Gustavo Zelaya Herrera

Una de las premisas de la democracia es la noción de tolerancia. En esta cultura posmoderna hay una expresión muy aceptada y divulgada: es la necesidad de tolerar las diferencias. Así, se nos dice que hay que ser tolerantes. Da la impresión que esa idea de tolerancia se ha convertido en una virtud moral. Pero tal popularidad la hace ser muy sospechosa ya que la muestran como algo natural y como un fenómeno social, por tanto, histórico. Ser tolerante, entonces, significa respetar la convivencia de los credos religiosos, de las ideas políticas y de las opiniones contrarias en las relaciones interpersonales. Se trata de tolerar las diferencias y si analizamos tal propuesta esto significa también que debemos suponer que todos los discursos son iguales y que las opiniones son idénticas. Y creer tal cosa nos conduce a liquidar toda intención crítica y cuestionadora de las prácticas y las teorías políticas, ya que todas las opiniones se convierten en verdades.

El respeto de todas las opiniones es una tesis riesgosa y difícil de ser defendida ¿si pienso diferente y me opongo a las ideas dominantes, debo expresar esa diferencia o tengo que ocultarla? Visto de ese modo, tal tolerancia es una amenaza a la existencia de todos. ¿O es que tolerar significa paralizar las diferencias para que exista paz y armonía social, y que pueda persistir el principio de que cualquier cosa es igual? Se podría preguntar también si todas las opiniones deben ser toleradas y respetadas, o si todas las prácticas políticas y el ejercicio histórico del poder debe ser respetado a pesar de más de un siglo de atraso, dependencia y de prácticas abyectas y corruptas. Al parecer, el querer mantener formas amables de urbanidad y un aparente respeto a las canas de los políticos y a las tradiciones políticas, es lo que debemos mantener para jactarnos de vivir en una coexistencia civilizada. Esos buenos modales es lo que nos evita el atrevimiento de la discusión y el debate. Somos tan respetuosos de las opiniones del contrario que nos guardamos de exponer las nuestras. Todo para no incomodar a otros interlocutores y evitar el disgusto de hablar de las tesis opuestas. A la sombra de esa falsa tolerancia es que crecen los discursos totalitarios. Es bueno tener presente que la idea de tolerancia implica un aspecto negativo, significa que no sólo es algo deseable como una especie de virtud sino, en principio, significa también un juicio negativo de lo que se tolera: se trata de soportar lo que calificamos como erróneo en cualquier campo de las ideas, sean políticas, morales o religiosas. Hablando en rigor, se debe tolerar lo que ha sido rechazado, lo que ha sido sometido a un proceso de crítica; entendiendo todo esto no como un mecanismo encubridor que oculta el desprecio hacia el otro, sino como una forma de relacionarnos con los que piensan distinto, conviviendo con nosotros y edificando nuevos vínculos por medio del conocimiento respetuoso de las ideas de los demás y, de ser posible, intercambiando algunas ideas.

Hay algo que debe quedar bien claro: las ideas no existen ni se elaboran para ser respetadas, se forjan para ser discutidas, contrarrestadas y combatidas. Si no se desarrolla tal procedimiento, esas ideas se convierten en dogmas absolutos y el mayor delito contra las ideas políticas es transformarlas en cuestiones privadas y propias de los políticos y los especialistas. Además, nadie es dueño de pensar lo que piensa; nos formamos junto y con otros; quiero decir que no todas las ideas son respetables, sólo las personas son merecedoras de respeto. La tolerancia necesita de un espacio compuesto por ideas intolerables, un espacio en donde se señala qué acciones y propuestas no caben en el campo de la tolerancia: me refiero a la violencia, la tortura, el terrorismo, la corrupción, la miseria provocada por la práctica política a favor de grupos privilegiados. No se puede tolerar la injusticia, el sufrimiento, el egoísmo ni la opresión promovida desde el Estado.

Esta tolerancia en el campo de la política y sus implicaciones, tiene que ser colocada en un plano histórico, social, político y económico, del cual debemos aprender qué podemos soportar y evitar, pero también qué debemos evitar. Por tanto, la tolerancia del mal no puede ser fundamento de la vida en común ni de la ciencia. Esta llamada época del conocimiento y la informática puede convertirse en la época de la ceguera política ya que sus propuestas sólo se dirigen al conocimiento instrumental y no a cuestionar sus fundamentos. Esta información y sus medios tecnológicos deben organizarse a favor del hombre y de la mujer.

De aquí puede derivarse otra pregunta: ¿cómo hacer que esto aparezca en la oferta de los políticos? ¿Cómo van a integrar en sus programas a la tecnología con la difusión del conocimiento científico y político?

Finalmente, parece que la crisis de la política, de su atractivo hacia las nuevas generaciones, el desinterés de los jóvenes hacia los políticos tradicionales y sus partidos, es porque que se ha creído que la política supone que los temas centrales en la gestión pública están ligados a los intereses individuales y privados, a la corrupción y no puede descubrirse cuál es la relación de esa política tradicional con los problemas de todos los miembros de la sociedad. Una política que quiera llamarse civilizada tendría que ubicar a la persona en el centro de su praxis, como finalidad y como medio, y olvidarse del tan repetido y trillado discurso del bienestar general para promover el bienvivir. Esa tradicional concepción de la búsqueda del bien común no ha servido más que para justificar el saqueo desde el estado, la evasión de impuestos y ahora, con las sanciones internacionales a los golpistas, incluyendo la suspensión de visas a empresarios, magistrados, diputados, militares y políticos golpistas, se ha convertido en otro pretexto que enmascara tales sanciones. Es decir, sirve para afirmar que es al país al que se ha sancionado cuando la verdad es que son personas particulares, individuos con nombre y apellido los que cargan con tal baldón. Son ellos los agraviados y no el pueblo. En consecuencia, esa concepción del bienestar general o del bien común deberá revestirse de nuevas formas y de un contenido que considere a qué se le puede llamar sujeto social, quiénes son los que construyen estas categorías sociales y qué elementos nuevos van integrándose en esas concepciones a partir del 28 de junio y con la contribución fundamental del movimiento social más importante que ha surgido en nuestro país desde 1954: el Frente Nacional de Resistencia contra el golpe de estado.

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