Billy Peña, Diario Tiempo

Aquel día parece que fue ayer pero no es así. Varias décadas han pasado desde aquel primer día de mayo de 1954 que amaneció extrañamente tranquilo, quieto y silencioso…nada parecía moverse, ni el aire. Era niño pero comprendía que algo raro estaba sucediendo. Vivíamos en una finca bananera ocupando una hermosa casa rodeada de grama y de las flores consentidas de mi madre. De pronto se escuchó el grito de “¡Huelga!” y, efectivamente, había estallado la Gran Huelga de 1954. Los campeños y obreros de la United Fruit Company habían paralizado labores en reclamo de justicia y derechos laborales. Se paralizó El Progreso, Tela, Puerto Cortés, La Lima y todas las fincas bananeras. Dejaron de funcionar los trenes y motocarros, los campeños no se internaron en los bananales y las oficinas administrativas se encontraron vacías. Aquel día dos campeños olanchanos se presentaron en nuestra casa y le dijeron a mi papá que se quedarían con nosotros de día y de noche, pidiéndonos únicamente la alimentación. Mi papá les agradeció el gesto pero les dijo que no tenían que hacerlo, pero ellos insistieron y fue así como aquellos dos hombres cuidaron de nosotros durante más de dos meses. A pocas horas recibimos una llamada de la gerencia general informándonos que se nos enviaría un auto para trasladarnos a La Lima pero mi padre se negó a abandonar la casa aduciendo que no podría abandonar a las muchas mascotas que teníamos. El gerente general nos informó que la situación podría volverse peligrosa pues la huelga estaba sistemática y perfectamente organizada por “comunistas”, sin embargo, mi padre agradeció el gesto del gerente de enviarnos un auto y su conductor personal pero no quiso abandonar la finca. Yo, siendo niño, no me daba cuenta que se estaba haciendo historia aquel día. Los campesinos y obreros habían dado el grito de lucha y, en 1954, no se podía culpar a Fidel, ni a Chávez, ni a Morales y Correa. Se tenía que responsabilizar al comunismo internacional en Moscú. Nadie pensó en responsabilizar la injusticia social y la total ausencia de derechos laborales con que operaba la United Fruit Company en nuestro país.

En los 68 días que duró la histórica huelga nos dimos cuenta de muchas cosas, por ejemplo, supimos quienes eran los soplones incondicionales de la gerencia general, supimos quienes simpatizaban con la lucha de los campeños y obreros, considerándola justa. Como es natural, se desató la cacería feroz contra los huelguistas tildados de comunistas. En un maizal cercano a La Lima los secuaces del comandante Eduardo “Guayo” Galeano, masacraron a un grupo de inocentes que buscaban maíz para comer. Se cometieron atrocidades durante la Gran Huelga de 1954. Pero nosotros permanecimos en la finca. El profesor Manuel de Jesús Valencia, uno de los principales protagonistas del paro, se presentó a nuestra casa acompañado de un grupo grande de huelguistas que cargaban garrotes…símbolo del huelguista. Mi papá salió, le estrechó la mano al profesor Valencia e intercambiaron unas palabras. Cuando Valencia se hubo marchado todos le preguntamos a mi papá a qué se debió la visita del líder y nos contestó que estaba curioso por saber por qué habíamos decidido permanecer en la finca. Mi padre le dijo que no quiso abandonar las mascotas y, además, no tenía enemigos, a lo que Valencia comentó: “Eso me han dicho y también que usted es un hombre justo. No le sucederá nada.” Dicho esto Manuel de Jesús Valencia se alejó seguido por sus huelguistas. Nunca podré olvidar su paso lento mientras se alejaba de los predios de nuestra casa.

Todo aquel que simpatizaba con el paro era señalado de comunista. Todos los que se compadecían de las mujeres, ancianos y niños que vivían en chozas improvisadas en el Campo Chulavista de La Lima, comiendo bananos verdes, también era considerado comunista. Manuel de Jesús Valencia tenía allí su cuartel—por así decirlo—y por las noches pronunciaba encendidos discursos. Poco después de la huelga Valencia fue asesinado por la soldadesca de Galeano. Fue emboscado en un sector cercano a La Lima conocido como Playa del Padre. Sus restos nunca fueron encontrados.

Honduras cambió aquel día de mayo de 1954. Se logró el Código de Trabajo y otras reformas sociales urgentemente necesarias. Mi abuela materna, Ofelia de Ferrera, se compadeció de las mujeres, ancianos y niños hacinados en el Campo Chulavista y de inmediato se dijo que era comunista. Un soplón de la empresa, el médico nicaragüense Carlos Macís, le comentó a un gringo que doña Ofelia, la viuda de don Federico Ferrera, era comunista. Cuando el gringo la increpó mi abuela le dijo que no era comunista pero que si así lo consideraba la gerencia general entonces no merecía prestar sus servicios a una empresa estadounidense…y de inmediato renunció a su empleo. Se trasladó a San Pedro Sula donde vivió tranquila y felizmente hasta su muerte en 1991.

Honduras cambió aquel día de mayo de 1954 y volvió a cambiar el pasado 28 de junio. Nada volverá a ser igual. Nada podría ser igual, desde aquel día.

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