Esteban Hernández
El Confidencial

La manipulación de las mentes a través de la cultura

“La cultura siempre ha sido un campo de batalla”. Según el periodista José Javier Esparza, “es bien conocido que todo enfrentamiento ideológico se gana en los corazones y en el espíritu de la gente” y es por eso normal que las distintas visiones del mundo traten de encontrar a sus adeptos a través de las creaciones populares. Pero el que no haya una cultura neutra no puede legitimar, afirma Esparza, actitudes perniciosas de cineastas como Alejandro Amenábar , quien “desprecia, manipula y retuerce los hechos para obtener un rédito político inmediato”.

El estreno de Ágora ha vuelto a soliviantar a sectores de la sociedad española que no entienden que se utilicen las narraciones cinematográficas para criticar sus creencias al tiempo que ha servido para relanzar el debate que debe jugar la cultura en la sociedad; máxime cuando se está debatiendo en este instante un nuevo modelo de subvenciones para el cine. Algunas voces, como la de Esparza, coautor de Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental (Ed. Ciudadela), creen que existe un interés partidista en mantener un papel preponderante del Estado en la financiación de la cultura: “Desde Felipe González , los socialistas confiaron la mayor parte de la gestión cultural de este país directamente a sus amigos. El caso más notorio es el de la SGAE pero ocurre en muchos más sectores”.

Sin embargo, como afirma el diputado del PP José María Lasalle, el asunto del aprovechamiento político de la cultura trasciende con mucho la sociedad española contemporánea. “Somos deudores del modelo que Gramsci introduce en los años 20 y 30, según el cual, como ya es inviable que las sociedades burguesas giren hacia el marxismo político, hay que intentar cambiarlas desde la cultura. Esta idea se propaga desde Francia, asumiéndose que la cultura tiene que ser necesariamente de izquierdas, una creencia que han hecho circular con suma inteligencia”. También, advierte Lasalle, han existido modelos que han intentado replicar esta postura, desde el otro lado del espectro ideológico, con sus mismas armas. Algo que el diputado no comparte: “cualquier persona medianamente informada es consciente de que la cultura no ha sido ni es de derechas o de izquierdas. Analizarla en estos términos es una forma de hemiplejia social”. Más al contrario, lo que la sociedad debe promover a través de los poderes públicos “es un modelo de eficiencia que permita al artista trabajar como él quiera, desterrando así la idea de que este terreno es un campo de enfrentamiento entre unos y otros”.

Y esa es la dirección, afirma Lasalle, hacia la que están girando nuestras sociedades. Desde luego, porque “los intelectuales de izquierda han dejado de ocupar ese lugar de referencia que albergaron durante el siglo XX”; también porque “ya no queda nadie en la izquierda que reivindique el discurso de Marx de revolución y cambio social”. Pero, sobre todo, porque estamos ante una nueva dimensión del intelectual, “cuyo componente crítico respeto de las sociedades de masas trasciende las categorías tradicionales. Los intelectuales hoy predominantes, como Lipovetsky o Sloterdijk, o Savater en España, no son ni de derechas ni de izquierdas. Más bien practican la antipolítica, quizá porque los partidos nos hemos ganado las críticas a pulso”.

Sin embargo, hay quienes afirman que este cambio de los tiempos también trae consigo un deterioro palpable en la tarea del intelectual, quien no sería ya otra cosa que un empresario de sí mismo que se preocupa, sobre todo, por adecuarse al mercado. Según esta visión, lo que importa de una novela o de una película no es que posea calidad formal o que sea socialmente útil, sino que produzca beneficios. Y eso sería un grave problema para la cultura. Y para la política, afirma el ensayista y filósofo Santiago Alba Rico, quien fuera guionista de La bola de cristal, “Ha habido pocos periodos de la historia caracterizados por una pureza ideológica más extrema que la actual; y ninguno seguramente -ni siquiera la Roma de Augusto- en el que la pureza ideológica haya adoptado la forma precisamente de superación de toda ideología. Es curioso, pero si uno juzga por los productos culturales occidentales -por no hablar de los informativos y la publicidad- se podría creer que vivimos bajo el socialismo imaginario de la URRS: una sociedad sin conflictos o con conflictos sólo pequeños y privados o amenazada únicamente desde el exterior. Con algunas excepciones, todo funciona como propaganda imperial”.

En ese sentido, lo que esta tendencia ha producido es la exclusión del suelo público de todo lo que tenga que ver con posturas de izquierda. Así, además de relegar al olvido las formas de pensamiento que le resultan incómodas, lo que la economía de mercado estaría haciendo es “expulsar formas de vivir, desde especies animales hasta proyectos colectivos. Es decir, el capitalismo expulsa el medio ecológico mismo en el que un pensamiento -y no un impulso- puede introducir algún efecto”.

La economía de mercado

Para Lasalle, sin embargo, los problemas son otros, y se derivan de las dificultades de los intelectuales de izquierda para asumir la economía de mercado. Siendo cierto que “la dependencia del poder, ya sea del político o del económico, puede producir problemas”, también lo es que muchos intelectuales han optado por “envolverse en un manto de beatitud cuando oyen hablar del mercado”. Lo que no es más que la expresión actual de las contradicciones en las que viven los intelectuales de izquierdas, “que siempre han vivido atrapados entre el discurso ético que querían reivindicar y las prácticas a las que se prestaban. Ese conflicto ético es evidente y se ha visto durante la guerra fría, con Sartre criticando a las sociedades burguesas occidentales y lanzando improperios contra la Francia de la Cuarta República y callando al mismo tiempo las brutalidades totalitarias de la URSS de Stalin ”.

Para Lasalle, si bien vivimos en sociedades construidas sobre el conflicto, éste no es el de la lucha de clases. Hay diferentes posiciones sobre el mundo, diferentes visiones sobre qué valores son mejores para nuestras vidas privadas y para la vida pública, pero éstas ya tienen acogida en los medios de comunicación, donde se alimenta el debate político a través del pluralismo. No es momento, pues, de que la cultura tome posturas que no le son propias y abogue por una politización irreal. Sin embargo, es esta misma pretensión de asepsia la que rechaza Santiago Alba. “¿Que la cultura sea neutra? ¿A favor de quién? Hoy sólo podemos ser neutrales a favor del capitalismo, un sistema que se apoya en una de las concepciones del mundo más radicales que pueda imaginarse: el desprecio del otro, la ilusión de inmortalidad, la negación del conflicto, la ausencia de mundo, la suspensión de los límites. Todos los productos culturales que no sirvan para descomponer culturalmente eso no sólo lo reproducen sino que se desmienten a sí mismos como productos culturales para convertirse en puros vehículos publicitarios. Que es en lo que se convierte, bajo el capitalismo, incluso el Museo del Prado”.

Para José Javier Esparza, “la cultura siempre transmite valores: hay obras maestras del cine del siglo XX, como El triunfo de la voluntad , de Leni Riefenstahl o El acorazado Potemkin de Eisenstein, que son puro cine político. Nunca ha existido la cultura neutra. Lo que pasa en España es que un bando que tiene muy claro que es así y otro que se niega a dar la batalla en ese terreno”.

Fuente: http://www.elconfidencial.com/sociedad/manipulacion-mentes-traves-cultura-20091012.html

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