Por POCOTE

El usurpador de la presidencia de Honduras, conocido desde el golpe de Estado como “gorilete”, no es querido por los habitantes de este país: ha permanecido por 28 años como diputado de la Asamblea Legislativa y es considerado un político ambicioso, sin ética y sin ningún atisbo de lealtad hacia sus “amigos” y “compañeros”; pero, además, es odiado por los obreros, los empleados medios y los campesinos. Y esta clase de la sociedad no llega a la violencia con facilidad. Sobre todo, los hombres del campo son corteses, suaves y finos. Se les nota, tras su pobreza y hasta su analfabetismo, una inmensa herencia cultural.

Los campesinos mayas son sufridos hasta lo inverosímil. Hay que dar por supuesto, pues, que “gorilete” con su actuación dictatorial, violando el marco conservador y esencialmente partidario, debe haberles colmando la paciencia, lo cual, tratándose de ellos, no es poco decir. Pero, a pesar de la constante movilización, de una organización y alianza ocasional de esta clase, más empleados, profesionales, estudiantes y obreros, los golpistas se mantienen en el gobierno. Es innegable que una “fuerza superior” los protege y los respalda. No solo las derechas reaccionarias, sino el imperialismo.

A Tegucigalpa han llegado desde distintas provincias, desde la costa a la montaña, desde la planicie a la zona escarpada. Se han movilizado desde Marcala, La Esperanza, pasando por Río Lindo y Potrerillo, hasta La Ceiba, Choluteca y Olancho. Los golpistas están cercados, humillados y empujados a la mediocridad de donde siempre han procedido. Se levantan barricadas materiales y de ideas. Y eso, en los dos casos, se llama lucha de clases. Una forma de lucha de clases que no deja lugar a dudas. Pretender, como lo impulsan los gorilas, que es un movimiento financiado y organizado por Hugo Chávez y Ortega, es faltarle al respeto a los campesinos, a los obreros y a los habitantes heroicos de esta Honduras forjada en el crisol de la multiplicidad de etnias.

Los golpistas acuden en el presente a la mentira, a las calumnias, para justificar un acto inconstitucional, el terror mismo nacido desde las Cortes, la Asamblea y la caverna donde pululan los gorilas. En este intento, sí, cuentan con el apoyo de los reaccionarios venezolanos, los seres inundados de odio, los expulsados de su propia tierra, precisamente por apátridas, sinvergüenzas y cómplices del genocidio y la barbarie. Ya estuvieron en El Salvador donde nadaron en la inmundicia, tragaron su propio estiércol y al final huyeron con la cola entre las patas: porque son animales rastreros, gusanos de la peor especie. Son los que ahora “aconsejan” a los golpistas, sabiendo que el golpe militar y su posterior “administración” no alcanza ni siquiera la jerarquía de un acto de inconsciencia. Y un acto de inconsciencia tanto más grave cuando que es ficticio.

El terrible delito cometido contra la democracia ha dado paso a esa lucha de clases, a la movilización organizada, a un escalón más alto de combatividad. Los estudiosos de los procesos revolucionarios y populares saben lo que esto significa. Los golpistas en su ignorancia supina tratan de negarla; pero con ello únicamente consiguen ponerse al lado en el que siempre han vivido: la virulencia del fascismo. Ocultar la realidad es solapar a quienes medran, a la clase dominante. Al negar la fuerte, organizada y combativa movilización, no hacen más que admitir que cometieron un grave asesinato contra la institucionalidad del país, más los físicos contra un líder sindical y un joven manifestante.

Durante largos años fue cómodo en América Latina y en todas las “repúblicas bananeras” cometer golpes de Estado, asonadas militares con el concurso del poder imperial y los siempre sumisos gorilas encerrados en sus particulares jaulas. Hoy, ya creíamos superados esos disparates anclados en la prehistoria; pero como se dice la explotación trae dinero, comodidades, y a un ladrón de autos cuando fungía como capitán (“gallina que come huevos…..”!), ahora se le premia en el cargo de Jefe del Estado Mayor del gorilato hondureño. Se le festeja y al igual que a “gorilete” se le llama “prócer” y gatillero de los oligarcas; pero como dicho está, ya no es tan fácil y cómodo explotar campesinos. Esos mayas tan sufridos, corteses y finos, han perdido una vez más la paciencia y ahora toman la justicia por el lado correcto de sus vidas. Los síntomas los estamos viendo en las calles de Tegucigalpa, en las carreteras, en pequeñas comunidades y en las grandes ciudades. Es un torrente que no se detendrá hasta no alcanzar el puerto soñado.

