Por Néstor Núñez

Quienes dentro y fuera de Honduras promovieron la asonada del pasado 28 de junio, que puso fin al gobierno constitucional de Manuel Zelaya, parecen haber errado en sus cálculos.

Hoy ya no quedan dudas que sectores ultras de Washington y Tegucigalpa fueron los impulsores del cese por la fuerza de un gobierno cuyo presidente fue derivando paulatinamente a posiciones más radicales, y que llegó incluso a tocar intereses imperiales y oligárquicos de orden estratégico, como intentar reducir la operatividad gringa en la base militar de Palmerola con la inclusión de sus pistas en el servicio aeronáutico civil, nada menos que con financiamiento del ALBA y Petrocaribe; o consultar a la población sobre posibles modificaciones a una Constitución redactada por y para los poderosos.

De manera que tales “pecados” impulsaron el castigo, y desde instituciones oficiales norteamericanas, aquellas que han asumido como práctica para el exterior el titulado Smart Power, el “poder inteligente o hábil”, se dio la orden de descabezar a la inquietante administración hondureña, en una aventura que se concibió relámpago, casi incolora, y que sería además un severo portazo al nuevo impulso integracionista regional representado por la Alianza Bolivariana para las Américas.

Un Smart Power que, vale insistir, se define como la combinación pragmática, al más rancio estilo yanqui, de todos los recursos de presión, desde la diplomacia hasta la guerra, herramientas que se ponen en juego a tono con la problemática que debe ser enfrentada, modificada, o sencillamente borrada del mapa.

Todo, en tiempos en que un presidente norteamericano de rostro negro y sonrisa cuasi permanente, pura fachada sin real influencia concreta, insiste en invitar a sus vecinos del hemisferio a “iniciar una nueva relación” y a “olvidar el pasado y pensar en el presente y el futuro”.

Cuerda enredada

Han pasado casi dos meses desde el golpe de estado en Honduras, y la cosecha de los sembradores de vientos no fue la apetecida.

El rechazo global, más enérgico o más formal según el caso, pero repudio masivo al fin, es un hecho concreto que aísla al régimen de facto.

Un equipo, además, donde existen acendrados rasgos de prepotencia fascista y ambiciones enfermizas de poder que ya empiezan a chocar con los criterios “smart powerianos” de la flamante secretaria de estado Hillary Clinton, para quien-se hace evidente-el problema hondureño se ha ido de las manos luego del tronante fracaso del experto en mediatización de las luchas populares y actual presidente de Costa Rica, el flemático Oscar Arias, a cuenta de la intransigencia de un Roberto Micheletti que no oculta su aspirantura a dictador.

Por otra parte, la maquinaria represiva hondureña, desplegada a todo tren contra las permanentes protestas populares, podría comenzar a dar signos de desgaste en medio de su impotencia para “imponer el orden” en un país donde, por añadidura, las estructuras económicas empiezan a resentirse frente a la desobediencia ciudadana y al corte, por no pocos gobiernos y entidades extranjeras, de sus relaciones comerciales y financieras con las autoridades de facto.

Y como elemento esencial que, a juicio de este comentarista, escandaliza y desespera a Washington, puntea la estructuración y desarrollo, para nada calculados por los instigadores del golpe, de un movimiento civil de resistencia masiva que puede ser la génesis de una radicalización que desborde, de manera definitiva y definitoria, el tradicionalismo político hondureño derivado del modelo democrático representativo impuesto desde el Norte del hemisferio en contubernio con los caciques locales.

Esa alarma reaccionaria explicaría por que desde las instancias oficiales norteamericanas no se levanta una voz que condene con firmeza los asesinatos de manifestantes, los encarcelamientos y golpizas, la represión a la prensa, y el resurgimiento de grupos paramilitares como armas de brutal “contención”.

Arrojaría luz además sobre los ingentes esfuerzos imperiales, denunciados por varios medios informativos, de intentar formar un nueva opción política hondureña, que se deslinde de Zelaya y Micheletti, se imponga al creciente desborde popular, y con rostro mejorado se presente como “la novedosa variante” capaz de distanciarse de los pecados del pasado, dispensar perdones a víctimas y excedidos, y establecer una sociedad pretendidamente equilibrada y estable.

Por esas vías parece marchar ahora el Smart Power luego del evidente fracaso de su cara más oscura. Solo que habrá que ver que piensa esencialmente el pueblo de Honduras, ese que con el pecho ante las balas represoras está levantando un futuro que no parece congeniar con alternativa alguna de sello Made in USA.

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