Por Marco Antonio Madrid
Escritor y catedrático universitario
madrizel2005@yahoo.com

Desentrañar la naturaleza humana y precisar su “porqué” y “para qué” ha sido siempre tarea de enjundioso análisis y alta filosofía. Nunca ha sido asunto de simple veterinaria.

Sobre el tema antropológico hay tres concepciones tradicionales: la judeo cristiana con basamento en la Biblia, la del homo sapiens o ser racional de la filosofía griega y la del homo faber, ese ser cerebrado constructor de señales y hacedor de instrumentos de las escuelas naturalistas y positivistas con base en la teoría de la evolución.

De estas tres ideas se han desprendido adhesiones y refutaciones en las escuelas contemporáneas. Por ejemplo, Ernst Cassirer, en su antropología filosófica, sostiene que entre el sistema receptor (por el cual una especie biológica recibe los estímulos externos) y el efector (sistema por el cual esa especie reacciona a los estímulos), que se encuentran en todas las especies animales, hallamos en él en calidad de eslabón algo que podemos señalar como sistema simbólico. Esta nueva adquisición transforma la totalidad de la vida humana. De esta forma, el hombre es el constructor de un universo simbólico que se halla entre el estímulo y la respuesta, de tal suerte que la razón no es el único elemento diferenciador entre el animal y el hombre, ya que frente a la ciencia racional está la religión y frente al discurso técnico está el artístico. Todo este discurrir se da en un nivel conceptual y emotivo de la lengua. Mas hay un común denominador en todas las actividades humanas: la construcción de un universo de símbolos.

Podemos enumerar de manera sucinta otras escuelas y pensadores como Max Scheler y su teoría de la voluntad humana, Freud y su psicoanálisis, Erich Fromm y la paradoja de la razón humana en la época contemporánea, Jean Paul Sartre y su existencialismo descarnado, Jaspers y sus situaciones límites, C.G. Jung y el inconsciente colectivo, Frondizi, E. Mounier, Kierkegaard, etcétera. Considero que una constante en algunos de estos sistemas es buscar las respuestas a los problemas del hombre en el hombre mismo.

Transcribo textualmente del libro de Aníbal Puente Ferrera Los orígenes del lenguaje, Alianza Editorial, p. 216, la siguiente historia: “Von Osten, profesor de matemáticas de Göttingen, tenía un caballo que ha entrado en la historia de la psicología como ‘el inteligente Hans’. Golpeando el suelo con una pata delantera, podía contar, sumar, restar, multiplicar y dividir. También era capaz de leer señalando la posición de las letras en el alfabeto. Su propio dueño era quien se sorprendía ante estas habilidades, pues no había entrenado al animal en ellas. Hans podía hacer estas demostraciones aun sin la presencia del señor Von Osten.

Ante un fenómeno tan curioso, se permitió que Oskar Pfungst y Carl Stumpf, dos famosos sicólogos alemanes, examinaran el caso. Lo primero que descubrieron fue que Hans sólo se comportaba inteligentemente cuando podía ver a la persona que le hacía la pregunta. Otro dato que corroboraron era que sólo fallaba si el examinador no conocía la respuesta. Determinaron entonces que era la persona que formulaba la pregunta la que proporcionaba las claves al animal acerca de cuándo empezar y terminar de golpear el suelo. Pfungst descubrió que una leve inclinación de la cabeza era suficiente para que Hans comenzara a patear; levantando la cabeza o incluso la ceja, el animal se paraba. Esta clase de comportamiento lo realizan la mayoría de las personas inconscientemente cuando hacen preguntas y esperan respuesta.

Uno de los psicólogos ensayó por sí mismo el arte de observación del caballo. Pronto pudo sorprender a sus contemporáneos: les pedía que pensaran un problema de cálculo y lo escribieran en una hoja; él le daba la respuesta por medio de palmadas rápidas. En un experimento, 23 de las 25 personas observadas indicaron al ‘inteligente Pfungst’ la solución correcta, ninguna notó haberse traicionado por medio de una señal cualquiera.

El resumen de su experiencia se sintetiza con las siguientes palabras: el talento del ‘inteligente Hans’ permaneció escondido durante tanto tiempo porque se buscaba en el caballo lo que podía haberse encontrado en el hombre”. Hasta aquí el relato del libro de Aníbal Puente Ferrera. Y es que el hombre es algo más que ADN y herencia, es el nudo del mundo donde convergen todos los caminos, donde se atan y desatan todas las tempestades.

Por muy acostumbrados que estemos a las miserias humanas, hay conductas de los hombres que no dejan de sorprendernos. Por ejemplo, después del golpe de Estado del 28 nos hemos admirado del cinismo y la desvergüenza con que apoyan la ilegalidad del golpe ciertos potentados del oro y la plata afiliados a iglesias evangélicas y católicas, miembros de la orden de los caballeros de la Virgen de Suyapa, altruistas fundadores de teletones –el altruismo es un vicio del capitalismo contrario a la bondad, ya que no se da de lo trabajado honradamente, sino lo robado al pueblo- camanduleros y chalineros.

Otros golpistas tienen un gran amor a los perros, pero no los inmuta que la bala de un francotirador del gorilismo le haya destrozado el cerebro a un valiente muchacho cuyo único delito era reclamar en las calles el retorno de la legalidad constitucional, no les importa la suerte ni la pobreza de miles de hondureños que, por reclamar sus derechos, han sido vejados, humillados y han encontrado la muerte en calles y montañas. Mas lo realmente asombroso es que algunas de estas personas han recibido una educación democrática en el hogar y sus familias han sido victimas de golpes de Estado en el pasado, pero hoy pretenden erigirse como gendarmes intelectuales de un gobierno de facto.

Es claro que la explicación de todas estas inmoralidades no debemos buscarla en los amados perros, sino en la voluntad como factor donde recae la responsabilidad moral del individuo, en su psiquis o en su contexto. ¿El hogar y la sociedad hacen al hombre o el hombre hace la sociedad? Aquí caeríamos en una vieja discusión entre empiristas y racionalistas. Los primeros, con John Locke, afirmaban que el hombre al nacer es tamquam tabula rasa, como una tabla lisa, en la que nada hay escrito. La experiencia es la que escribe en esa página en blanco. Los segundos argumentaban lo contrario: que el hombre al nacer ya trae principios, gérmenes de razón; de ahí el cogito, ergo sum, pienso luego existo, de Descartes.

Volviendo a los animales irracionales, el título de esta columna no tiene nada que ver con las gloriosas fuerzas armadas –no sean mal pensados- ni con los fondos escamoteados a la cuarta urna, ni con el pistillo cobrado por el golpe. El oro de los tigres es un poema de Jorge Luis Borges que pondera las maravillas del color dorado en los tigres de bengala y el tigre de fuego de Blake. “Hijo de tigre nace pintado”, reza el dicho popular, como para connotar que las virtudes del padre necesariamente pasan al hijo. Mas yo creo que lo único absoluto es la excepción. Por lo tanto, si nos atenemos a los hechos, el hijo de tigre no necesariamente nace pintado. Como decimos en el barrio, puede nacer cachiflín.

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