Por Armando García (escritor) para Mirada de Halcón
armandogarcia31@hotmail.com

Las “gloriosas” Fuerzas Armadas del condado de Corruptonia, traspatio del imperio norteamericano, pese a hacer gala de “inteligencia” cuartelera creían que pisotear una vez más la sin cuenta mil veces violada Constitución de la República iba a ser un simple paseo militar.

Creyeron que en ese madrugón troglodita del quítate tú para ponerme yo, iba a correr, a tontas y a locas, la comunidad internacional a reconocerlos, como ocurría en aquel oprobioso Siglo XX de la internacionalidad de las dictaduras latinoamericanas, apuntaladas por los halcones del Pentágono, el Departamento de Estado y Cía, en donde se elevaba a nivel de estadista a cualquier forajido espadón de la oligarquía que se obrara en su pueblo.

Pensaron, si es que tienen aún esa facultad los humanoides neolíticos, que asaltar a bala viva en una fatídica madrugada al Presidente de la República y extrañarlo, manu militari, de su tierra en paños menores era una gracia –¡oh , ilusos!– que iba a ser aplaudida hasta gastar las palmas por los organismos multilaterales y por los países democráticos del universo.
Pero no. Todo les salió vóltea o sea, el tiro por la culata. Así es de chalada la soberbia del poder absoluto que, corrompe absolutamente, dicen los clásicos. En su ceguera: no tomaron en cuenta que para todo remesón constitucional o en cualquier otro intríngulis lesa patria –vamos a dispensarlos, al fin, discretos de talento– hay que tener y, en primer lugar, aunque chusma y descamisado, al pueblo hondureño.

De seguro se le pasó por alto este detalle a los gringos y a sus corifeos, los criollos complotistas y no lo subrayaron, ni lo leyeron, mucho menos lo estudiaron, en la cartilla de la Escuela de las América y otras academias de igual calaña y largura o, en el engolosine, se les durmió el pájaro a los chafarotes, es decir, no tomar en cuenta el patriotismo de este espoliado soberano al que ellos –al fin dueños de la verdad, la vida, las haciendas y las comunicación tergiversadora de la verdad– siempre han despreciado (y depreciado) motejándolo de taimado, haragán, futbolero, alienado, disipado, borracho y remiso.

Nunca se imaginaron los civilones de cerebro uniformado –de la mamona oligarquía maquilera; los prevaricadores de la Corte de la Suprema Injusticia; el derecho habiente ombudsman de los derechos “humanos”; la obsequiosa pandilla de la fiscalía y su devaluado rubí; el serpentario de los paramilitares de la guerra fría, la sucia y la de baja intensidad; los “apóstoles”, “profetas” y las celestiales figuras entorchadas de la curia (que bendijeron el atraco a mano armada); los zares de los medios de comunicación, amos y señores del espectro mediático y la cuadrada escuadra del estado mayor, en su conjunto, y su espurio jefe– que les iba a salir un pueblo levantisco.

Un populacho, tan chúcaro a la hora de los cachimbazos, que los iban a poner en entre dicho y en el hueso su sartal de mentiras frescas, hasta dejarlos como el tío Coyote del cuento, con el culo quemado y los dientes quebrados.

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