Los hechos hablan

Helen Umaña

Keily es una niña de seis años procedente de la zona rural en cuyo cuerpo vivían miles de lombrices que, al no encontrar alimento, decidieron saciarse con el propio intestino que las albergaba. ¡Qué indescriptibles dolores abdominales debió de sufrir la pequeña! Esquelética y llena de excoriaciones yace en una sala del hospital Mario Catarino Rivas de San Pedro Sula. «Su aparato digestivo estaba tan invadido que al no encontrar espacio, ni alimento, comenzaron a romper las paredes del intestino», dijo un médico.

Otros escalofriantes datos: práctica de una intervención quirúrgica en la pared del estómago para que pudiese defecar; los ácidos que expulsa le han quemado gran parte del área abdominal y le urge una crema especial; necesidad de unas bolsas especiales para que se almacenen la heces; imposibilidad de la familia para poder comprar lo que su estado de salud demanda; peligro constante de reinfección por los huevos que sobreviven en las heces fecales, etc., etc. (Diario Tiempo, 28. 8. 2009). ¿Podrá salvarse Keily de los parásitos cuando retorne a su insalubre vivienda?
Un cuadro patético que los dueños de las grandes fortunas, habitantes de cómodas e higiénicas mansiones citadinas, difícilmente podrán relacionar con su propia condición de bonanza y despilfarro. Un espejo inobjetable y clarísimo de la situación antagónica que conforma la esencia de la realidad social hondureña: por un lado los escandalosamente ricos y, por el otro, los inmensamente pobres. Ejemplo viviente (casi muriendo) de las consecuencias que trajo consigo el modelo neoliberal que se le impuso al país con la globalización de la economía. El capitalismo salvaje, según la certera calificación del Papa Juan Pablo II.

La situación de Honduras en materia de salud es calamitosa. No amerita de otros ejemplos para demostrar sus grandes carencias. Para subsanar algunas de esas deficiencias, en la comunidad garífuna de Iriona, municipio de Ciriboya, en Colón, gracias a una iniciativa del Dr. Luther Castillo, médico garífuna graduado en la Escuela Latinoamericana de Medicina (Cuba), sus habitantes colaboraron en la construcción de un hospital que, para poder funcionar, como en la zona se carece de electricidad, depende de paneles solares. Desde su creación ha brindado 236 mil consultas gratuitas y 152 mil en brigadas que recorren zonas aledañas de difícil acceso. En la zona atlántica, es el único hospital en muchos kilómetros a la redonda.

La primera etapa se inauguró en diciembre de 2007 y el gobierno de Manuel Zelaya Rosales le otorgó, como asignación presupuestaria, los salarios de cuatro médicos, fondos que, en forma solidaria, se repartían entre todo el personal del hospital: «En nuestro hospital rige una filosofía de valores humanos, con un alto nivel científico, que excluye por completo la visión de la medicina como un negocio», dice uno de sus trabajadores.

La semana pasada, médicos hondureños denunciaron la intención del gobierno de facto de cerrar el hospital, suprimir los paneles solares y convertirlo en centro de salud. Desde el 1 de agosto se les cortaron los emolumentos dados por el gobierno de Mel Zelaya. Un completo atentado a la salud de los habitantes de la región, en su mayoría, pertenecientes a la etnia garífuna.

El hospital es un bonito edificio de dos plantas; sus salas están implementadas en forma decorosa y cuentan con los mínimos requerimientos para un funcionamiento que salvaguarde la salud de los pacientes. Además del trabajo voluntario de los habitantes de la región (son elocuentes las fotografías de mujeres y niños garífunas transportando o pegando bloques), contó con el apoyo de trabajadores y miembros del sindicato de electricistas de California. El vice gobernador demócrata de este último estado llegó al país con motivo de su inauguración. En esta oportunidad, rechazó la oferta del alcalde de San Pedro Sula quien deseaba trasladarlo en helicóptero a Ciriboya: «Quiero ver y sentir las mismas carreteras como el pueblo de la región», fue la ejemplar respuesta del funcionario estadounidense.

En anteriores comentarios aludimos a otros hechos desencadenados a raíz del golpe de estado. La agresión contra el hospital de Iriona demuestra que nada escapa a los tentáculos del régimen de facto: ahora, su blanco es una hermosa obra que empezó a funcionar gracias a la gestión popular. Una obra producto del trabajo voluntario y generoso, prueba contundente de que, cuando un pueblo toma las riendas de su propio destino, siempre encuentra la solución a sus problemas.

Ese es el gran ejemplo que nos da la comunidad garífuna de Iriona que demanda, en forma urgente, la solidaridad del pueblo hondureño para que el hospital que fue construido con los esfuerzos de todos sus miembros, no les sea arrebatado para encadenarlo a un sistema estatal que no garantiza la permanencia de los beneficios médicos con que actualmente cuenta, especialmente los que ofrecen los profesionales garífunas, compatriotas graduados en Cuba.

San Pedro Sula, 30 de agosto de 2009

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