Nuestra Palabra, Radio Progreso/ERIC-SJ, 22 de agosto de 2009

El golpe con su régimen de facto tiene tres actores principales. El primero es lo que podríamos llamar la mafia árabe-criolla, la cual, como queda indicado, tiene dos vertientes. Por una parte está la vertiente árabe-palestina, la cual comenzó a llegar al país en aquellos años de implantación del enclave bananero de comienzos del siglo
pasado, y a su sombra incursionaron en el comercio hasta convertirse hoy en día en el sector con mayor control de la economía del país.

Por otra parte están los “criollos”, cuyo poder se remonta a la propia colonia; es ese sector de la llamada aristocracia capitalina criolla, y de terratenientes que en su mayoría emigraron a la capital o a los principales centros urbanos del país, tuvieron desde siempre el control de la política, el sistema de justicia y en definitiva, del
Estado hondureño. En este sector reside el origen y desarrollo del sistema político bipartidista.

Esta aristocracia criolla fue progresivamente abriendo el espacio hacia el encuentro de intereses con los árabes-palestinos hasta conformar una alianza, una verdadera mafia que controla todos los hilos del poder, y han llevado al extremo la concepción patrimonialista del Estado, cuyo poder y control de sus bienes, jamás compartirían con nadie que no garantice una lealtad extrema a sus intereses.

El segundo actor del golpe y del regimen de facto es el militarista, el cual a su vez articula a la vieja guardia de los altos oficiales en retiro de las Fuerzas Armadas con los agresivos “halcones” del Pentágono. Este segundo actor militarista representa el renacer del protagonismo de un ejército que se creía en un plano secundario en la vida política del país, y que Zelaya Rosales lo despertó hasta convertirse en un imponente
cuervo que le sacó los ojos al propio Zelaya, y nos lo quiere arrancar a todos los que nos oponemos a un régimen de represión.

Y un tercer actor es el crimen organizado, el cual se alimenta de los desórdenes y del afán de poder de la mafia árabe-criolla, y se fusiona con ella para así convertir al país
en terreno fértil para sus actividades en los corredores subterráneos de la impunidad y de la violencia.

El régimen de facto jamás se habría sostenido hasta ahora sin la existencia y militancia articulada de estos tres actores, y a cuyos círculos se unen otros actores secundarios que justifican y bendicen sus acciones como si fuesen patrióticas y cristianas. Y es frente a estos actores que la resistencia popular debe definir su lucha y toda su identidad.

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