Este problema no puede abordarse con métodos distintos a los ya experimentados en la prehistoria europea. Allí como aquí, este estudio debe basarse sobre los datos geológicos y paleontológicos. Sin embargo, la asociación de un instrumento o de un resto humano a una fauna determinada de América no puede permitirnos atribuirle la antigüedad que un descubrimiento de igual naturaleza le aseguraría en Europa. En efecto, no está establecida la existencia de un paralelismo estrecho entre la sucesión y la desaparición de los animales fósiles en ambos lados del Atlántico: hasta parece más bien que el proceso es enteramente otro. “La Fauna de los Grandes Animales”, escribe Marcellin Boule (investigue quién es este personaje, para que tenga noción) “es muy distinta en los dos continentes, excepto en aquellas regiones donde vivían especies circumpolares, tales como el mamut.

Parece ser también que ciertas especies han sobrevivido en América mucho más tiempo que en Europa. Por ejemplo, el mastodonte, que en nuestros países pertenece netamente a la era terciaria, y el mamut, característico de la edad cuaternaria, parecen haber existido en el Nuevo Mundo hasta la aurora de los nuevos tiempos.

En el Ecuador, cerca de Alangasi, un esqueleto de mastodonte reposaba en medio de un hogar, cuyo carácter internacional era evidente. Alrededor de este esqueleto se recogieron, a más de cuatro puntas de flechas en obsidiana, los hallazgos hechos en la “Cueva Eberhardt” por Ramon Lista, Moreno R. Hauthal, Otto y Erland Nordenskiöld muestran en forma muy evidente que grandes animales pleistocénicos han vivido en Patagonia hasta épocas recientes. Se trata de la especie de un perezoso gigantesco, el Glossotherium o Neomylon, cuya piel estaba llena de pequeños huesecillos. Los restos de ese animal han sido descubiertos en un estado de conservación extraordinario: fragmentos de piel que por ebullición dieron gelatina, huesos con restos adheridos de tendones y músculos, excrementos aún frescos, con fragmentos de pequeñas gramíneas y heno masticado. Todo esto nos lleva a clasificar la antigüedad en:

A. La Antigüedad del Hombre en Norteamérica.

En América del Norte se han señalado numerosos vestigios del hombre prehistórico tanto en forma de osamentas, como en forma de utensilios.

Los hallazgos de utensilios nos conducen pues a idénticas conclusiones que los hallazgos de huesos. Reteniendo únicamente los hechos que nos parecen sólidamente establecidos, y rechazando todos aquellos que, por su inverosimilitud o por imprecisión, no pueden ser sino errores de observación, o de interpretación, existen actualmente buenas razones para pensar que el hombre apareció en América del Norte lo más pronto hacia el final del Cuaternario (hace 10 mil años), es decir, después del retroceso glaciar.

Esta es la conclusión muy prudente y objetiva que adoptó Marcellin Boule en 1.923. No parece que los hallazgos realizados desde entonces permitan modificarla. Romer, al estudiar la desaparecida fauna fósil norteamericana: desdentados, camellos, caballo, bisontes extintos, en sus relaciones con la antigüedad del hombre, concluye que la asociación de una industria con esta fauna no prueba que el hombre haya aparecido en América hace más de diez o veinte milenios, N. C. Nelson llega al mismo resultado, John C. Merriam retrotrae algo esta fecha de aparición, pero con todo no la remonta más allá del final del pleistoceno.


B. La Antigüedad del Hombre en Sudamérica.

Los hallazgos de instrumentos con tipología paleolítica han sido señalados frecuentemente en América del Sur. A lo largo de las costas del Pacífico y del Atlántico se hallan en este continente depósitos de conchas y desperdicios de cocina, que fueron acumulándose alrededor de los lugares habitados por el hombre primitivo. En Brasil se les conoce con el nombre de sambaquis. Max Uhle, en un yacimiento cerca del puerto de Talta (Chile), no encontró restos de cerámica sino en la capa superficial. Halló hachas y puñales de tipo chellense en la tercera capa a partir de la superficie, unos discos y raspadores de factura paleolítica en las tres capas inferiores; y asociados a estos utensilios, en las tres capas superiores, unas puntas de flecha de factura neolítica. Max Uhle concluye con razón que este depósito conchero pertenece a la época neolítica.

La muy reciente obra de J. Emperaire y A. Laming sobre los Sambaquis del sur de Brasil confirma y precisa esta conclusión. En efecto, estos autores emiten la hipótesis de que la civilización de estos depósitos de conchas podría remontarse a milenios y coincidir con los principios del Neolítico del viejo mundo. Dicha civilización habría tenido dos fases: una anterior y otra posterior al óptimo climático post-glaciar, que debe situarse hacia el sexto milenio antes de la época actual.

A unos 5 kilómetros al Noroeste de la ciudad de Miramar, situada a 450 kilómetros al Sur de Buenos Aires, en la costa del Atlántico, en un acantilado, una capa reciente al Chapadmalense, ha suministrado la siguiente serie de utensilios: un instrumento amigdaloide en cuarcita tallada por sus dos caras, un yunque de piedra, una veintena de percutores y raspadores, unas puntas de sílex y de cuarcita, una bola piriforme de diorita bien pulida, un cuchillo de sílex, una piedra con varias concavidades, varias “bolas” esféricas, una de las cuales presenta una ranura muy bien pulimentada, manos de mortero y pilones, unos huesos cortados en bisel que pudieron haber servido de puñales o de punzones, un fémur de Toxodon, cuyo gran trocánter tenía clavada una punta tallada de cuarcita, más dos puntas de igual naturaleza hundidas entre las vértebras del mismo animal.

Todos estos objetos son absolutamente parecidos a otros de igual tipo que se encuentran por doquier en la superficie y en las capas superiores de la Pampa y de la Patagonia. El hombre Americano, que, desde la época terciaria, hubiera sabido no sólo tallar la piedra, sino también pulimentarla, descubrimiento éste que el hombre del Viejo Mundo no realizó sino en tiempos avanzados, habría vivido posteriormente, desde el Mioceno hasta la conquista española, sin modificar en nada sus costumbres, ni perfeccionar sus técnicas.

Ciencias Sociales 2. Pág. 124-126. Editorial LISE. Honduras

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