Por Helen Umaña
Escritora, Premio Nacional de Literatura
Catedrática universitaria

El 28 de junio, cuando empezaba a germinar la posibilidad de construir una sociedad que diese mayor protagonismo a los sectores marginados, las fuerzas más oscuras de la nación dieron al traste con las esperanzas del pueblo hondureño. Invocando el nombre de Dios, montaron una farsa que, como a toda mascarada, había que darle un nombre. Truculentas mentes abogadiles, esas que «preparan el día y su azul dentellada», duchas en torcer las leyes, inventaron eso de la «sucesión presidencial». Nunca, como en ese trágico momento, se corporizó con tanta fuerza el poema «La Casa de la Justicia» de Roberto Sosa.

El país y el mundo no salían de su estupor al escuchar el descarado juego semántico con el cual se pretendía disfrazar el delito cometido: cortar, de tajo y con brutalidad militar, el hilo de la institucionalidad del país. El ejército había salido de los cuarteles para asestar un golpe de muerte al estado de derecho. La fuerza se había impuesto a la razón. Haciendo trizas el débil proceso democrático, los tres poderes del estado, el ejército, la alta jerarquía eclesiástica, las grandes familias acaparadoras de la riqueza, los propietarios de los medios de desinformación, las cúpulas de los partidos políticos tradicionales y otros agentes menores entronizaron la ley de la selva.

En el momento del golpe de estado, lágrimas de coraje e indignación brotaron de miles de ojos muchos de los cuales, incluso, ya habían olvidado qué sabor tenía el llanto. Al poco tiempo, a esas lágrimas, se agregó un ingrediente de dolor y espanto. El infame cerco en El Paraíso y la muerte cruel dada a Pedro Magdiel; el testimonio en vivo de la barbarie en Choloma, cuando el periodista Gustavo Cardoza, celular en mano, narró la violencia que sobre él ejercían tres o cuatro policías y el desgarrado relato de Irma Villanueva, quien, acompañada de su madre y de su esposo (que valientemente la respaldaron), denunció, en Radio Progreso, la violación sexual por parte de cuatro esbirros que, en acto de saña inaudita, le introdujeron el tolete en la vulva. Esas y otras visiones de pesadilla representan momentos de conmoción espiritual que nunca se olvidarán.1

Pero tampoco desaparecerán de la memoria instantes maravillosos: el río humano que se desbordó por el centro de San Pedro Sula durante la megamarcha procedente de Tela, de Puerto Cortés y del occidente del país; la camaradería solidaria, sin distingo de estamentos sociales, que alarga una fruta o una bolsa de agua, durante las largas caminatas; las dignas figuras de tres sacerdotes católicos presidiendo un acto religioso de la Resistencia frente a la catedral de la ciudad; Dionisia Díaz, la abuela de 75 años, de multicolor vestido, megáfono en mano, externando su protesta y denunciando (antes que muchos políticos) las verdaderas intenciones continuistas del dictador; la puntual declaración de principios, amor a Honduras y autodefensa por parte del padre Andrés Tamayo durante el concierto «Voces contra el golpe» convocado en los predios de la UNAH; con el trasfondo de un cielo límpido, el avión en donde venía Mel Zelaya acercándose a Toncontín; su electrizante llegada a El Ocotal; el denodado esfuerzo de los abogados de la resistencia, velando por la vida de los capturados, impidiendo, con su férrea presencia, que fuesen llevados a lugares desconocidos en donde era previsible que los sumergieran en el limbo de la desaparición forzosa, práctica favorita en la década del ochenta.

En cualquiera de esas facetas ha surgido una respuesta profundamente emotiva (que no por eso deja de ser objetiva) difícilmente comprensible para golpistas y apáticos. Es tal la fuerza de los acontecimientos que ha provocado una verdadera avalancha creativa. Desde el mismo 28 de junio (con las excepciones que se explican por condicionamientos de clase o por el entrecruzamiento de intereses ideológicos o arribistas), la casi totalidad de los hombres y mujeres que conforman el estamento intelectual y artístico del país reaccionó con dignidad frente al acto de alevosía cometido en contra del estado de derecho. Además, hizo suyos el dolor y las lágrimas de los compatriotas agredidos durante las marchas de legítima protesta. Ensayos, poemas, canciones, obras de teatro, caricaturas, fotografías, grafitos, chistes, dibujos, pinturas…, conforman ya un riquísimo e incuestionable testimonio que permitirá conocer, en un inmediato futuro, tanto la magnitud de la perfidia con que se ha actuado en Honduras como la heroica e inesperada respuesta del pueblo hondureño.

Pero lo más notable no es que el escritor que ya tiene «cancheo» escriba. Lo realmente admirable (prueba irrebatible de la magnitud de las heridas en el alma colectiva) es que cientos de hondureños y hondureñas, de pronto, sintieron la necesidad de escribir y expresar sus sentimientos. Ancianos, amas de casa, jóvenes…, participan en actos culturales populares y leen sus poemas o sus escritos; lo mismo hacen cuando hay micrófono abierto en las dos o tres radios que no han cedido a la presión gobiernista. Asimismo, llenaron de un sentido de belleza y de gozo compartido las largas noches de vigilia durante las históricas megamarchas a San Pedro Sula y Tegucigalpa. En sentido estricto, el golpe los hizo poetas. La razón es sencilla y ya la explicó el viejo Aristóteles: en los momentos de gran tensión emocional, el arte es un camino que desencadena la catarsis: la liberación (y el alivio) de lo que oprime o conmueve la conciencia. Un efecto (como tantos otros) que los golpistas nunca pudieron prever.

El arte es vida. Es, en ésta, en donde encuentra sus temas y su motivación. El golpe de estado, de un modo que hace tres meses ni siquiera sospechábamos, cambió, en forma definitiva, el sentir de miles y miles de compatriotas, ahora mucho más lúcidos en la percepción de los hilos siniestros que, por decenios, han alienado, manipulado y controlado sus vidas, sus mentes y sus niveles de conciencia.

San Pedro Sula, 6 de septiembre de 2009

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