Por: Andrea Coa
Aporrea

Nada tan libre como la cultura. Y es que todo lo que hace la gente queda teñido con la impronta imborrable de la historia individual de cada persona, que ha sido troquelada con los moldes del inconsciente colectivo, nacido a su vez de una historia común.

Esa es la realidad.

Pero sobre esa vida verdadera ha sido creado un sistema de normas que, como celdillas invisibles pero funcionales, impiden que la comunicación del ingenio y la creatividad humana pueda expandirse más allá de sí misma, influyendo a sus vecinos y hasta a sus antípodas. Es el Gran Hermano Capitalismo, con sus mecanismos de enriquecimiento a favor una minoría absoluta, que funciona con una palabra mágica nacida del inframundo: “CASH”.

Ese mecanismo, “intangible”, pero que golpea todos los días en todas partes a la gente, impidiéndole tener acceso a lo más natural del mundo, que es el quehacer cultural, es la propiedad intelectual. Y dentro de ese tipo de “propiedad”, los Derechos de Autor son esgrimidos como si fueran una cachiporra sobre las cabezas de la humanidad para que no conozca, no se comunique, no entregue, cuando quiera, lo que sabe y lo que crea... A menos que con eso se beneficien las corporaciones transnacionales.

De ese mazo no se salvan ni los mismos artistas famosos. Sabido es que los Beatles sobrevivientes, para tocar sus propias composiciones, tenían que pagarle a Michael Jackson, porque la disquera, que era dueña de los “derechos”, se los vendió al recientemente fallecido cantante y bailarín. Y los casos en que las entidades de gestión colectiva, especie de cancerberos de los oligarcas de la cultura, les cobran a los mismos cantantes, dueños de sus derechos, para devolverles después el dinero, de donde han descontado sus “honorarios”.

Es que, en vez de ser un instrumento para que las creadoras y los creadores gestionen los pagos que se les adeudan, esas instituciones privadas han devenido en parásitos que viven de intermediar entre los creadores de expresiones culturales, las corporaciones y la gente sencilla de la calle, a quienes restringen sus derechos, esgrimiendo para eso las leyes de Derechos de Autor, redactadas a la medida de los explotadores.

Pero los tiempos cambian, y es el momento en que la gente creadora tome de una vez en sus propias manos el cambio de su situación, haciendo valer, no sólo su dignidad y el derecho a reconocimiento, llamados “derechos morales”, sino también crear mecanismos para obtener una justa remuneración por sus obras.

Eso puede lograrse, sobre todo en Venezuela, donde existe la voluntad política de transformar todo el sistema de leyes y el Presidente ha puesto su mirada también en las de “propiedad intelectual”, para que sean transformadas en beneficio de la comunidad, de la Soberanía y, en general, de la vida de todos.

Pero no debemos esperar que el Estado lo haga todo por nosotros. Sería continuar con las mismas políticas de hace siglos, que han demostrado ser ineficientes para la justicia social, aunque muy funcionales para los explotadores. Es necesario que, tomando en cuenta las especificidades del trabajo de cada uno, los creadores nos organicemos, de una manera sencilla pero eficaz, para plantear qué cambios hacen falta y cómo han de realizarse, participando directamente en la realización de la transformación revolucionaria y socialista, que tome en cuenta los intereses del colectivo, sin olvidar que los artistas también son merecedores de remuneración por su trabajo.

El nuevo sistema de derechos culturales debe ser tan armonioso, que los derechos de los autores y las autoras puedan respetarse sin falta, en tanto la comunidad pueda ejercer su derecho legítimo a acceder a las creaciones culturales y científicas.

La organización popular no falla, y las condiciones están dadas.


andrea.coa@gmail.com

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