Por POCOTE

Lo felicito desde lo más profundo de mi corazón. Aunque parezca que el tiempo se termina y que usted y sus seguidores, han sido derrotados, en realidad usted es el vencedor. Ha triunfado en crear disensiones entre los conservadores y los liberales, en despertar a un pueblo que ya parecía dormido, en separar las fuerzas del mal de las fuerzas del bien. Honduras más temprano que tarde vencerá porque su existencia democrática es necesaria para preservar el frágil equilibrio de la región centroamericana; porque al fin y al cabo se trata de la supervivencia y la consolidación de todos los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina. La patria de Morazán volverá a nacer a pesar de los poderes imperiales, de la vergonzosa intervención de los gorilas sostenidos por la decadente oligarquía.

No habrá paz mientras Honduras no regrese a los cauces de la democracia y esto únicamente será posible con la derrota de los que han intentado restaurar la prehistoria, mancillando las leyes y los principios constitucionales. Los pueblos del mundo se han pronunciado desde el mismo día del infame golpe militar, condenando el salvajismo y a las fuerzas perversas que se esconden en la oscuridad, sabedores que un hecho semejante los retrata de pies a cabeza como cultivadores del jardín jurásico. Tenga usted presente que los pervertidos de la historia, los tránsfugas del mal, NO PASARAN.

La primera derrota de los forjadores del odio y de la violencia estatal, llegó con el rechazo unánime de la comunidad internacional; la segunda ha sido infligida por la misma organización militante de miles de hondureños, que desde el primer día del golpe de Estado, han estado en las calles, en las escuelas, en todos los espacios públicos, manifestándose, protestando de manera pacífica y cada vez más con nuevos escalones de creatividad. La huelga, los paros, los mítines, las marchas, no son más que la expresión colectiva de reivindicar el estado de derecho, del retorno a la constitucionalidad, del total apoyo a un gobierno legítimamente electo como el que usted representa, querido presidente.

En el pasado y en el transcurso de su gobierno, usted no cometió ni ha cometido errores; lo único por achacarle es el exceso de confianza y la entrega total a los intereses de las mayorías, de los hondureños más humildes, esos que nunca tuvieron acceso a una consulta médica, a la educación y a ser tomados en cuenta como verdaderos ciudadanos y no simples peones o siervos, como ha querido mantenerlos la burguesía. La confianza de usted en su país y en su pueblo tendrá sus resultados, los cultivos en tierra bien abonada tendrán sus frutos. Puede usted enorgullecerse de haberse convertido a estas alturas de la tragedia constitucional en el verdadero líder de Honduras.

Honduras es una patria generosa; sus tierras son ricas y pródigas, los minerales fluyen de sus entrañas, lo mismo que los bananos, las piñas y las naranjas. El pueblo que lo habita es sin embargo muy miserable por el abandono de regímenes insensibles y reacios a los cambios de estructuras; todavía en muchos lugares se mantiene el sistema de servilismo y explotación creado por los conquistadores y reformado por los magnates de las plantaciones bananeras, con el concurso del imperialismo y de la oligarquía criolla: tal vez sea por ello que el cardenal que “ama a los pobres”, les manifiesta tanta conmovedora simpatía, al grado de apoyar a los gorilas golpistas y conjurar la movilización de los humildes, de los oprimidos, de los que todavía sienten en lo profundo de su ser, el amor a la justicia, como predicó el más grande revolucionario de la historia, como muchos llaman a Jesús de Nazareth.

El infame gorilete camina dándose poses de estadista, de un gran reformador, de una suerte de mago y encantador de serpientes; su discurso expresa la rabia y la prepotencia de las derechas más recalcitrantes de América, no sólo de Centro América, puesto que no aceptan el protagonismo y la mayor participación de los pueblos. Su poder se les termina, su tiempo ahora tiene un límite, pues la injusticia no puede prevalecer para siempre. El “señor” ha logrado así sea por días, acceder a la presidencia “en un acto constitucional”, expresa; pero el pueblo hondureño jamás se doblegará ante la traición y la barbarie, y como lo hemos dicho, más temprano que tarde, reivindicará sus plenos derechos, el retorno a la democracia y el justo castigo a los profanadores de la Constitución y de la voluntad del soberano.

Usted, amigo presidente Zelaya, retornará a Honduras y se encontrará a un pueblo muy distinto al que conoció, el sueño de la opresión y la marginación habrá terminado. Puede estar seguro que esa organización y ese despertar de los hondureños, presagia tormentas y nunca más su país será el mismo, esto a mi modo de ver, el precio que pagarán los burgueses, esos grupos privilegiados acostumbrados a ordenar, a mantener el estado de cosas, a lucrarse del sudor ajeno. Las revoluciones y las insurrecciones de los pueblos no surgen de manera tan simple, tienen en el fondo razones de peso y en la patria de Morazán, hay demasiados motivos para que ese despertar ahora SEA PARA SIEMPRE.

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