Si se ven las cosas con amplitud, hay síntomas de que en Honduras, todo el mundo está perdiendo la paciencia. Ya no se puede explotar, enarbolar mentiras, engañar y atropellar impunemente a la gente. Por todos lados hay protestas, y no sólo protestas, sino acciones concretas en contra de los golpistas. Los hondureños han decidido resolver por su cuenta sus propios asuntos. Por eso la decisión justa y correcta del presidente Manuel Zelaya Rosales de ingresar a su país para acompañar un movimiento histórico, ejemplar, que ya no sólo concluirá con el retorno a la constitucionalidad, sino que a cambios sustanciales, drásticos en el mapa político, económico y social de ese país. Por eso decíamos que los golpistas y sus patrocinadores se equivocaron al romper la institucionalidad y subestimar el coraje y la valentía de los hondureños.

Ahora los teóricos de la política, los “analistas” pagados, los mercenarios y lacayos, todos los adictos al gobierno de facto, se quejan amargamente de que los manifestantes están siendo financiados y apoyados por “gobiernos extranjeros”, que usan procedimientos inadecuados para luchar contra los gorilas y golpistas y, en fin, contra la injusticia. Se recurre, dicen, a actos violentos como quema de llantas, interrupción del tráfico en las carreteras y en las fronteras, toma de edificios y consignas encendidas. La propaganda fascista de “gorilete” está en pleno apogeo, lo mismo que abundan los llamados a la calma, al respeto a las leyes del juego. Pero eso teóricos suelen olvidar que las reglas del juego son las que permiten los asesinatos cotidianos de los mismos dirigentes campesinos y jóvenes manifestantes, son las que auspician la explotación inclemente de la mayoría de la población del país.

¿Cuándo se ha visto que en Honduras se haya procesado a un alto empresario por más que se haya probado su constante evasión fiscal o sus continuos casos de contrabando, no sólo de mercaderías, lácteos, armas, sino de drogas? Nunca han comparecido ni siquiera a los tribunales para responder por sus delitos. Cuando se trata de campesinos que protestan por la tala inmisericorde de árboles, o por la destrucción de mantos acuíferos, entonces estos mismos capitalistas los tildan de comunistas y ordenan su captura, su “desaparecimiento” o su asesinato. Por eso en el presente, cuando se ha violentado la Constitución por los mismos que cuando conviene a sus intereses “protestan firmemente”, la lucha de masas está muy bien organizada, con objetivos claros y digamos con una política adecuada, para los acontecimientos por venir.

Los campesinos al igual que los pueblos latinoamericanos están en pie de lucha, desde los altiplanos bolivianos, hasta las cordilleras del Ecuador, pasando por las etnias de Chiapas y Guatemala, hasta las montañas hondureñas. Ahora se vienen las invasiones de tierras, las movilizaciones combativas de todo orden. Y nadie va a impedir eso con declaraciones de que las clases colaboran armoniosamente entre sí, pues de eso se trata, de la reivindicación justa e histórica, del grito unánime en contra de la opresión política y la marginación social. Tampoco en Honduras lo va a impedir ningún aparato de control político, como el esgrimido por los gorilas y oligarcas, que no lograrán tapar con retórica los abusos cometidos a lo largo de los siglos. El golpe de Estado ha permitido el renacimiento de una organización que ya creíamos apagada, una organización que tiene que partir, y así es, de la clase obrera y de los campesinos, para darle a todo el movimiento un centro, una luz, un norte. Para darle programas claros, política definida. Son estas clases, lo sabemos muy bien, porque la historia es la partera de la revolución, la que está llamada a constituirse en columna vertebral del movimiento de masas.

Se trata de una inmensa responsabilidad histórica. Quienes tienen en sus manos hacer algo, iniciar el movimiento de organización más a fondo de la clase obrera y campesina, no pueden legítimamente eludirlo. Porque es el único camino para Honduras, ahora que se ha comprobado hasta la saciedad que la oligarquía no cederá sus privilegios por la vía de la democracia y de las elecciones. Perderse en cosas pequeñas puede costarlo todo. Incluso esas cosas pequeñas, esas conquistas parciales que se trata de defender, como llevar al presidente Manuel Zelaya Rosales, nuevamente al gobierno. El camino está trazado, la oligarquía y el imperialismo, con todo sus agencias de inteligencia y el poder económico de las transnacionales, una vez más se han equivocado.

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