Por Aníbal Delgado Fiallos.

La historia de América Latina ha sido la de la intervención extranjera; una historia dolorosa, cruel.

La intervención se produjo con finalidades muy concretas: subyugar estas patrias para extraer lo mejor de sus riquezas en beneficio del capital extranjero o facilitar sus ventajas geoestratégicas para apoyar los planes de expansión o defensa de la nación hegemónica; la secuela inmediata de la intervención extranjera ha sido la dictadura.

La intervención extranjera que no es otra cosa que un atropello a la independencia nacional, siempre contó con el apoyo entusiasta de los grupos domésticos de poder, muchas veces fue pedida por ellos, suplicada con extremos de vergüenza, como cuando en la década del 80 Honduras fue ofrecida a los Estados Unidos para ser declarada Estado Libre Asociado.

Los pueblos de toda América Latina han venido librando una gran batalla contra la intervención extranjera; algunos ya enarbolan banderas de triunfo y sienten que están en deuda con quienes aún nos mantenemos en niveles embrionarios de lucha; surge así un amplio movimiento de solidaridad por la autodeterminación.

En Honduras sentimos el aliento de aquella solidaridad cuando hemos sido victimados por un golpe de Estado; se expresa en la gran dinamismo que se exhibe en los movimientos sociales, partidos democráticos, universidades, iglesias, grupos de intelectuales y cancillerías, orientado a ofrecernos su apoyo por la restauración del orden constitucional.

Bolívar, Morazán y Martí nos enseñaron que somos una sola patria, en esta forma no debe sernos extraña la presencia fraterna de ningún país latinoamericano acompañándonos en nuestros dolores y en nuestros empeños por una nueva sociedad.

Si intervención extranjera es una categoría política que sirve para designar el accionar de una potencia para obtener por la vía de la violencia, la compulsión o la amenaza ventajas políticas, económicas o militares en un país de menor desarrollo, jamás puede ser equiparada a un acto de solidaridad porque esta excluye la ventaja mercantil y abunda en propósitos nobles en el plano moral o material.

Cuando los pueblos en todo el continente, desde Canadá hasta Chile, se han movilizado para estructurar democracias reales y se enuncia la vigencia de relaciones cordiales para fundamentar la paz y el respeto a la autodeterminación, no podemos menos que considerar la política exterior de tales gobiernos como congruente con nuestros anhelos, aceptarla como buena y entenderla como un nuevo trato surgido de la entraña misma de nuestra historia y del pensamiento de nuestros héroes.

Fuente: Diario "La Prensa", 15 de octubre de 2009

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