“…una acción militar de una gran torpeza.”—Mario Vargas Llosa, El País, España.

Si hay alguien que respeto, y temo, por saber de golpes, dados y recibidos, es a Mario Vargas Llosa. Por lo mismo, allá en el teatro Repertorio Español (de Nueva York), tuve la cautela, una vez terminó su presentación sobre La fiesta del chivo, ya que estuve siempre al lado de su Patricia, de no acercármele mucho por si repetía su reconocida escena de propinarle, sin aviso, tremendo golpetazo a Gabriel García Márquez. Ese fue un golpe, casi de Estado, ¿o en Estado?

De hecho, allí lo entrevisté y luego escribí un artículo sobre su llegada a nuestro país, Honduras, a recibir un Honoris Causa. Claro, clarísimo que tuve protestas de escritores latinoamericanos de mi generación porque arguyeron que me extralimité en mi apreciación de Vargas Llosa. Por supuesto, mi respuesta fue la única: escribí sobre el Vargas Llosa novelista, no sobre el político. Y es verdad, hoy por hoy estoy escribiendo sobre el segundo.

Luego de que se asestara el golpe de Estado en Honduras, he estado pendiente de qué se le ocurriría decir a Vargas Llosa (y no crean, practiqué con mis palillos orientales cual Fujimori en contienda electorera, éste, el de Fujimori, fue el golpe que recibió), pues cuando se suceden este tipo de acontecimientos es hasta predecible lo que dirá el amigo Mario. Es de perdonarme que hasta ahora sepa del artículo de Vargas Llosa, pues como escritor, diplomático y, sobre todo, hondureño, he estado trabajando a contragolpe.

Para mi sorpresa, y la de muchos, Mario Vargas Llosa comienza su artículo titulado El golpe de las burlas (El País 12/07/2009), así:

“Despertar a un presidente constitucionalmente elegido a punta de bayonetas y enviarlo al exilio sin darle tiempo siquiera a cambiarse el pijama, como hicieron los militares hondureños con Manuel Zelaya hace dos semanas, es un acto de barbarie política y resulta justa la enérgica condena que este atropello ha merecido de Naciones Unidas, la OEA y de la mayoría de naciones del mundo entero”.

Por supuesto, nadie –sensato– va a pensar que Vargas Llosa seguirá por ese rumbo sino que buscará el tragaluz por donde si no justifica por lo menos insinúa que algo del golpe pudo tener razón… de ser, y dice: “Mel Zelaya, quien, en violación flagrante de la Constitución que había jurado respetar, se disponía a llevar a cabo un referéndum para hacerse reelegir, una pretensión que fue condenada por la Corte Suprema y la Fiscalía de la Nación, y por la que el Congreso hondureño había iniciado un proceso para destituirlo como jefe del Estado”.

No entiendo cómo un escritor de la talla de Vargas Llosa, eterno aspirante al Premio Nobel, puede caer a medio párrafo, en ridícula contradicción, por un lado asegura: “Mel Zelaya, quien, en violación flagrante de la Constitución que había jurado respetar…”. Y adelantito remata: “…se disponía a llevar a cabo un referéndum”. ¿Cómo es posible que alguien cometa una ‘flagrante violación’ cuando en realidad solamente se ‘disponía’? Es aterradoramente gracioso. De aquí lo único positivo que resulta es un consejo contundente a escritores y aspirantes: Nunca escriban con prisa, tómense su tiempo para que el cerebro trabaje. No obstante que ya casi los llamen de Estocolmo.

No tenía que leerlo para saberlo, donde Mario quería llegar era a la posibilidad, porque siempre que la tiene no la desperdicia, de arremeter contra su archienemigo, Presidente Constitucional Hugo Chávez. Y es que en realidad no es que él sea tan enemigo de Hugo Chávez sino de Fidel Castro, pero como nunca pudo con Fidel, al igual que cualquier recalcitrante cubanito exiliado de Miami, busca el desquite con cualquier amigo o relación cercana que le huela a Castro. Y, claro, tenía que aparecer: “Manuel Zelaya era la última conquista del caudillo venezolano. Lo había sobornado, al igual que a sus otros vasallos (el paréntesis es mío, vasallos es un neologismo con el que se editan las palabras Vargas Llosa: Vasallos) latinoamericanos, vendiéndole el petróleo de su país a precio de ganga y con créditos generosos”.

No se trata de que Venezuela ni ningún otro país soborne a nadie sino que un país pobre como Honduras tiene que abrir sus posibilidades: ¿qué importa si el petróleo viene de Venezuela?; ¿los electrodomésticos de los Estados Unidos? ; ¿si nos compra Taiwan o China? No, lo que interesa es que quien preside el país tenga la capacidad de mejorar el nivel de vida de los hondureños. Y aquí puede parecer cinismo, pero el fin justifica los medios. ¿O es que acaso Estados Unidos no tiene negocios con Venezuela y China? ¿No le obsequia combustible a los pobres del Bronx, Nueva York, el gobierno de Hugo Chávez?

