Felipe Pineda
Rebelión

Oscar Wilde, Rainer Fassbinder, Ludwig Van Beethoven, Goulart, Godard, Van Gogh, George Best, Cioran, Claudia Lopez, Woody Allen, Bernardo Jaramillo, Joey Ramone, JFK, Marthin Luther King, la lista de personas que sufrieron los rigores del ostracismo por atreverse a proponer algo indebido en contextos “indebidos”, algo incorrecto en “correctísimas” sociedades es larga. Atraves de la historia a eso han condenado a todos aquellos que han osado desafiar los parámetros establecidos por los mercaderes de siempre: Al ostracismo.

El término ostracismo tiene su origen en una de las leyes que componían lo que hoy se denominaría contingente de medidas que la Asamblea ateniense promulgó a instancias de Clístenes cuando se acabó con la tiranía de Prisístato y de su hijo Hipias, a finales del s. VI a.C. La ley establecía la pena de destierro para aquellos políticos que fueran encontrados culpables de acumular un exceso de poder.

En la actualidad las cargas se han equiparado a la inversa y a quienes acumulan exceso de poder se les premia con fidelidad e idolatría mientras que el ostracismo ha sido reservado para ese selecto club de personas presuntamente culpables de abrir las centenares de cajas de Pandora que en todo tipo de ámbitos se esconden: la corrupción al interior de un sindicato, un partido o una campaña política, la falta de creatividad y los clichés comerciales que terminan castigando a todos aquellos artistas que no sepan encajar en los formatos “single”, la falta de coherencia política significada en lograr el matrimonio perfecto entre ideología y realidad o simplemente pensar diferente a los parámetros del “establishment” de turno.

En la política de hoy día dicha condena la reciben quienes no creen en las organizaciones o grupos políticos verticales, dogmaticos, sectarios, que restringen al máximo las iniciativas individuales en función del colectivo reduciendo y dándole significado únicamente al conglomerado solo en coyunturas netamente electorales. De lo anterior se desprende que el único fin que persiguen las organizaciones “políticamente correctas” es el de construir y aceitar de manera precisa maquinarias electorales capaces de asegurar el número de votos indicado, los recursos necesarios para comprar camisetas, materiales de construcción, sanduches, ilusiones, dignidades y por encima de todo consciencias.

Dichas prácticas han sido comunes en nuestra idiosincrasia convirtiendo a la política en un mercado cualquiera en el cual cada competidor decide qué tipo de prebendas ofrece a cambio de la débil voluntad de quien ofrece su voto al mejor postor.

Para superar el cada vez más creciente desprecio hacia la política y quienes aspiran o detentan el poder en una especie de contrición histórica la “nueva” política y sus actores traen consigo nuevas modalidades: Retomar ocultamente las ideologías tradicionales de izquierda y derecha bajo nuevos lenguajes eufemísticos decretando “el fin de las ideologías” con la finalidad de eliminar todo intento de la sociedad civil por hacerse de un sistema de opiniones , copiar a la orilla contraria, humanizarse y camuflarse bajo ropajes mas digeribles –El fenómeno de los partidos centro- y el más sofisticado de todos “El lavado de cerebros en estado romántico”.

Este último consigue afianzarse en momentos históricos donde se generan polarizaciones estimuladas desde los ejes de poder –La Colombia de hoy en día- y en donde las ideologías priman por encima de las acciones. De esta manera las emociones y la política como teatros de fanatismo logran mimetizar con éxito reiterados escándalos de nepotismo, corrupción, crimen y acumulación de poder.

Este lavado de cerebros se da en todo tipo de estructuras: Asociaciones de padres, sindicatos, partidos, iglesias y tiene como fin eternizar el verticalismo y los beneficios para quienes presiden dejando los sueños, las esperanzas, las promesas, y las utopías para quienes realizan el trabajo de desgaste –Activistas de bases-.

Ante ese panorama tan desolador ¿Qué alternativas tienen quienes se consideran independientes? ¿Qué ruta deben tomar todos aquellos que no desean hacer parte de los rótulos partidistas con clientelas seleccionadas en beneficio de un círculo selecto de personas que acceden a favores non sanctus?

Las respuestas parecen estar en las mismas iniciativas individuales, en la importancia que cada persona debe darle a su integridad dentro de un colectivo, en la consciencia acerca del voto, en el castigo a quienes ejercen la corrupción, en el empoderamiento de las bases representado en ejercer presión desde abajo para lograr que quien acceda al poder este al servicio de la ciudadanía y no al revés es decir en declararnos como sociedad rotundamente independientes para ser por primera vez mayoría y salir del aislamiento en que nos tienen quienes realmente deberían estar en el ostracismo.

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