Salvador López Arnal
Rebelión

No, no es un broma. Han oído bien.

No, no es el día de los Santos Inocentes (o afín) en los países nórdicos. Están bien informados.

Barack Obama, el presidente de Estados Unidos, el presidente más mercadotécnico de la Historia, es el Premio Nobel de la Paz de 2009.

No, no han oído mal. No ha sido el pueblo palestino de Gaza el premiado y ustedes, por distorsión, han entendido Obama por Gaza. No ha sido eso.

Una mirada al pasado: hace 36 años, en compañía del admirado y paciente negociador vietnamita Le Duc Tho, fue premiado Henry Alfred Kissinger, uno de los políticos con mayor currículum criminal del siglo XX, con el mismo Nobel. Su mérito: negociar en París con el diplomático vietnamita la salida USA de Vietnam mientras las fuerzas aéreas del Imperio aplanaban ese heroico país y exterminaban a miles y miles de ciudadanos. Cuentan que el corrupto Richard Nixon le sugirió una vez al doctor Kissinger que pensara en serio, que pensara a lo grande, sobre el uso de la bomba atómica en el Sudeste Asiático.

Kissinger no es Obama. De acuerdo. Barack Obama no representa en 2009 la línea de política atómica desbrindada que representó Kissinger hace 40 años. Pero, aún sin haber leído las razones del jurado, no se conocen sus méritos pacifistas. La Administración del señor Obama ha heredado dos guerras manifiestas en Iraq y Afganistán de la anterior administración Bush II. No se sabe que haya dado hasta la fecha ningún paso decisivo para salir de esas dos guerras coloniales. Se sabe, eso si, que esa Administración ha negociado un pacto con el gobierno criminal del señor Uribe para situar nuevas bases en Colombia y que las amenazas a Irán bélicas, directas o indirectas, siguen en el puesto de mando. Sin duda, su alianza estratégica con el Estado racista y criminal de Israel sigue tan viva como con la anterior Administración. Tampoco se sabe que su administración haya dibujado ningún paso decisivo contra el golpe de Estado de Honduras.

¿Ha caído entonces el jurado del Premio en las heladas aguas del papanatismo o del servilismo al Imperio? ¿O han querido compensar el fiasco de Obama con la candidatura de Chicago para situar su nombre de nuevo arriba en las encuestas?

Cabe, eso sí, otra interpretación. Los miembros del jurado han oído con atención el discurso del presidente Chávez en el ONU y han aceptado la razonable conjetura del dirigente bolivariano sobre los dos Obamas. Uno, traza bellos discursos sobre la dignidad y la paz de los pueblos; otro, practica viejas y desgastadas políticas de sabor imperial. El Jurado ha pensado ayudar al primero contra el segundo y han premiado no al Obama real sino al Obama imaginario y deseado que habla de democracia, de justicia y de nuevas relaciones internacionales bañadas por la luz de la armonía y las aguas del derecho internacional.

Ese Obama inexistente ha sido premiado para que el otro Obama, el real hasta ahora, tome nota y siga el ejemplo. El presidente Chávez, una vez más, él sí dos o más en uno, ha dado en la diana. De la paz, por supuesto.

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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