Por Al Giordano
The Narco News Bulletin

Durante los últimos 118 días de resistencia al golpe de Estado hemos informando a través de todo Honduras, y a donde quiera que hemos ido escuchamos lo mismo de la gente: Que independientemente de que el Presidente Manuel Zelaya regrese o no al puesto al que fue elegido, que ya sea que las “elecciones” se lleven a cabo o no el 29 de noviembre, que ya sea que el mundo considere o no las elecciones como legítimas, todo eso es secundario para la principal demanda del pueblo: una nueva Constitución y una asamblea constituyente con representantes elegidos de todos los sectores de la sociedad para que la escriban democráticamente.

Esta mañana un pajarito entró por mi ventana —el día en que el “diálogo” para una solución negociada para el golpe de Estado hondureño se rompió y terminó definitivamente— y sugirió la idea de la siguiente estrategia, una que ha sido objeto de debate en importantes esquinas de la resistencia civil hondureña: ¿Por qué esperar el permiso del régimen para celebrar la consulta por el que el mismo golpe fue diseñado para detener?

El golpe tuvo lugar el 28 de junio precisamente para impedir una consulta sin compromiso legal —en el que se preguntaba a los hondureños si querían el derecho para votar a favor o en contra de una nueva Constitución— pero la insistencia del régimen de llevar a cabo unas falsas “elecciones” el 29 de noviembre proporciona inadvertidamente a la gente la oportunidad de hacer lo mismo que el golpe pretendía detener: el colocar urnas afuera de cada casilla electoral “oficial” y hacerle a la gente esa pregunta original.

Ahora que la resistencia civil hondureña y sus diversos movimientos sociales se encuentran mucho mejor organizados que antes en cada pueblo y en cada ciudad, el pajarito preguntó: ¿Por qué no utilizar la fecha del 29 de noviembre de la farsa de las “elecciones” del régimen para llevar a cabo un referéndum de verdad? La sugerencia es colocar una “primera urna” afuera de cada casilla electoral oficial, donde se haga la primera pregunta de nuevo: “¿Está usted a favor de convocar una Asamblea Nacional Constituyente para que escriba una nueva Constitución para la República de Honduras?” “¿Sí o No?”

Ese pajarito también ha escuchado con atención las voces de los de abajo.

Nosotros lo escuchamos —y lo hemos reportado a usted— desde las ciudades del noreste de Trujillo, Tocoa y Sabá y las granjas cercanas de Guadalupe Tepeyac. Lo escuchamos en todos nuestros reportes desde la ciudad costera de La Ceiba y de las comunidades afro hondureñas y garífunas de toda la costa. De igual forma, lo escuchamos en los barrios populares de San Pedro Sula y en los bloqueos carreteros de Comayagua, la misma demanda central salía de la boca de todos: ¡Constituyente! De las colonias en resistencia a lo largo de toda el área metropolitana de Tegucigalpa, ¡Constituyente! Desde las montañas occidentales de Santa Rosa de Copán hasta los campos y puestos de la selva de Olancho, la misma demanda ¡Constituyente! Eso es lo que busca la mayoría del pueblo hondureño y es precisamente por lo que el golpe de Estado —con el apoyo de solo el 17 por ciento de la población, de acuerdo con la encuesta de COIMER & OP— fue ejecutado para tratar de detener.

Fue este anhelo por una nueva Constitución —y el respaldo del Presidente Zelaya al deseo de la gente de votar sobre ella— lo que provocó el golpe de Estado del 28 de junio. Esa fue la fecha en la que estaba previsto que los hondureños votaran un referéndum que no tenía compromiso legal, acerca de que si les gustaría tener el 29 de noviembre una “cuarta urna” para votar a favor o en contra de que una asamblea constituyente rehiciera democráticamente una nueva Constitución y un nuevo país.

Ese día, el golpe no solo expulsó ilegalmente al presidente del país, ni solo clausuró las dos estaciones de televisión y radio con más confianza en el país, también desató una ola de violentos ataques de la policía y el ejército contra las boletas y urnas del referéndum que se instalaban en cada municipalidad del país, esto para evitar que la consulta tuviera lugar. ¿Por qué atacaron las cajas de cartón? Debido a que la oligarquía y la minoría del 17% de los hondureños que están con ellos sabían muy bien que el resultado de esa consulta hubiera demostrado que una abrumadora mayoría de los hondureños quieren votar para hacer una nueva Constitución. Y que la expresión nacional de voluntad popular hubiera creado un impulso imparable hacia ese objetivo.

Y debido a que la Constitución actual —redactada en 1982 por los que estaban en el poder, incluyendo al actual dictador golpista Roberto Micheletti —permite que unos pocos controlen los recursos y las libertades de los muchos, la única cosa que el régimen golpista no puede tolerar es que se vuelva a redactar la Constitución para que ésta sea de el pueblo y para el pueblo. El pequeño grupo en el poder sabe muy bien que la mayoría de la gente ya no quiere que unos pocos decidan por ellos.

