Silvia Orellano Mercado, La Tribuna, 18 de septiembre de 2009

Muy pocos en Honduras meses atrás, teníamos siquiera la sospecha que un movimiento social, político y cultural de enorme envergadura, se estaba gestando. Esto último no lo pudo avizorar ni el propio Presidente Zelaya, hombre de tierra adentro, con inacabados estudios superiores, pero de una inteligencia natural, más allá de toda duda. La clase alta y media de este país, han sido por centurias ajenas a las angustias existenciales de las clases pobres y miserables que nos rodean. Considerados únicamente por los primeros, como parte del paisanaje de los cordones de miseria disputándose con los zopilotes los crematorios, que son la obra fortificada de nuestros alcaldes, capitalino y sampedrano. La clase trabajadora, los campesinos y las fuerzas de cambio, atados a una realidad que generaba más que inquietud, desfallecimiento, eclosionaba como fuerza estructurada. No supimos percatarnos, que Honduras la siempre indolente a las luchas de los pueblos centroamericanos, estaba preparada para una acometida libertaria, en la que este pueblo constituido como homo football –de muy acentuado proceder en las zonas urbanas– sería un ser capaz de objetar, repeler y distinguir lo que los mantiene presos en una cárcel construida en la geografía nacional, o los empuja fuera de su patria “a ganarse su pan con añoranza”. Esta es una gesta por buscarse a sí mismo, por oírse, por leerse, y saberse capaz de su propia redención. Los valores en juego son nada más que la búsqueda de sí mismos, el derecho a revelarse tan natural y espontáneo en otros ámbitos culturales, pero aquí por el sometimiento a Dios y a cualquier autoridad pocas veces practicado, como la desobediencia civil, o plasmar su disidencia pintando paredes a falta de medios que recojan del pueblo sus anhelos y angustias. Este movimiento social y político tiene enfrentados a la clase alta y media alta con las clases media, media baja y los pobres que tienen una estadística del 85% del nivel de pobreza extrema. Por primera vez en la historia de Honduras advertimos una conciencia de clase no solo en los maestros y sindicatos, sino en todos los pobres que se agolpan a dar sus opiniones en relación al golpe militar en la emisora RADIO GLOBO O RADIO PROGRESO que son la voces de los que nunca se han expresado en este país.

Conciencia de clase que ha llegado a sindicatos, asociaciones campesinas, maestros, mujeres organizadas, grupos étnicos, intelectuales, artistas, sociedad civil, organizaciones políticas, cooperativas agrícolas, amas de casa, barrios y organizaciones comunales. Estos grupos antes del 28 de junio los conocíamos como grandes negociadores de sus intereses gremiales, sobre todo los maestros y sindicatos. En esta amplia representación está el pueblo hondureño de toda la geografía nacional, con un identificador común: La resistencia: Asumiendo su momento histórico, le asiste la fuerza de una causa social, profundamente humana: La liberación de la ignorancia, del rezago social y económico en que los ha tenido postrados la oligarquía criolla, antes y la oligarquía palestino-hondureña ahora. Esta fuerza –ya incontenible para los disfuerzos de los seudo líderes envueltos en la colcha electorera que pretenden que nos cubra por enésima vez– ha decidido con toda razón y legalidad, impedir un proceso electoral totalmente nulo de derecho, que por ser emanación de funcionarios usurpadores no tendrían ninguna validez jurídica ni política. Y ante todo el pueblo organizado en la resistencia exige la instauración de una Asamblea Nacional Constituyente. El pueblo está escribiendo su nueva Constitución en las paredes y las calles. Ellos y nosotros vemos lo que dice.

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