Por Mario Roberto Morales*

Tal como vociferaron jubilosos los neoliberales guatemaltecos cuando la oligarquía y el ejército hondureños perpetraron el golpe militar que mantiene en estado de sitio a aquel país, “sobre Honduras se habrá de escribir mucho”. Sólo que no del modo en que estos fascistas soñaron; no como el caso paradigmático de la revalidación de los golpes de Estado y el terror militar para derrocar democracias libremente electas por el pueblo, como lo hizo la derecha en Guatemala en 1954.

Sobre Honduras se habrá de escribir mucho pero como ejemplo de que la solidaridad internacional basada en el respeto a la institucionalidad democrática, y la movilización efectiva de las masas populares, constituyen un mecanismo político adecuado para neutralizar las tácticas terroristas del fascismo oligárquico centroamericano.

Porque, cualquiera que sea el desenlace de la crisis actual, ya sea que Micheletti linche a Zelaya o que éste regrese condicionado a la presidencia y a unas elecciones en las que sólo competirán candidatos de ultraderecha, el saldo irreversible del golpe es que, en mes y medio, Honduras pasó de ser un país con una ciudadanía apática y soñolienta, a tener el único movimiento popular organizado y unido de la región, así como uno de los más efectivos del continente.

Y todo, gracias a los golpistas. Sí… a esa manada de gorilas que se niega a aceptar que murió el neoliberalismo, que lo mató la crisis, y que se emperra en gobernar su país como una hacienda de peones sumisos, sin darse cuenta de que los ultraderechistas que inventaron la patraña de las armas de destrucción masiva en Irak y que cogobiernan contra Obama apoyando el golpe, son ya anomalías en un mundo que ha empezado a ser posglobalizado y multipolar. Y en el que no caben dictaduras de Banana Republic. Esto es lo que importa. No el vaquero Zelaya. Quien no es muy diferente del capataz Micheletti.

El Frente Nacional de Resistencia (FNR) ha actuado con extraordinaria inteligencia movilizando a las masas para dispersar a su enemigo, y concentrándolas para desplegar fuerza y contundencia. Sus dirigentes saben que lo que menos importa en esta crisis es Zelaya, y que lo que de veras cuenta es la mantención de la unidad y efectividad de su movimiento a pesar del estado de sitio y la instauración de la dictadura militar-oligárquica que, vista como una declaración de guerra civil, los obliga a adoptar otras formas de lucha para impulsar una Asamblea Nacional Constituyente y un Pacto Social que desoligarquicen y democraticen la economía y la política hondureñas, sumidas en el atraso.

Sobre Honduras se habrá de escribir mucho porque ejemplifica la importancia del aprovechamiento de la coyuntura en los cambios sociales, y los saltos cualitativos que el movimiento popular puede experimentar si sus dirigentes entienden la naturaleza exacta de la coyuntura como posibilidad de trazar una línea estratégica, un rumbo político y un cambio radical para su país. Este es el caso del movimiento popular hondureño, el cual se postula como ejemplo para América Latina y, muy en especial, para Guatemala, cuya oligarquía y sus altoparlantes neoliberales sueñan con el retorno del golpismo y la militarización de la política, para mantener vigente la corrupción mercantilista de la que lucran.

El mundo cambió y las derechas no lo aceptan. Les pasa lo que a los comunistas prosoviéticos. Llegó la hora de desoligarquizar el capitalismo. Y Honduras —de la que en efecto se habrá de escribir mucho— ha dado un gran paso adelante.

*Escritor guatemalteco

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