Por: Jerónimo Carrera

En el mundo de nuestros tiempos, para el buen desarrollo de las relaciones internacionales, conviene observar y poner en práctica permanente dos principios básicos, como son los de la solidaridad y la no intervención.

Son principios fundamentales, pues corresponden a la realidad de la época en la cual vivimos y a la vez a la necesidad de dar una salida a la lógica aspiración de la humanidad de vivir en un mundo en paz, sin guerras ni choques entre los pueblos.

Pero aunque esos dos principios van entrelazados y su práctica tiene que ser simultánea, en verdad cada uno de ellos siempre ha de tener su propia esfera de aplicación, puesto que corresponden a campos bastante específicos. Con todo lo que hemos avanzado en el largo camino de la internacionalización, que algunos prefieren llamar globalización pero que en última instancia la denominación no es lo que cuenta, formamos parte de una humanidad dividida en numerosos pueblos con diferentes grados de desarrollo.

Lo cual nos lleva a que nos mantengamos bastante divididos, con culturas muy diferenciadas, cosa que en la práctica se traduce en el mantenimiento de un aparato de fuerza y generador de violencias, que lleva el nombre de Estado.

Es la existencia misma de ese aparato la que requiere de las guerras como combustible indispensable, y para producirlas se vale de toda clase de artilugios. Desde los tiempos más remotos los hombres han encontrado motivos para guerrear, para hacer de la paz una simple tregua entre dos guerras. Al mismo tiempo siempre ha habido en toda sociedad un sector opuesto a la guerra, puesto que es perjudicado por ella y siente por tanto la necesidad de la paz.

En cambio los guerreristas sacan o esperan sacar alguna ganancia de la guerra, que para ellos es un negocio.Justamente, de esa antítesis existente entre la paz y la guerra, entre los intereses opuestos que siempre han generado la una y la otra posibilidad en toda sociedad, proviene la relativa separación de las esferas de aplicación de esos dos principios básicos que son la solidaridad y la no intervención que ya hemos mencionado.

Corresponde a los pueblos, y en particular a la clase obrera y demás sectores de trabajadores, luchar por la paz entre todos los países, creando y participando activamente en movimientos de solidaridad que luchen por impedir las guerras, tal como lo hemos tenido acá en Venezuela con aquel Consejo Venezolano de la Paz presidido por el General José Rafael Gabaldón, fundado en 1949 -hace ahora exactamente sesenta años, que logró evitar que Venezuela fuera arrastrada a la guerra en Corea- y que tanta falta nos hace en estos momentos de tan peligrosas tensiones gubernamentales entre Venezuela y Colombia, azuzadas evidentemente desde Washington.

Al mismo tiempo, atañe a los gobiernos, en su condición de dirigentes de los Estados, respetar y velar por el respeto más estricto de ese principio - también fundamental para asegurar la coexistencia pacífica de los pueblos- que es el de la no intervención.

Sin embargo, como es sabido y se comprueba hoy con frecuencia, las grandes potencias nunca han dejado de intervenir en los asuntos de otros países. De allí la urgente necesidad de ponerles frenos por la vía de los movimientos populares, sobre todo en el seno mismo de esas potencias. Esta es una tarea que corresponde primordialmente a los organismos de trabajadores, al movimiento sindical en primer término.

No puede ser que a la intervención imperialista se piense darle respuesta efectiva con la intervención estatal de otros países, y esto es lo que se ha pretendido hacer en el actual caso de Honduras. Es como querer apagar el fuego con leña, o peor, con gasolina.

Fuente: PrensaPopularSolidaria_ComunistasMiranda (PPS_CM)

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