Stella Calloni
26/08/09

En una nota publicada por la Minga Informativa de Movimientos Sociales el 8 octubre de 2008, al festejar la inminencia de la salida de las tropas de Estados Unidos de la Base de Manta de Ecuador, dispuesta por el gobierno de Correas, había una pegunta angustiante ¿Cuando se irán de Honduras?

Dirigentes sociales y de derechos humanos, reunidos en el encuentro ¨Por la paz y la desmilitarización, por la dignidad de los pueblos y las mujeres”, en el marco del III Foro de las Américas, (FSA) en Guatemala recibieron informes como el de Bertha Cáceres, dirigente del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, informó sobre los resultados del II Encuentro Hemisférico contra la militarización que se había realizado en su país con la presencia de 800 delegados de 27 países del 3 al 7 de octubre de 2008.

Entres las propuestas figuró activar la lucha contra las bases militares en América, mediante campañas, educación, movilizaciones, pero sobre todo información, creando una estructura de seguimiento a ese proceso y unir al continente para luchar contra la presencia de la IV Flota de Estados Unidos y lograr la paz con dignidad en Colombia,

En el caso de Honduras se resolvió impulsar una campaña urgente para el retiro de las tropas de Estados Unidos, especialmente de Palmerola, “y rechazar el proyecto de establecer otras bases militares en regiones indígenas como la de Caratasca y en territorio del pueblo miskito, y el intento de reactivar las bases que tuvo en los años ochenta, como en los llanos de San Antonio y el pueblo Lenka”

Cáceres informó sobre la situación de su país, con una presencia militar estadounidense de vieja data iniciada en 1904 y puesta en evidencia en la utilización de ese territorio para la invasión de Estados Unidos contra Guatemala 1954. En ese mismo marco recordó el alto precio que pagó el pueblo hondureño en 1983 cuando se instaló la estratégica base de Palmerola y otras para la guerra de Estados Unidos contra la revolución sandinista en Nicaragua.

La instalación de esas bases provocó la expulsión de poblaciones indígenas de esas tierras, la destrucción de bosques, la persecución a campesinos y lo más grave en los años 80 las violaciones a los derechos humanos, con desapariciones forzadas, cárceles secretas, hechos en los que intervinieron diplomáticos y tropas estadounidenses.

En los años 90 se amplió un protocolo entre Washington y Tegucigalpa, en principio de forma temporal pero Cáceres denunció que fue para quedarse indefinidamente.

“En Palmerola se encuentran unos 500 militares de Estados Unidos, pero esta base tiene movilidad en todo el territorio hondureño, utilizando recursos marítimos, terrestres y aéreos para su desplazamiento. Cuando hacen operaciones como la de Nuevos Horizontes llegan a movilizar hasta 4000 militares. En Olancho, además, hay un centro de entrenamiento de mercenarios latinoamericanos para la guerra de Irak a cargo de la Fuerza Delta. El impacto ha sido devastador para el pueblo hondureño. Ha significado la violación de su soberanía nacional y de los derechos humanos, se ha incrementado la prostitución y han traído enfermedades que no había como el Sida y otras”.

Para Honduras “la presencia estadounidense ha sido humillante. Han utilizado al país como un portaviones que les permite agredir a pueblos hermanos, como el de El Salvador y Nicaragua en los años ochenta del siglo pasado. Pero ahora están utilizando la posición geoestratégica de Honduras (tiene costas en los dos océanos y frontera marítima con Cuba y Venezuela) con la mira puesta sobre Venezuela y Honduras. Para el desplazamiento de la IV Flota, Honduras es fundamental. Recientemente han estacionado un enorme barco que pertenece a la IV Flota, frente a Trujillo y hacen entrenamientos bombardeando y afectando una rica biodiversidad marina única”, denunció la dirigente hondureña.

Se refirió al control que tenía Estados Unidos de las empresas de seguridad privada a los que responsabilizó de “haber asesinado a compañeros recientemente e incluso al abogado Dionisio García”.

Esto lo dijo Bertha Cáceres en octubre de 2008, advirtiendo los peligros que corría Honduras y la tragedia de la ocupación militar. Pero su voz estaba condenada al silencio. Como las otras denuncias de esos días referidas también a Perú, Colombia o Paraguay.

Si la voz de Bertha hubiera sido multiplicada ¿habría habido un golpe en Honduras?

Vale la pena preguntárselo y comenzar a abrir otras alamedas para esas voces que surgen de los protagonistas y víctimas de esas situaciones.

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