Arturo Cano, Enviado, La Jornada, 4 de octubre de 2009

Tegucigalpa, 3 de octubre. En el aniversario del natalicio del héroe centroamericano Francisco Morazán, Día del Soldado, los militares hondureños no celebran como siempre, con fastuosos desfiles en las calles, exhibiendo sus equipos y armamento, sino en "ceremonias privadas" en los cuarteles. Ahora su presencia en las calles tiene otro sello. En un número que oscila entre los 400 y los 600 en los alrededores de la embajada de Brasil, por ejemplo, donde controlan quién entra y quién sale e incluso qué tienen permitido recibir los huéspedes de la representación diplomática.

Por ejemplo, los militares tienen prohibido que Manuel Zelaya y sus acompañantes reciban alimentos enlatados y cualquier tipo de bebida energizante. Los alimentos tienen que ser preparados y listos para consumirse en ese momento o las siguientes horas. Aun cuando, por esa razón, se suponga que los alimentos deben ser frescos, la mitad de los ocupantes de la embajada se intoxicaron ayer con un guisado de pollo.

Mientras la tropa se deja grabar y fotografiar por la prensa internacional, sus mandos, los generales aparecen continuamente en los medios dando entrevistas o pronunciando discursos.

"Las cosas que han sucedido en este país, que nos han metido en una crisis, tiene un propósito, el propósito de que Honduras se rencuentre, el propósito de que tenga la oportunidad de generar los cambios que son necesarios para salir adelante y, es más, creo que también tiene un propósito divino. Cuando casi toda la familia hondureña se ha divorciado o, mejor dicho, se ha separado por situaciones políticas, hay una institución que ha permanecido fuertemente unida, que son las fuerzas armadas de Honduras", dice el jefe del estado mayor conjunto, general Romeo Vásquez, en la ceremonia.

El general, que busca así salir al paso de las versiones que sugieren una división del ejército en torno a la salida negociada, hace publicar suplementos especiales de la conmemoración y acude a una misa oficiada por el obispo auxiliar Juan José Pineda, mediador de la iglesia católica entre Zelaya y Micheletti.

En numerosos blogs de la resistencia circulan profusamente un par de recortes del periódico El Heraldo, en su edición del 2 de febrero de 1993: "A prisión, 11 miembros de Banda de los Trece". El recuadro informa que el teniente coronel Wilfredo Leva Cabrera y el entonces mayor Romeo Vásquez Velásquez irán a la Penitenciaría Central por apadrinar a la banda dedicada al tráfico internacional de autos robados. Son todos los datos que hay sobre el episodio.

Hoy la historia es otra. En los últimos días, Vásquez se ha parado casualmente en los hoteles donde se hospedan los periodistas extranjeros para ofrecer declaraciones. Invariablemente manifiesta que las fuerzas armadas respaldan el diálogo, pero que los términos del acuerdo son asunto de los civiles.

El suplemento de 12 páginas está lleno de felicitaciones a los soldados, firmadas por Micheletti y todos los comandantes. Incluye también un artículo que presume la "capacitación" que en materia de derechos humanos reciben los miembros del ejército "en todos los niveles de mando", con los auspicios del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y un montón de organismos nacionales. Pero no dice, claro, que la "capacitación" ha resultado tan deficiente que hace poco expertos de Naciones Unidas declararon que "es inquietante que elementos policiales y militares estén recurriendo al uso excesivo de la fuerza mediante golpes y disparos para disolver manifestaciones callejeras".

El suplemento también contiene un acróstico dedicado a las virtudes de los soldados, en cuya última línea se lee: "Obediente, apolítico y no deliberante".

Son las características de los soldados hondureños que, según el comandante general del ejército, Miguel Angel García Padgett, capturaron al presidente Zelaya y lo sacaron del país para detener "un socialismo, un comunismo, un chavismo disfrazado de democracia".

Se cuenta aquí que el general Vásquez tiene en su escritorio lleno de papeles un ejemplar de Los deliberantes. El poder militar en Honduras, libro de Matías Funes, ex diputado del Parlamento Centroamericano que recuerda en esas páginas que los militares hondureños de 1963, furibundos anticomunistas, cerraron la proclama del golpe de Estado más sangriento que han dado en la historia de este país, con un verso que dice: "Alta es la noche y Morazán vigila".

El turno de usar el verso es del Partido Liberal, que hace publicar una plana entera con la imagen de Francisco Morazán y la misma frase que, como se sabe, es de un poema del comunista Pablo Neruda.

El homenaje a Morazán ocurre simultáneamente en El Salvador, país vecino del que el héroe fue presidente. Su epitafio allí dice: "Lego mis restos al pueblo salvadoreño en prueba de mi predilección y reconocimiento por su valor y sacrificio en defensa de la libertad y de la unión nacional".

Morazán murió fusilado en Costa Rica. De Honduras había sido desterrado.

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