Por Giovanni Rodríguez

Tengo curiosidad por saber lo que ocurrirá en las próximas elecciones generales de H. Los candidatos de los dos partidos políticos mayoritarios llegan a la contienda frotándose las manos, sabiendo (o creyendo) que sus zambullidas en este río revuelto generarán ganancia.
Esta expectativa está bien fundamentada en el caso del candidato “conservador” pues su condición de líder del partido de la oposición en el actual gobierno (¿dije “actual gobierno”? ¿A cuál gobierno me refiero? Vaya usted a saber) mantiene intactas sus aspiraciones, pero no lo está en el caso del candidato “liberal”, militante del mismo partido del derrocado Mel Zelaya y del golpista Micheletti, lo cual constituye, desde cualquier punto de vista, una enorme desventaja.

Supongo que habrán notado el uso de las comillas en las palabras “conservador” y “liberal” del párrafo anterior. Se debe a que en el fondo en H conservadores y liberales son el mismo contenido excrementicio aunque el envase se pinte de azul o de rojo. Y esto es algo que han demostrado de sobra los acontecimientos del último mes en H, que han llegado insólitamente a unir a los representantes de dos partidos políticos radicalmente opuestos, a dos ideologías contrarias, en nombre de lo que los falsos voceros de la patria se han empeñado en llamar desvergonzadamente con el eufemismo de “sucesión constitucional” pero que ya fuera de pajas se llama “golpe de Estado”.

Digo que tengo curiosidad por lo que nos traigan esas elecciones pero en realidad lo que tengo es ganas de comprobar de qué tamaño es la conciencia del pueblo, ganas de alegrarme de que por fin se haya producido la justa respuesta que necesita nuestra historia nacional o quizá tan sólo ganas de confirmar lo que siempre he pensado: que nuestro país es conformista, estúpidamente aguantador y que merece de sobra a la gente que lo gobierna.

De lo que no tengo ganas es de seguir viendo pasar estos tristes días hondureños y sobre todo verlos pasar a través de esta distancia por ahora insalvable de un océano. Porque los días malos son irremediable e insoportablemente largos y mientras uno se autoinyecta pequeñas dosis de esperanza otros se encargan de rociarnos con agua fría, o con balas.

Mientras tanto, en H ocurre mucho más del doble de lo que se suponía iba a ocurrir si Mel Zelaya continuaba en el poder. Ocurre, por ejemplo, que hay gente que muere por el delito de no estar de acuerdo con el que en este momento siente que tiene a Dios agarrado de los huevos. Ocurre también que ya nadie quiere salir a la calle porque en cualquier momento puede aparecer por una esquina un policía o un militar con ganas de encontrarle cara de “sospechoso” y hacérselo ver a garrotazos o porque el supuesto presidente de la reputapública (el mismo agarrahuevos que mencioné antes) acaba de anunciar en cadena nacional la entrada en vigencia de un nuevo toque de queda. Ocurre que es difícil no mirar al otro con ojos de respeto o de desprecio, las únicas dos vías posibles, porque parecemos no estar para medias tintas.

Tengo ganas de que llegue noviembre, o el mes que sea en que vayan a celebrarse las elecciones en H. Tengo ganas, pero ganas urgentes, de que H renazca o se hunda definitivamente. Lo que no quiero es que esta mierda se alargue, porque de seguir así nos hundiremos todos paulatinamente, así nomás, sin saberlo, creyendo que la esperanza es para toda la vida.

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