Helen Umaña
Escritora y catedrática

Cuando regresé a Honduras, en 1982, un hecho que acaparó mi atención fue que, en la casa en donde me hospedaba, la crítica acerba a lo nacional era constante. Aquí, nada valía la pena. Del papel sanitario, a las manifestaciones artísticas. Desde entonces, en las tertulias de amigos, cuestionar la situación general del país ha sido un ejercicio infaltable.

Toda la gama de actividades aflora en ese implacable escudriño. Así, la corrupción de los funcionarios públicos recorre la escala jerárquica: de ex presidentes y presidente de la república, al último conserje de una municipalidad. Los políticos tradicionales y su verborrea inútil y cansina. La inveterada venalidad policial. La angustiante falta de servicios médicos y medicinas. La deplorable educación en los distintos niveles. La situación desastrosa de las escuelas y edificios estatales. La descortesía y prepotencia de los servidores públicos. Los hábitos inadecuados reveladores de carencias profundas de todo orden (tirar basura en las calles, escuchar música estridente sin respetar al vecino…). La delincuencia e inseguridad generalizada. Las viviendas fortificadas como fortalezas medievales. Las exenciones de impuestos a las comidas rápidas. El oportunismo de los comerciantes al elevar injustificadamente los precios de productos básicos. La flagrante depredación de los recursos naturales. La inexistencia de fuentes de trabajo y la obligada inmigración a Estados Unidos. La superficialidad, el amarillismo y la manipulación de los mass media. La inexistencia de ofertas culturales de calidad… Prácticamente, no queda santo parado.

Las críticas se escuchan en los predios universitarios, en los autobuses, en las cafeterías y en cualquier lugar en donde conversen dos o tres personas. Igual imagen obtenemos al leer o escuchar comentarios periodísticos. Sin faltar, puntuales señalamientos en las demoledoras páginas de prestigiados escritores o en los lienzos de pintores no conformistas. Nada escapa al ojo adolorido que observa, con crispación e impotencia, cómo, en predios vecinos, desde un acucioso laborar el presente, se construye un futuro pleno de certidumbres y promesas.

Se podría argüir que tales discursos poseen demasiados componentes subjetivos o ideológicos. Tal vez sea así. Sin embargo, en esencia, apuntan hacia problemas reales y concretos. Los estudios realizados por investigadores e instituciones de solvencia científica comprueban que, a la percepción intuitiva de carácter personal, la respaldan los números y las estadísticas. El ingreso per cápita, el desempleo, el analfabetismo, la morbilidad y mortalidad infantil, la violencia doméstica, la delincuencia y otros rubros sociales alcanzan índices pavorosos. Siempre se concluye: sólo estamos por encima de Haití.

La crisis es, pues, sistémica. La sociedad, con todos los elementos que la conforman y que necesariamente se interrelacionan (por eso es sistema), están raigalmente podridos. Imposible recomponerlos con parches o maquillajes. Con el golpe de Estado, la fractura social llegó al punto del no retorno.

Que todos los poderes gubernamentales hayan coludido para quebrantar la ley reveló la profundidad del cáncer que nos carcome. En una especie de revelación abrupta e inesperada, inmensas capas poblacionales adquirieron la nítida convicción de que sólo unas cuantas familias acaparan el grueso de la riqueza y, además, controlan el poder político. Estamos, pues, frente a una auténtica plutocracia. Se identificó a los testaferros, violadores reincidentes de la Constitución que, de la noche a la mañana, se pusieron la máscara de acérrimos defensores de la ley. Se cayó en la cuenta de la ausencia de ética en políticos que pretenden pulir su imagen basándose en una cadena de mentiras. Se reveló la índole numismática de los falsos profetas y pastores. Se visualizó el parasitismo de un ejército entrenado para la represión y la violencia. La reactivación de los escuadrones de la muerte trajo sombrías resonancias de la década del ochenta. Etcétera, etcétera, etcétera. Al desnudo, el peor rostro de la cúpula de poder.

Pero se necesita tocar fondo para reiniciar el camino de una recomposición de las fuerzas en conflicto. Frente a ese inocultable panorama, no existe una sola persona de honesto pensar que no sienta la urgencia de una transformación radical en el país. No podemos seguir inmóviles hasta la consumación de los siglos. De ahí que, en el momento actual, el clamor sólo tenga un rumbo: volver al estado de derecho y recomenzar la construcción de una nueva Honduras a través de un instrumento inmediato irrenunciable: la elección de una Asamblea Nacional Constituyente.

Ese es el compromiso cívico de quienes no nos resignamos al puesto misérrimo que hoy ocupamos en el concierto mundial. Nadie que ame este pedazo de tierra puede sustraerse u oponerse a tal determinación. Sólo un nuevo cuerpo de leyes —surgido del estudio, la reflexión y el consenso— podrá garantizar que la nación se enrumbe por los senderos del respeto, la gobernabilidad y el equilibrio social.

Sin empecinamientos absurdos, que los sectores más sensatos del poder político-militar-empresarial (que los ha de haber) vean más allá del interés personal (y de clase) y, con honestidad —incluso con humildad—, reconozcan y exijan la necesidad de rectificar y encaminar al país por senderos de coparticipación. Es lo menos que pueden hacer por esta patria tan largamente castigada (fuente de su bonanza económica) cuyo rostro se hace tangible con sólo mirar las barriadas y zonas miserables que, como hongos, proliferan por toda la geografía nacional.

Honduras, esta «patria vacilante e incierta», por su ubicación geográfica privilegiada; por sus feraces recursos naturales; por tanta sangre inocente derramada y, sobre todo, por la grandeza espiritual de la gente pobre y marginada en la que, como producto inesperado del golpe militar, prendió la chispa esperanzada de lograr un mejor nivel de vida, bien merece el esfuerzo y el sacrificio implícitos en todo proceso de recomposición institucional. Impulsado por la determinación colectiva, acendrada en tantos días de luchas y sobresaltos, el porvenir quizá esté al alcance de la mano.

Guatemala, 14 de septiembre de 2009

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