Los caminos y las carreteras hacia la frontera con Nicaragua, sobre todo las que conducen a los pasos de Las Manos, Guasule y El Espino, han sido bloqueadas por el ejército hondureño, en un vano intento por contener a centenares de campesinos, estudiantes y obreros que marchan por todos los medios posibles para recibir al presidente Zelaya, decidido, como no podía ser de otra manera, a ingresar a su país para “defender la democracia, la legalidad y trabajar por la reconciliación y la paz de mi pueblo”, como él mismo lo ha expresado.

La arremetida de las fuerzas represivas ha sido impresionante: dos regimientos completos, equipados con toda clase de elementos, incluso con tanques, han sido movilizados hacia los pasos fronterizos. Este enorme potencial de violencia, contra una pequeña movilización de personas desarmadas, se exhibe con el propósito de imponer terror y, sobre todo, de una clara señal al gobierno y pueblo de Nicaragua, que las fuerzas más oscurantistas y retrógradas de Honduras, están dispuestas a “llegar hasta las últimas consecuencias”, no para garantizar su soberanía y su territorialidad, sino para defender los más cínicos y crueles intereses de la oligarquía.

Es decir frente a la inclaudicable decisión de los hondureños de luchar por el restablecimiento de la institucionalidad y el retorno del presidente que eligieron para gobernarlos, las fuerzas armadas, actuando como el claro aparato de dominación que son, se despliegan con todos sus recursos para imponer una “tregua” favorable a los intereses de la burguesía. Lo hacen a la vista de todo el mundo, no les importan sanciones y un eventual aislamiento, se han “tomado la revancha por sus propias manos” y están decididos a dar un escarmiento a un presidente progresista que se atrevió a desafiarlos, porque trabajar por la promoción de los más humildes, buscar mayor participación y protagonismo del pueblo, es ir contra los privilegios de una derecha recalcitrante anclada en la prehistoria.

La organización y la movilización cada vez mayor de los trabajadores, empleados, campesinos y estudiantes hondureños, es justo y cada vez con mayor calidad. El golpe de Estado contra José Manuel Zelaya Rosales, le vino bien a este país porque ha permitido mostrar a los ojos del mundo la miseria y el abandono en que viven millones de habitantes. Las leyes en esta “república bananera”, como fue conocida por largos años, han sido injustas y hechas a la medida de los explotadores. No han hecho más que sancionar un atropello sostenido por más de un siglo, como ha sucedido con la mayoría de provincias de Centro América. El mandatario expulsado por la fuerza de las bayonetas, intentó cambiar este funesto estado de cosas; creyendo que las asonadas militares eran cosa del pasado; quizás ingenuamente ignoró el poder de la oligarquía y de las derechas reaccionarias de América Latina. Los resultados están a la vista de todos.

Hasta el día de hoy, una mirada superficial podría concluir que lo sucedido en Honduras es una derrota de la incipiente democracia, de los anhelos libertarios de las masas. Nada más falso: es el principio de la derrota de las derechas y de los militares gorilas, del imperialismo y de sus marionetas regionales. Ha quedado claro que los derechos de los hondureños y de los latinoamericanos llegan hasta donde lastiman los intereses burgueses. El despliegue militar en la frontera con Nicaragua, demuestra una vez más, que el ejército es un instrumento al servicio de la oligarquía, pues al amenazar y reprimir a su pueblo no hacen más que agredir el sentimiento más puro de la identidad y el auténtico nacionalismo.

En un contexto más amplio, lo sucedido en Honduras aparece como un episodio más de la contraofensiva reaccionaria que se da a nivel mundial y que tiene su punto de partida en Washington. Ante el avance de las corrientes revolucionarias que se dan en el Continente latinoamericano, el gobierno aparentemente democrático de Estados Unidos, socava y amenaza a través de funcionarios del Departamento de Estado y de sus embajadas, quizás no con lanzar bombas atómicas; pero sí propiciando golpes de Estado e instalando bases militares como ocurre actualmente en Colombia, donde el régimen de Uribe es totalmente sumiso a los dictados del imperialismo.

No es una posición de fuerza, sino de esencial debilidad. No es una ofensiva, sino una respuesta a la ofensiva de la revolución, de las corrientes progresistas, que tiene la iniciativa en muchas partes del mundo, y principalmente en América Latina, considerada desde siempre como “el traspatio” de los Estados Unidos. Pero son los coletazos o patadas de ahogado del monstruo herido. Y eso se refleja con la consolidación de la revolución cubana y los innegables avances de la democracia participativa en Venezuela, Ecuador y Bolivia. Los expedientes de las intervenciones, del establecimiento de las bases militares y los golpes de Estado, no son la solución a las necesidades de los pueblos. Se equivocan de principio a fin. No es esta la corriente de la historia. Son episodios fugaces, pasajeros, lo cual es muy distinto. Porque la corriente de la historia es la disoluciòn de las estructuras caducas. Al final, triunfará Honduras y todos los pueblos de América Latina.

A los reaccionarios y retardatarios de la historia, les advertimos que ninguna lucha es inútil, todas dejan experiencias y constituyen una preparación para la victoria. Llegará el día, y llegará pronto, en que habrán, no unos miles de insurrectos, sino millones de pobladores del mundo, listos y preparados para las grandes y decisivas batallas por la paz, la democracia y la justicia social. ¿De dónde sacarán, entonces, dos regimientos para contener las ansias libertarias de millones de revolucionarios?

Por POCOTE

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