Temprano aprendí a observar cómo reaccionan las personas y a clarificar si su conducta sucedía por torpeza o maldad. Si era lo primero les dedicaba horas y proveía argumentos; si era por malignidad ahorraba las palabras.

Y de semejante forma, tras que publiqué mi primer artículo en diario "El Día", hace cuatro décadas, me obligué a actuar en consonancia y a verter ideas con franqueza y lealtad al medio periodístico, sin subterfugios de segundos intereses.

Podía confundirme pero solo por equivocado análisis, no por malicia, ya que mis columnas debían ser espacio para negociación entre autor y sociedad, no verdad santa. De allí que mis lectores sepan siempre que de ellas manan convicciones del alma, que creo lo que escribo y escribo lo que creo, y que mi pluma no busca capturar vanidades, empleos ni ganancias sino que procuran la verdad. Hay escritores mercenarios, desde luego, pero no con esta "otra óptica".

Digo así porque me golpea la hipocresía de los periodistas e intelectuales que hace escasamente veinte a treinta meses temblaban de ira y horror ante la posibilidad de que el gobierno estadounidense suspendiera los convenios con que nos proporciona ayuda, cancelara el arreglo migratorio, retirara a su embajador y nos viera mal.

Radios tronaban, noticieros sirenaban, presentadores de televisión mojaban pantalones y faldas, editorialistas vaticinaban caos si se alteraba el sistema de adquisición de combustible, si se corregía la famosa (¿pétrea?) fórmula de comercialización de petróleo, por entonces en pleno disfrute y lucro de empresas transnacionales. Fue la operación del miedo, vendaval de advertencias falsas que obedecían a ocultas motivaciones pecuniarias, y tras las cuales nada grave aconteció.

Además de que ocurría al fondo un problema de estima y dignidad patrias que se expresaba en fórmulas recurrentes, compadecidas y facussé-retóricas, al estilo de "los estadounidenses son nuestros socios naturales"... "compartimos la geopolítica regional"... "no debemos ofender a nuestros fieles aliados"... "los gringos son nuestro modelo de libertad"... Y ahora, cínicos y corruptos, ¿dónde anida su fuente de democracia? ¿Ahora es que Estados Unidos, y todas las repúblicas americanas, y todos los países de todos los continentes, y todas las organizaciones cívicas y democráticas del universo, sin faltar una sola, están equivocados, y que una sucia pacotilla de políticos ambiciosos y militares infieles administra la sabia razón? ¿Cómo es que los valores fueron tan volubles, cómo las uniones se rompen y lo que anoche fue sagrado es hoy abyección? Yo, crítico de imperialismos, admiro a la Norteamérica de luces y tecnología, de democracia y derechos humanos donde me formé, pero vosotros no, cobardes, a quienes en su lógica sustenta solamente el estómago, no la razón.

Más allá del enojo que tal cinismo provoca, cuando la borrasca pase debemos concentrarnos en hacer lo que Ethel Buchard nomina "cortes absolutos entre esferas pública y privada" y conseguir que reine el Estado laico. Que mafias y gobierno divorcien su alianza pecaminosa; que construyamos a la república sin crucifijos de oriplata ni cánticos cardenalicios o de evangelistas monetarios.

Se hace imperativo pensar a la nación y refundarla mediante una constituyente que dé paso a orden, justicia y ética, ojalá bajo el modelo del socialismo nórdico, que si bien proviene de tesis de Marx no es marxista sino humanísticamente contemporáneo. Calcar ese ejemplo con las riquezas que poseemos, con nuestra geografía estratégica, con una juventud empresarial capaz de impulsar proyectos de Estado, con un obrerismo técnico y disciplinado, hará que esos amores de perros que hoy vemos –los de idolatrar o malquerer al capital, de solo explotar al trabajador– sean vanos y eduquen sobre la nueva modalidad del siglo, cual es de concebir a otra Honduras como fuente de bienestar y calidad de vida, de moral y equidad. El fascismo fuerza a que seamos visionarios de la historia, pues sólo quien protagoniza al futuro gana la posteridad.

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