La obstinación de Micheletti fue envalentonada por aquellos que ven la crisis en Honduras como una oportunidad de prohibir el avance de la izquierda en América Latina. Un mes y medio después de haber sido apartado Zelaya, el pequeño y desesperadamente empobrecido país de Centroamérica, se volvió el escenario de una gran batalla que podrá diseñar la política hemisférica. Inclusive la política externa de Barack Obama, para los próximos años. La fijación en Chávez es muy útil para desviar la atención de la pobreza que corroe la región, bien como del fracaso del modelo económico neoliberal, promovido por Washington, en las últimas décadas. El artículo es de Greg Grandin.

Greg Grandin – The Nation

Roberto Micheletti, que tomó el poder en Honduras después del golpe del 28 de junio, ha estado bajo intensa crítica de la comunidad internacional por rechazar un compromiso negociado por el presidente Oscar Arias, de Costa Rica, el cual habría permitido a Manuel Zelaya, el presidente democráticamente elegido, forzado al exilio por los militares, retornar como líder de un gobierno de reconciliación. Pero la obstinación de Micheletti fue incitada por aquellos que ven la crisis como una oportunidad de prohibir el avance de la izquierda en América Latina. Un mes y medio después de haber sido apartado Zelaya, el pequeño y desesperadamente empobrecido país de Centroamérica, se volvió escenario de una gran batalla que podrá diseñar la política hemisférica, inclusive la política externa de Barack Obama para los próximos años.

En los años de 1980, Honduras sirvió como práctica para las operaciones anticomunistas de Ronald Reagan en Nicaragua, en El Salvador y en Guatemala y como un portal para que la Nueva Derecha Cristiana derrotara la Teología de la Liberación. La cruzada anticomunista de Centroamérica se volvió algo así como el escuadrón de la muerte del Código Da Vinci, agregando un bloque carnavalesco que incluyó la primera generación de neocons, torturadores latinoamericanos, oligarquías regionales, cubanos anticastristas, mercenarios, ideólogos del Opus Dei y enormes púlpitos evangélicos.

La campaña para expulsar Zelaya e impedir su restauración en el poder reunió los viejos camaradas de esa batalla, inclusive figuras sombrías, como Fernando “Billy” Joya (que, en los años 80 fue miembro del Batallón 316, una unidad paramilitar hondureña responsable por el desaparecimiento de cientos, y que ahora trabaja como asesor de seguridad de Micheletti) y los veteranos del Irán-Contras, como Otto Reich (quien dirigió el gabinete de la diplomacia pública de Reagan, que malversó el dinero público para manipular la opinión pública para apoyar la guerra de la contra nicaragüense).

Los generales hondureños que depusieron a Zelaya recibieron su entrenamiento militar en pleno auge de la guerra sucia, inclusive con cursos en la notoria Escuela de las Américas. Y la actual crisis revela una química familiar entre las jerarquías católicas conservadoras y los protestantes evangélicos que, con una mano dieron soporte al grupo, y cristianos progresistas que están siendo atacados por las fuerzas de seguridad, con la otra.

Aliados a la coalición del golpe están nuevos actores, como el venezolano Robert Carmona Borjas, que en 2002 se involucró en el intento de derribar al presidente venezolano Hugo Chávez. De acuerdo con Laura Carlsen, analista de América Latina, Carmona, trabajando junto con Reich, volvió sus atenciones hacia Honduras después del fracaso en el intento por detener la victoria electoral de la izquierda en Venezuela.

Empezando en 2007, la Fundación Arcadia de Carmona lanzó una campaña mediática para desacreditar a Zelaya, acusando de corrupción a su gobierno. Como escribió Carlsen, la “naturaleza politizada de la ofensiva anti-corrupción de Arcadia estaba clara desde el principio”. Carmona, tanto como Otto Reich, acusaron el presidente Zelaya de 'complicidad' con varios crímenes. La cruzada fue similar al modo con que el Instituto Republicano Internacional, ligado a grupos de promoción de la democracia, desestabilizó al presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide, resultando en su derrumbamiento en 2004.

