Por: Eligio Damas
Aporrea

A Lula, no puede pensársele como un ingenuo. Tampoco es procedente hacer valoraciones contra suya, sabiendo bien que ser presidente de Brasil y al mismo tiempo del Partido de los Trabajadores, significa un compromiso complicado.

No es lo mismo ser presidente de Brasil que de Venezuela. Ni difícil suponer que las fuerzas en aquel país procuran que Lula y su partido no se “desmanden”, son de gran magnitud. Por esto, no es extraño percibir en veces a Lula como esquivo. Para algunos poco tiene de idealista y si “pragmático o realista”. Suele usar el convencional lenguaje de la diplomacia.

En su reciente entrevista con Álvaro Uribe en Sao Paulo, Lula destacó que el intercambio comercial entre Brasil y Colombia, se “ha multiplicado por cuatro” y su país se ha convertido en “el tercer inversionista en Colombia”. De menos de 800 millones de dólares del total de las negociaciones entre ambos países, se llegó “el año pasado a 3 mil millones”.

Por estas razones, Lula afirmó que “No escatimaremos esfuerzos para que siga creciendo esta integración”.

En tanto que Venezuela, por distintos motivos, pero particularmente por lo de las bases gringas a instalarse en Colombia, decretó un cambio en el intercambio comercial y “congelación de las relaciones diplomáticas”.

Lula, ha declarado no sentirse incómodo por esas bases y que confía “en la palabra del presidente Uribe” y “en la palabra del presidente Obama”. Y agregó, “si queda claro que ellas son para cuidar problemas internos de Colombia”.

La palabra de Uribe, parece una moneda devaluada, pese la generosidad de Lula. Para muestra basta un botón. En esa misma reunión de Sao Paulo y ante el presidente brasileño, Uribe, con desenfado afirmó “que sus garantías devienen de los procesos históricos. Colombia jamás ha sido un país ofensivo”.

Lo de Colombia, puede admitirse, pero tratándose de Uribe, es suficiente recordar el bombardeo a Ecuador. Todavía, pese la escabullida de Juan Manuel Santos, el gobierno colombiano sostiene lo de la guerra preventiva, que significa adjudicarse el derecho a invadir un país por considerarse amenazado.

¿Y la de Obama? Pues quienes sostienen la sensatez de la Academia Noruega al otorgarle el premio Nóbel, argumentan que la intención es comprometerle con sus promesas. No por lo hecho. Lo que es un reconocimiento que su palabra no es un documento registrado.

No lo es por lo que sabemos; pues pese sus aparentes buenas intenciones, puestas de relieve por Fidel Castro, cosa poco comprensible, detrás de Obama hay un poder enorme que puede hacerle sucumbir.

¿Qué hay entonces en el gesto de “buena fe” de Lula?

En primer término, las cifras dadas. Y no sentir en su cogote la respiración del cazador. Hay una distancia enorme entre los centros poblados colombianos y brasileños y éstos y las bases militares. Tampoco Brasil y Lula han vivido las experiencias de un Ecuador ametrallado y del asedio a Venezuela por su enorme riqueza petrolera, gobierno atrevido y otros factores sociales no dispuestos a malamente negociar sus riquezas. Ese asedio incluye invasión silenciosa de paramilitares, agentes del gobierno a espiar y respaldo descarado a conspiradores. E infundios de todo tipo para justificar agresiones y acciones preventivas.

En cierto modo, es poco probable, por las fuerzas que dominan la política, economía brasileña y el poder mismo de esa sociedad, incluyendo lo militar, que en lo inmediato, entusiasmen al Departamento de Estado y Uribe, a agredirla.

Por esas cosas, es “razonable” que Lula confíe, desde la perspectiva de la integridad, soberanía e intereses comerciales inmediatos de Brasil, pero como hombre progresista y latinoamericanista, debería cuidarse de dar tantas garantías.

damas.eligio@gmail.com

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