Unos días después del golpe militar que volvió a Honduras a la época de las cavernas, a una reedición del nazi fascismo, monseñor Oscar Rodriguez Maradiaga, cardenal de Honduras, emitió una declaración que provocó angustia y malestar entre cristianos y no cristianos, no simplemente por justificar el golpe de Estado, sino por reconocer a los golpistas gorilas, en un hecho lamentable muy a tono con el proceder de la iglesia medieval.

(La expresión no cristianos fue un amable eufemismo creado por el Segundo Vaticano para referirse a aquellos que no reconocían la autoridad papal. Por su amplitud, esa expresión abarca todas las demás confesiones religiosas, los ateos y los materialistas. Tan insólita manera de colocarse frente al mundo dio a Juan XXIII, el gran inspirador y artífice del Concilio Ecuménico, una dimensión humana que jamás alcanzará otro papa. No nos sorprendió pues su canonización).
Ahora, distanciados del día en que cayó un HOMBRE para dar paso a una bestia, podemos reflexionar más tranquilamente sobre esa declaración tan desafortunada del cardenal Maradiaga.
Desde luego, vale acentuar que el arzobispo no habló por sí mismo, sino en nombre de la Conferencia Episcopal, ya por ser su supremo conductor, ya porque prácticamente ninguno de los obispos refutó tales declaraciones.

“No debemos ser más papistas que el papa”, me dijo un amigo en esos días negros de Honduras. Es de esos conformistas y hasta pusilánimes que piensan como don Oscar Arias, presidente de Costa Rica, que todo se puede arreglar por el diálogo y las “sugerencias” provenientes de Washington. Convengamos que dada la situación terriblemente confusa vivida por el país, en aquellas horas del 28 de junio, y la necesidad de emitir cuanto antes una declaración que supuestamente contribuyese para estancar un baño de sangre, el cardenal con sus obispos no tuvo tiempo de consultar a todo el clero hondureño a fin de recoger la opinión de cada uno. Aceptemos así, que el prelado, revestido de una autoridad indiscutible, pudiese interpretar el sentir de toda la iglesia y de la mayoría del pueblo que practica la religión católica.

¿Qué dijo el cardenal con sus obispos un día después del golpe de Estado? Dijo que todo hicieron ellos para convencer al presidente depuesto a no realizar la famosa encuesta para pedir la opinión de los hondureños sobre la colocación de una cuarta urna en las elecciones presidenciales de noviembre, a fin de que se pronunciaran si estaban o no de acuerdo con reformar la Constitución de la República; además dijo que todo hicieron ellos para evitar cualquier desenlace violento, “desenlace que los golpistas han sido los primeros en lamentar”. Se refería desde luego a la captura violenta del mandatario y su posterior expulsión hacia Costa Rica. Ambas partes de la posición del cardenal son claudicantes, entreguistas y sumisas al poder económico de la oligarquía. No por nada este prelado recibió siempre de anteriores gobiernos un subsidio de 100 mil lempiras mensuales.

Posteriormente el cardenal ha emitido otras declaraciones, supuestamente pedía cordura y tolerancia; pero nada ha dicho sobre la represión, el asesinato de varios hondureños por parte del ejército y la policía y mucho menos por el toque de queda, la ley marcial, y la flagrante violación a los derechos humanos y otros derechos plasmados en la Constitución, como la libertad de expresión, de movilización y de reunión. Todos los irrespetos posibles o no, se han producido a partir de la asonada militar, como muy bien lo sabe el cardenal. Basta ver la manera ignominiosa como expulsaron al presidente Zelaya. O la crudeza e impunidad del asesinato de un joven que exigía el retorno del mandatario en una multitudinaria concentración en el Aeropuerto de Toncontín. La iglesia desde luego realizó una misa por los caídos y en el acto litúrgico también estuvieron presentes los verdugos. Ignoramos si alguno de ellos se arrodilló ante el cardenal para confesar el homicidio o los hechos represivos y recibir la penitencia y el perdón por tan infames delitos. En fin, cualquiera de esos gorilas siempre invocará su condición de católico, porque así borrarán su culpa y obtendrán el perdón. Para eso está el prelado y sus obispos.

El cardenal ahora pide moderación frente a los “vencidos”. Que no haya innecesarias represalias. Cese a la represión y que no exista impunidad y que todo vuelva al Estado de Derecho, así debería decir el prelado. En otro de sus ya famosas prédicas dice que “expresa su confianza en los que han asumido la difícil tarea de restaurar el orden institucional y la vida económica del país tan gravemente alterados”. Eso indica que la alteración existente provenía del gobierno de Manuel Zelaya, violentamente derrocado, cuando lo que la iglesia debería de proclamar, porque es la verdad, es que dicha alteración cabe a los más implacables enemigos del pueblo hondureño, de sus obreros y campesinos, de la gente humilde que ya había alcanzado un salario mínimo más justo y tantas esperanzas latiendo en su corazón.

Es infame, atentatoria contra los más elementales derechos de católicos o no, la declaración del cardenal Maradiaga. Su prédica ha seguido los mismos caminos de los seguidores y fanáticos de Mussolinni, de Hitler o de Franco. En el colmo del cinismo ha llegado al extremo de apoyar plenamente “los nobles propósitos expresados por las actuales autoridades de restablecimiento de la normalidad institucional, de paz y unidad entre todos los hondureños”. Son exactamente las mismas palabras, igual al discurso, de la oligarquía y de todos sus testaferros, marionetas y lacayos. Preguntaríamos al cardenal si, él cree en los “nobles propósitos” de un gobierno de facto que sigue reprimiendo y asesinando a los hondureños que protestan todos los días y exigen el retorno de su presidente constitucional; si él cree que esos militares gorilas derrocaron al mandatario Zelaya, sin herir la “tradición de democracia y de humanismo de las fuerzas armadas”, como dice la homilía, tradición que es falsa, como lo demuestra, los constantes hechos represivos y asesinatos de hondureños posterior al golpe de Estado.

Después de invocar a Cristo que recomienda amar a los enemigos, considera el cardenal Maradiaga que “sólo ese ideal encarnado en nuestra Honduras, la hará recuperar su verdadero rostro, y hará renacer entre nosotros el calor del hogar, los lazos de la familia, de la fraternidad que tanto anhelamos”. Triste y lamentable papel de la iglesia católica hondureña. Según tan proféticas palabras en Honduras nunca ha habido miseria, odio y marginación social, todo se ha deslizado sobre ruedas. Habría que anotar para la posteridad la infame explotación en las plantaciones bananeras, la secuela de golpes de Estado, el número de niños que sucumbieron antes de cumplir un año de edad, de las jóvenes que se ha prostituido, de los sin trabajo, de los tuberculosos, de los que nunca han tenido hogar, ni conocieron la fraternidad.

La misión de la iglesia debe ser servir a todos, y muy especialmente a los pobres, a los humildes, a los que sufren. Ponerse al lado de los que sufren hambre, de los que no tienen techo, ni comida, ni vestido. Los poderosos, señor Cardenal, lo tienen todo, sino lo arrebatan. El presidente Zelaya ha sido derrocado por esos poderos intereses económicos de los que usted disfruta y por los que sin duda sería azotado por aquel revolucionario que expulsó a los mercaderes del latrio de la iglesia. Este mandatario intentó reivindicar los derechos de su pueblo, de los más humildes, trabajo por la dignidad, por la soberanía de su pueblo, por el pan y el hogar que no tenían los pobres hondureños, por los más humildes que deberían conmover no sólo su corazón, sino el de todo el Vaticano.

Por POCOTE

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