Aníbal Delgado, La Prensa, 13 de agosto de 2009

Las cúpulas de los partidos tradicionales nos han mentido mucho; durante décadas, en el marco de un sistema político que privilegia a unos pocos en perjuicio de los más, nos han venido diciendo que encarnan los ideales de justicia.

Lo que hoy es Honduras es sólo responsabilidad de ellas: un país que no sólo exhibe índices profundos de pobreza sino, lo que es peor, donde anchas franjas de su población no logran ubicar sus objetivos históricos ni comportamientos congruentes con una vida digna y solidaria, en gran medida porque el testimonio de vida de esas cúpulas no es nada relevante.

El golpe militar del 28 de junio pasado nos ha sumido en una nueva crisis que ya asume cuatro facetas: política, social, económica, moral. Si bien esta crisis arrastra características de las anteriores, hay algo que la distingue y la vuelve más letal: el significado de atraso que le han impreso sus promotores y el cinismo con que reasume el viejo proyecto represivo.

Y mientras América toda, sus grupos políticos democráticos, universidades, intelectuales y científicos, sindicatos y organizaciones de la sociedad civil, señala lo ocurrido en Honduras como una estocada fatal, aquí todavía hay instituciones que proclaman una irritante neutralidad como si la institucionalidad democrática, destrozada en un amanecer trágico, no fuera un valor político fundamental.

Las cúpulas partidarias tradicionales han estado ausentes en esta movilización nacional por la democracia; ambas, en su afán de quedar bien con los autores civiles y militares del golpe, con su silencio lo han justificado y con la más clara vocación oportunista y ningún sentido de la historia creen que las elecciones del 29 de noviembre cicatrizarán las heridas y que después de ellas todo en Honduras volverá a ser felicidad.

No se han percatado que el golpe desató fuerzas políticas nuevas; jamás entendieron que la movilización democrática del continente algún día sacudiría nuestra modorra como lo hizo en los mismos Estados Unidos en las elecciones de noviembre pasado; siempre pensaron que dándonos cada cuatro años más de lo mismo el sistema tradicional de elecciones se prolongaría con perspectivas de eternidad.

Esas cúpulas que ni siquiera han sido consecuentes con el paradigma neoconservador están al borde de su extinción definitiva; un régimen realmente pluripartidista está por emerger, porque la deserción hacia nuevas instancias partidarias es el resultado lógico de un estilo reaccionario y oportunista de dirección.

El mapa político de Honduras en el próximo futuro exhibirá características novedosas.

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