Roberto Zapata Varela

Ya empecé de nuevo. Parece que no tengo remedio; si es que hay algún remedio para los inconformes, por si la inconformidad es un mal, un deterioro físico o mental o el hábito de los impenitentes. Si es enfermedad ha de ser incurable, por que llevo ya toda una vida arrastrándola; impenitente no soy, pues llevo rechazando la idea del pecado desde que tengo uso de razón; que no acepto como indicativos de vicios las acciones humanas por afirmar la vida o perseguir un sueño; más bien, me suenan simonía la confesión y todos los lavatorios religiosos y mundanos. Dios ha firma un pacto con los hombres y mujeres de bien, porqué he de preocuparme. Yo no he subido al púlpito para usurpar su nombre, no he cantado alabanzas a los pies de los tiranos, ni he bendecido las armas de los asesinos. Hasta hoy, no he avalado los golpes de estado, ni me he coludido con los jueces corruptos.

De niño, tuve que soportar las carencias naturales de un hondureño común y corriente; y algunas veces, más allá de lo que es general entre nosotros; pero mi padre, que me entrenaba para la vida, enseñaba que las carencias activan la inventiva y que todos los ejercicios por arrimar la vida, fortifican la condición humana; que la maldad se coge en el camino, de niño; y que una vez absorbida no habrá agua bendita, ni bulas ni chilillos que limpien o corrijan la conducta. Todos los hombres y mujeres que sueñan son de naturaleza buena, como los poetas, por eso sufren el doble y se sorprenden como niños.

Él me enseñó con el ejemplo que hay un tiempo para exigir con bravura y otro en que la frase suave y melodiosa resulta eficaz y rotunda para abrir los candados; aunque hay veces, me decía, en que te ves obligado a soportar la afrenta sin más defensa que el silencio; un hombre y una mujer inteligentes sabrán que respuesta media en un momento dado, que no siempre se gana, pero se premia al persistente.

Por inconforme ando en la resistencia. De niño me hacía arco, flecha y buscaba un Congolón para emular la hazaña de Lempira; de adolescente lloré de impotencia por no poder cumplir con el legado de Morazán y de joven, hice cuanto pude por encontrar una sola de las alamedas de Salvador Allende. América es mi ara, por ella he soñado mis sueños mejores y el ejercicio me permitió aprender a leer el discurso de la cuarta urna; nunca estuve tan cerca de la utopía; por eso me enardece que quieran quitarme ese derecho. Mi madre me diría que soy hombre que persigue sólo causas perdidas, que estoy loco; pero mi padre que acunaba mis sueños, me daría su aliento; porque no hay nada mejor, me habría dicho, que luchar por un sueño.

Fuente: http://voselsoberano.com/v1/index.php?option=com_content&view=article&id=1126:monologo-para-acunar-la-utopia&catid=2:opinion

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