COSTA RICA TAMBIÉN TIENE UN GOLPISTA
(Y SE ASUME COMO MEDIADOR)
Adriano Corrales Arias*

Teniendo en cuenta que el actual presidente de la República de Costa Rica fue electo gracias a una “interpretación” de la Sala Constitucional respecto de la imposibilidad, por mandato constitucional, de que un Presidente pueda reelegirse, es claro que la presidencia de la República actual es ilegítima. La misma constitución con la reforma de 1969, que prohíbe expresamente la reelección, sigue diciendo a la letra lo mismo pues aún no ha sido reformada. Ese hecho, pasmoso en la vida política nacional, llevó a un expresidente de la República, el Lic. Luis Alberto Monge, a declarar, con toda razón, que se trataba de un “bazoocazo constitucional”.

Lo ocurrido fue un dramático cambio institucional en el juego democrático que hasta entonces había tenido validez en Costa Rica. Asistimos a un verdadero golpe de estado técnico asestado a la Asamblea Legislativa, única instancia capaz de reformar e “interpretar” la actual constitución. La facultad soberana del pueblo, depositada en el parlamento, se traspasó a la esfera judicial. Las presiones políticas fueron tan descaradas, que el máximo tribunal constitucional de la República, la Sala IV, tuvo dos posiciones diametralmente distintas sobre el mismo tema, en un período muy corto de tiempo.

Al final, se salieron con la suya quienes hasta entonces habían visto frenadas sus aspiraciones para una neoliberalización completa de la vida republicana. El parlamento costarricense, ya de por sí bastante golpeado en su credibilidad ante la ciudadanía, tanto por razones objetivas como por otras realmente desvergonzadas; ha quedado relegado. Su papel disminuyó peligrosamente porque, lamentablemente, ante aquél atropello a su institucionalidad y a su legitimidad, no reaccionó de conformidad con la intensidad del golpe recibido.

A lo anterior podríamos agregar las fundadas sospechas de fraude electoral en la misma elección del señor presidente, así como la nefasta y descarada campaña a favor del TLC con Estados Unidos en un referendo amañado y asimétrico en su realización, con un Tribunal Supremo de Elecciones timorato y con un fraude mediático hartamente comprobado, al permitirse a la prensa comercial y transnacional la injerencia en asuntos electorales en período de veda publicitaria, amén de una campaña del miedo orquestada desde casa presidencial.

De tal manera que tenemos en el poder a un gobierno inconstitucional y a un presidente golpista. Dicho de otro modo, el gobierno del señor Arias, actualmente en el poder, es espurio y no tiene ninguna autoridad moral para solicitar mediaciones como en el caso del golpe de estado de Honduras perpetrado por los militares de ese país. Al contrario, podríamos incluso suponer que ha colaborado con los golpistas al entretener a Zelaya en los días posteriores al golpe y no denunciar la invasión del territorio costarricense por parte de una nave aérea militar hondureña el día que “abandonaron” al presidente Miguel Zelaya en el aeropuerto internacional Juan Santamaría.

Como dicen en mi pueblo, el diablo anda repartiendo escapularios. Y como de golpistas se trata, uno “a la tica”, es decir sin ejército, y otro al mejor estilo “goriletti” con una represión descarnada al pueblo hondureño y sus fuerzas sociales, no debemos esperar demasiado de quienes se declaran demócratas hacia fuera, pero son verdaderos lobos políticos al interior de sus parcelas. En esa suerte de semiosis del poder, casi estoy tentado a decir que, al menos respecto de los sucesos en Honduras y de las recientemente instaladas bases militares en Colombia, el señor Obama, allá en la Casa Blanca, también parece pertenecer a esa estirpe posmoderna de “demócratas”.

*Escritor costarricense.

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