Julio Escoto, El Heraldo, 5 de octubre de 2009

Durante la vida académica he disertado varias veces sobre Francisco Morazán y en cada momento que exploré la obra de esa extraordinaria figura de nuestra saga moderna me faltaron palabras para expresar admiración. No es que fuera perfecto, nadie es químicamente puro, pero sí que personifica como ninguno otro a las virtudes ideales del prócer, al pensamiento del estadista visionario y al sentido humanista profundo de quien dedica su vida a servir intensamente a los demás.

A raíz de preguntas que con frecuencia expresaba la audiencia, en particular cuando la cita ocurría en centros de educación, recopilé un cuadro de quince faltas y fallas atribuidas a Morazán por los historiadores reaccionarios, asunto que luego investigué y con el que desarrollé una contrapropuesta donde el patricio emerge limpio de pecado, excepto el de su conocido donjuanismo, defecto que debió gustar al típico macho del istmo pero igual ofender a su esposa Úrsula María Josefa Francisca de la Santísima Trinidad Lastiri.

Se acepta que Morazán cometió errores políticos pero que ninguno aconteció por malicia; que fue siempre justo en el desempeño gubernativo y que aunque era parte de su riesgo usual de vida no merecía la muerte sin juicio que se le dio.

Que rechazaba honores y distinciones, así como privilegios, y que experimentó asco cuando la oligarquía guatemalteca, supuestamente aristocrática, lo aduló y ofreció la dictadura.

En síntesis, el centroamericano con las más altas dotes de honradez, nobleza y honestidad, el político más limpio, el administrador más pulcro, el presidente idóneo. Nació hace 217 años pero sigue viviendo en el alma y espíritu de quienes resisten a los autoritarismos, la dictadura y la maldad.

Fue espada flamígera del cielo ístmico por diez años, no porque ansiara ni deseara imponerse militarmente, como hace el sátrapa a quien el pueblo despreció alguna vez y se venga de ello con ello, sino porque en su afán de conquistar la paz que los estados federales le reclamaban se obligó a practicar la guerra.

Tal fue su civilismo que, hasta donde los biógrafos atestiguan, solo una vez en su cumpleaños de 1839, quizás dos, vistió uniforme.

El resto de su existencia fue un continuo bregar entre pronunciamientos y proclamas, decretos y regulaciones administrativas, leyes y códigos, así como en búsquedas constantes de sistemas idóneos para educación, trabajo y pública salubridad, equidad étnica (particularmente en Guatemala y El Salvador), relaciones internacionales, distancia de las iglesias conspiradoras y con énfasis el imperio de la más drástica moral en el hacer privado y público.

Si existe un componente de sustancia que domina al espectro biográfico de Morazán es el carácter ético de su gestión. Más allá de los manuales doctrinarios liberales, de las tesis de la ilustración masónica y del despotismo ilustrado, de los "fauves" o fieras y del anarquismo, que por entonces se ya daba, nihilista y arbitrario, este hondureño de altos quilates impone cual régimen de operación y como eje perentorio de su accionar el comportamiento moral permanente, es decir sin faltas a la ley ni expoliación de seres humanos. Con excepción de José del Valle ningún otro prócer decimonónico, cual Morazán, exhibe un rango tan alto de pureza ideológica y claridad mesiánica, que sin duda cumplió. Podrán contabilizarse de él diez fallas, veinte fallas, treinta fallas de actuación pero ninguna en estilo de sinvergüenza ni corrupto.

El ideal morazanista, que es filosóficamente próximo a la sensibilidad posmoderna, sigue vivo y activo hoy en las sociedades y se representa en las luchas y combates por la democracia y la civilidad, en las faenas diarias contra dictadura y violencias, en el espíritu rebelde, moral e infatigable de quienes aspiran a construir joven patria. La futura asamblea constituyente, que ya nadie detiene, deberá ser bautizada en su nombre.

Feliz cumpleaños, Chico, te saludamos calle a calle en cada instancia de la rebelión.

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