Lo que el pajarito propone es un caso ejemplar de la “acción dilema”, en donde la resistencia civil pone al régimen sobre los cuernos del dilema, donde no tiene ninguna opción favorable para responder.

Si los movimientos sociales hondureños programan su propio referéndum para el mismo 29 de noviembre —una votación paralela, con una nueva urna afuera de cada casilla electoral del país para que los votantes puedan depositar su decisión de si quieren convocar o no a una asamblea constituyente para una nueva constitución— el régimen se quedaría solamente con dos opciones no muy favorables para él. Claro, el régimen podría enviar a sus soldados y policías para atacar el proceso pacífico y a los ciudadanos que lo llevan a cabo. Pero eso daría lugar a imágenes noticiosas sorprendentes de una violenta represión el día de las elecciones mismas, y la garantía posterior de que ninguna nación del mundo —y mucho menos la mayoría de los hondureños— sería capaz de reconocer a la elección oficial del 29 de noviembre como legítima.

O, el régimen también puede dejar que la acción pacífica suceda, en cuyo caso la resistencia contaría los votos, anunciaría los resultados de su encuesta nacional la noche de las elecciones —lo que probablemente sería una abrumadora aceptación para que la nueva Constitución y constituyente se lleven a cabo —poniendo entonces a la constituyente de vuelta en la agenda nacional justo en el momento en que la farsa electoral del régimen culminara y se eliminara a sí misma.

Si los últimos 118 días de resistencia y de represión son el prólogo, es muy probable que el régimen imbécil de Micheletti y su Consejo Simiesco opten por una jornada electoral con imágenes y vídeos de policías y militares atacando a algo tan sano y libre como las urnas electorales de todo el territorio hondureño. Eso sin duda le pondría fin a sus argumentos de ser legítimos o civiles, y haría imposible que el mundo o los hondureños acepten las “elecciones” del régimen como legítimas.

El pajarito añadió que no se recomienda llamar al referéndum auténtico “cuarta urna”, como fue referido en junio pasado. Ese título procedía de la forma en que las elecciones hondureñas están estructuradas. La primera urna es para los votos para Presidente (y para el Congreso Centroamericano). La segunda para el Congreso Nacional. La tercera es para elegir funcionarios municipales. El régimen golpista—especialmente desde su decreto de “estado de sitio” del 29 de septiembre en el que suspendía las libertades constitucionales de expresión, prensa, reunión, tránsito y debido proceso— ha hecho que sea demasiado tarde para que unas elecciones libres y justas culminen tan pronto como el 29 de noviembre. Por lo tanto, su primera, segunda, y tercera urna no son legítimas.

Una consulta impulsada por la sociedad civil se convertiría, como dice el pajarito, en la primera urna de facto.

El régimen dice que quiere una campaña electoral entre ahora y el 29 de noviembre. El pajarito dice: “¿Por qué no les damos una?” ¿Por qué no imprimimos carteles que digan “Vota Sí en la Primera Urna”? ¿Por qué no vamos puerta por puerta casa por casa haciendo campaña para ello? ¿Por qué no organizamos eventos de la Campaña “Vota Sí” en cada ciudad y en cada pueblo? ¿Y por qué no organizamos todo eso a nivel local en las 394 municipalidades de Honduras, e incluso al nivel de los distritos electorales?

Cada manifestación, cada cartel o volante, servirá para desafiar al régimen ilegítimo: Hagamos que suceda, o apestemos sus “elecciones” con el hedor de sus propias tendencias violentas y represivas.

La inversión del régimen golpista en su elección del 29 de noviembre como su última oportunidad de legitimidad nacional e internacional, pone a la resistencia nacional en el asiento del conductor en esa fecha. La estrategia de interferencia directa en la falsa “elección” del régimen (digamos, una que ataque las urnas electorales del régimen) sería vista, como dice el pajarito, como el ofrecimiento de señales mixtas y de confusión sobre qué lado es el que apoya auténticamente a la democracia. Pero la estrategia de poner urnas paralelas, cerca de cada casilla electoral del régimen, podría ser capaz de crear el referendo mismo al que los golpistas temían el 28 de junio, o bien podría causar que el régimen concretara la visión de las imágenes fotográficas y de vídeo del día de la elección con tropas militares del régimen atacando y destruyendo las urnas electorales.

Si el régimen ataca las urnas electorales, pierde. Pero si más inteligentemente permite que la consulta se lleve a cabo, también pierde. Esto haría los seis meses previos de gobierno golpista irrelevantes, y un fracaso absoluto. Debido a que el día siguiente mismo, el 30 de noviembre, el centro de la agenda nacional de la demanda para una nueva Constitución permanecería, y se volvería mucho más fuerte —y una asamblea constituyente para escribirla democráticamente.

Así habló el pajarito.

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