Un ejemplo: Si de origen Vargas Llosa hubiese sido español, dudo que se hubiese nacionalizado peruano, pero, como dice el gran poeta ruso Evgenio Evstuchenko, en la “gran lotería biológica” le tocó ser peruano, pues que mejor que en el navío del prestigio literario se convirtiera en primer mundista. Ninguna crítica, sólo un recuerdo.

Es de esperarse, sin asombro, que Vargas Llosa ataque todo lo que considere cambio. Incluso a organismos como la OEA si respaldan algo justo como la condena unánime al golpe de Estado en Honduras, a su secretario general José Miguel Insulza, al ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas), pero sí es extraño (¿o no?) que olvide, en Alzheimer programado, a Otto Reich, Robert Carmona, Illiana (no sé qué, ni me interesa). Los dos primeros anduvieron olfateando, reuniéndose con el germen del mal en Honduras, y los otros, los de Iliana, los han recibido en tierra de Obama (aunque duela y el gobierno de facto le llame: Negrito que no sabe nada de nada, que en su traducción del hondureño quiere decir: Negro ignorante), para conspirar y legitimar un golpe a la vida contra muchos pueblos.

Pero más allá de su insustancial artículo sobre Honduras, Vargas Llosa, si realmente fuese más listo, hubiese previsto (o quizá lo sabe y se hace el tonto) de que están aprovechando a Honduras para probarle el pulso a Venezuela. En descarada cobardía (palabras que parecen sinónimos), han huido derrotados de sus frustrados intentos de golpes de Estado y de magnicidio contra el presidente Hugo Chávez, y ahora utilizan un país pequeño y pobre, iletrado y asustadizo, para intentar coronar sus verdaderos propósitos que no son otros que la caída de Chávez. Quizá lo acontecido en Honduras en vez de llamársele golpe de Estado, sería mejor llamarle golpe Gestado.

En este sentido es comprensible que el presidente Zelaya intente entrar por cualquier frontera, con la respuesta a ese acto queda en evidencia una vez más la crudeza del golpe de Estado: se ordena de inmediato un nuevo estado de sitio a partir del mediodía; se amurallan las carreteras y se tienen retenidos a miles de compatriotas sin agua, comida y en deplorables condiciones de insalubridad; y se le prohíbe a la Primera Dama y a sus hijos reencontrarse con el presidente Zelaya. ¿Qué más muestras de tortura y abuso necesita el mundo para ser más contundentes en la búsqueda de una solución a ese asalto al poder?

A raíz de este golpe de Estado los países tendrán que buscar mecanismos más inmediatos, ya sea en alianzas o pactos o por resoluciones internacionales, como la intervención militar, para evitar que quienes atracan el poder en cualquier país utilicen, aprovechando la ignorancia y desarme del pueblo, a ese mismo pueblo como trinchera de sus pretensiones y acciones golpistas.

Este es el caso que en la actualidad vive Honduras, que la gran mayoría de los “manifestantes” que “respaldan” el golpe, van obligados, bajo amenaza de despedirlos de sus empleos, del chantaje, a otros les pagan valiéndose de la miseria, incluso, entre ellos se envían militares vestidos de camisetas blancas, y se usa cualquier tipo de artimaña intentando venderle la falsa idea al mundo de que los golpistas tienen masivo respaldo. En cuanto a la censura y atropello a la prensa no parcializada con el golpe, se ha dicho bastante pero aún falta mucho por denunciar. A los genios de CNN, por ejemplo, les sería fácil distinguir que los millares de manifestantes que esperan al presidente Zelaya están rodeados y encañonados por el ejército, mientras que en las “manifestaciones” pro golpe el ejército y la policía brillan por su ausencia.

Hondureños, no seamos idiotas, no caigamos en esta gran trampa de que se utilice nuestro país, que nos ridiculicen mundialmente por dar y respaldar golpes de Estado, cuando los propósitos reales están más allá, y dentro, de nuestras fronteras patrias.

Estamos como en la era de la Guerra Fría, sirviendo de tontos útiles. Regresemos a nuestra constitucionalidad y no dejemos que las delirantes pretensiones de otros conviertan a nuestro país en un escenario en donde tendremos que matarnos unos a otros por un pedazo de pan, solamente para que otros midan fuerzas. Experimenten.

Y como bien lo dice nuestro futuro premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa: “¿Qué se puede hacer para reconstituir la demediada democracia hondureña? Lo ideal, sería reponer a Zelaya en la presidencia”.

Por fin, políticamente, hemos coincidido en algo con don Mario.

Roberto Quesada: Premio Periodístico Jacobo Cárcamo 2009. Escritor y diplomático hondureño, autor de varios libros, entre los que destacan El desertor (1985), Big Banana (Seix Barra, 2000), Nunca entres por Miami (Mondadori 2002), Los barcos (Baktún 1988), La novela del milenio pasado (Tropismos, Salamanca 2005).

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