueblo mismo -perceptivo más que educado- se ofendió sobremanera al escuchar cómo sicarios de la palabra acuartelados a la radio instaban: "todo está en orden, nada pasa, marche a su oficina a trabajar...". Hubiera sido viril y digno, más bien, asumir la responsabilidad de lo emprendido en vez de fraguar engaños, declarar orbi et urbi el miedo visceral que generaba la amenaza de una constituyente capaz de modificar al sistema y variar al statu quo, lo cual hubiera significado repensar a la república, reconstruirla y reinventarla, con todos los riesgos que ello implica.

Lo gratamente hermoso de este espectáculo es la lluvia de máscaras que enfrentó a los jóvenes de pensamiento -demócratas y actuantes- contra las momias pterodáctilas, cenizas urinarias de ayer.

Ocurren, empero, tres fenómenos graves en que nadie meditó al orquestar la conspiración: 1) el regreso que van dando los bagres políticos para volcar la culpa mayoritaria del drama al estamento militar, que es el que quedará manchado como traidor para siempre por ser institución, no individuos que pasan; 2) el error de no negociar oportunamente una factible respuesta al conflicto ya que al reinstalarse el presidente Zelaya en su oficina, y al evadirse la mediación, llega libre de compromisos y con facultad, y derecho desde luego, para reiniciar sus proyectos interrumpidos. El último factor merece párrafo aparte.

Y es la práctica de brazo fortalecido con que se ejercitaron las organizaciones populares por treinta días, cuando campearon por carreteras, avenidas, montes y calles sobrepasando incluso a la presencia policíaca, protegiéndola más bien de la turba. Creció exponencial y cívicamente ya que logró controlar al lumpen y provocadores, supo reaccionar tácticamente y aprendió a esperar, compiló aprecio popular hace tiempo necesitado, se enfrentó al ejército y sumó a sus potencialidades astucia y planificación; hoy es más fuerte que nunca. De forma que si antes era -junto a movimientos sindicales, docentes y masa campesina- actor de reivindicaciones sociales, ahora se acerca al protagonismo. Para que se comprenda que a pesar de las apariencias ni los pueblos dan marcha atrás ni la historia se retrasa, todo ocurre en el justo minuto coyuntural.

Es muy probable que la consecuencia más honda del golpe sea esta última, por efecto de reacción y despertar de la ciudadanía a su propia capacidad de fuerza y movilidad. Lo que viene adelante para Honduras pasa a ser, por ende, un interesantísimo ejercicio de imaginación.

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