Otro recién llegado a la batalla es Lanny Davys, un ex asesor de Hillary Clinton y actual lobista, que fue contratado por los empresarios que dieron soporte al golpe para presionar al Departamento de Estado de Clinton para que reconociera al gobierno Micheletti.

El alero de Clinton en el Partido Demócrata tiene vínculos profundos con neoliberales latinoamericanos que presidieron las ruinosas políticas de la liberalización de mercados en los años de 1990, ahora vastamente desplazadas del poder por nuevos miembros de la izquierda regional. Los consultores de investigaciones de Clinton, como Stanley Greenberg y Doug Schoen, vienen trabajando en muchas de sus campañas electorales de América Latina, siempre del lado perdedor.

Tres años atrás la región, localizada en la esfera de influencia de EEUU por el Acuerdo de Libre Comercio de Centroamérica, parecía indemne a los cambios que venían ocurriendo en América del Sur, que habían llevado la izquierda al poder en la mayoría de los países. Pero entonces, los Sandinistas volvieron al poder en Nicaragua en 2006. Recientemente, el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional) ganó la presidencia en El Salvador, y Guatemala, liderada por el presidente de centroizquierda, Álvaro Colón, está testificando el resurgimiento de un pesado activismo, la mayor parte contra las corporaciones transnacionales que exploran los centros mineros y los biocombustibles.

En Honduras, Zelaya agitó el escenario al aumentar el salario mínimo y pedir disculpas por las ejecuciones de niños/as que viven en la calle y miembros de pandillas, llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad, en los años 90. Él hizo movimientos para reducir la presencia del ejército de EE UU y se recusó a privatizar Hondutel, la empresa estatal de telecomunicaciones, una negociación que Micheletti, como presidente del Congreso, presionó para que se realizara. Zelaya también vetó la legislación, apoyada por Micheletti, que desterró la venta de la píldora del día después. Considerando el vergonzoso apoyo del presidente nicaragüense, Daniel Ortega, a las posiciones anti-aborto de la iglesia católica, que resultó en una legislación que condena a treinta años de cárcel a la mujer que lo practique, esa fue quizás la medida más corajosa tomada por Zelaya. Él también aceptó ayuda internacional de Venezuela, en la forma de petróleo a bajo costo.

Sería imposible sobrestimar el odio que la clase dominante de Centroamérica tiene por Chávez, cuya presencia es vista detrás de todas las protestas masivas y de todas las manifestaciones por la democratización política y económica de la región. El presidente de un consejo empresarial hondureño dijo, recientemente, que Chávez “tenía Honduras en su boca. Él era un gato con un ratón en la boca, que se le escapó”.

La fijación en Chávez es muy útil para desviar la atención de la pobreza que corroe la región, bien como del fracaso del modelo económico neoliberal promovido por Washington en las últimas décadas. Cuarenta por ciento de los centroamericanos, y más de 50% de los hondureños viven en la pobreza. La obsesión por Chávez también distrae del hecho de que bajo la igualmente desastrosa guerra contra las drogas de Washington, los cárteles del crimen, profundamente arraigados en las familias de las oligarquías militares y tradicionales, llevó buena parte de Centroamérica a la condición que el Gabinete para América Latina de Washington ha denominado como estados cautivos.

Para la Casa Blanca, Honduras está demostrando ser un difícil e inesperado test de política externa. Después de condenar el golpe, Obama entregó la gestión de la crisis al Departamento de Estado. En vez de trabajar directamente con la Organización de Estados Americanos (OEA), la Secretaria de Estado Hillary Clinton nombró unilateralmente a Oscar Arias, quebrantando compromisos e ignorando las preocupaciones de muchos otros gobiernos latinoamericanos de que esas negociaciones garantizarían mucho más legitimidad al golpe.

Hasta ahora Clinton está renuente a aplicar una serie de posibles sanciones, inclusive congelando cuentas bancarias de aquellos que protagonizaron el golpe, para forzar a Micheletti a aceptar el plan Arias. Y para aquellos que ven en Micheletti como la última línea contra el avance del chavismo – sea en Honduras, en Guatemala, El Salvador o en cualquier otro lugar de América Latina – el retorno de Zelaya, aunque sea a tan pocos meses del término de su mandato, es inaceptable.

Al final de los años 70 la revolución sandinista reveló los límites de la tolerancia de Jimmy Carter con el nacionalismo del Tercer Mundo. Cuánto más Carter intentaba apaciguar los halcones en su administración, más él era acusado de vacilar, pavimentando así el camino para los neoconservadores bajo Reagan, para utilizar a Centroamérica como muestra de su línea dura.

Hoy, una dinámica similar está teniendo lugar. Los republicanos se alinearon alrededor de Micheletti, enviando una delegación congresista, liderada por Connie Mack para visitar Tegucigalpa. En una página más de la historia de la estrategia de la derecha en América Latina, ellos acusaron a Obama, asociándolo con Chávez. Obama dijo: “Ese es el tipo de expediente ostensivo que los Republicanos, fuera de la agenda doméstica, vienen adoptando. La posición de Venezuela en Honduras es idéntica a la de Brasil y de Chile – y, sobre eso mismo, la de la Unión Europea”. Pero los ataques de la derecha son efectivos, en amplia medida porque así auto asumidos liberales repetidamente se enfilaron en la demonización, no sólo de Chávez, como lo hizo Lanny Davis recientemente, sino también de izquierdistas como Evo Morales y Rafael Correa, en Ecuador.

A comienzos de Agosto, el Departamento de Estado pareció estar dando soporte a los republicanos, declarando en una carta al senador republicano, Richard Lugar, que “las acciones provocativas” de Zelaya “desencadenaron los eventos que llevaron a su alejamiento”. Esa declaración, bien como los templados esfuerzos para presionar a Micheletti, es un mal presagio en cuanto a la disposición de la administración Obama para resistir a la presión de la derecha.

El propio Obama continúa enviando señales confusas. En una cúpula de presidentes de México, Canadá y EE UU en Guadalajara, en agosto, él reclamó que “los críticos que dicen que los EE UU no intervinieron suficientemente en Honduras son los mismos que dicen que siempre intervinimos y que los Yankees necesitan salir de América Latina. No se puede tener ambas cosas”.

Sin embargo, nadie en América Latina está pidiendo una intervención unilateral de EE UU, sino más bien que Washington trabaje multilateralmente con la OEA. Al nombrar a Oscar Arias, los Estados Unidos efectivamente se saltaron la OEA. Así como Obama hizo esas observaciones, los presidentes de América del Sur, que se encontraron en Quito, en Ecuador, reafirmaron su condena del sorbo y dijeron que no van a reconocer ningún presidente elegido bajo el actual régimen – un paso que el Departamento de Estado de Clinton se recusó a dar.

El fracaso en restaurar el poder de Zelaya enviará un claro mensaje a los conservadores latinoamericanos de que Washington tolerará golpes, una vez que esos hayan sido propiciados con el pretexto democrático. Como observó recientemente el historiador Miguel Tinker en un ensayo publicado en Common Dreams ellos ya entienden que Honduras puede ser un punto de virada. Un hombre de negocios conservador venció la presidencia en Panamá. En junio, en Argentina, el partido de centroizquierda peronista de Cristina Fernández sufrió una derrota relativa y perdió el control del Congreso. Investigaciones muestran que las próximas elecciones presidenciales en Chile y en Brasil, posiblemente implicarán pérdidas mayores para la izquierda.

A todo esto, Zelaya está convocando apoyadores de los alrededores para que presionen por su retorno. En Honduras, las protestas continúan y el conteo de cuerpos se dispara. Por lo menos 11 apoyadores de Zelaya habían sido asesinados desde el golpe. El último, Martín Florencio Rivera, fue apuñalado hasta la muerte después de haber dejado el velorio de una otra víctima. Micheletti, a su vez, está recogido en Tegucigalpa, apostando que puede apalancar, finalmente, el apoyo internacional, hasta que la agenda de la elección presidencial en noviembre sea regularizada. El curso futuro de la política latinoamericana puede estar en juego.

Greg Grandin es profesor de historia en la New York Univesity y uno de los grandes expertos en historia latinoamericana de Estados Unidos. Es el autor del recientemente publicado Empire's Workshop: Latin America, The United States, and the Rise of the New Imperialism (Metropolitan).

Traducción al portugués : Katarina Peixoto
Traducción al español: Diana Canales

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