Por: Marianela Acuña Ortigoza
Aporrea

Cuando se anunció al mundo la aceptación de un acuerdo entre los representantes del presidente depuesto de Honduras Manuel Zelaya, y los del gobierno de facto del Sr. Micheletti, se intuía ya el debilitamiento de lo que constituía una enorme conquista del poder popular en ese país centroamericano.

Del ALBA al Departamento de Estado

Desde la expulsión a la fuerza de Honduras de su presidente constitucional, se activaron los mecanismos de la nueva integración latinoamericana para hacer efectiva la calificación del golpe militar, lograr la restitución del gobierno constitucional y sentar precedente continental del cambio de época “no más golpes militares con injerencia norteamericana en Latinoamérica”. Los países del ALBA impulsaron la convocatoria a un esfuerzo unitario que condujo a que la comunidad internacional rechazara al gobierno de facto. La institucionalidad representada en la OEA aun con las reservas de la mano oculta detrás del golpe, los Estados Unidos, suscribieron la condena mundial a la usurpación. Todos los esfuerzos y sus logros fueron rápidamente cediendo espacio a la política exterior norteamericana, la misma que simultáneamente condenaba el golpe y organizaba el acuerdo que permitiera detener el proceso de reforma constitucional, objetivo de fondo del golpe. A los pocos días del éxito del ALBA que asomaba una inmediata acción internacional a favor del Presidente Zelaya, la política exterior norteamericana representada en Hillary Clinton, jugó sus mejores cartas, convenció al presidente Zelaya y a su canciller de un sincero apoyo, y estructuro la estrategia desarticuladora de la integración regional. Al ALBA le sobrevino el Departamento de Estado, el premio Nóbel costarricense Oscar Arias y la entrega de la embajada de Honduras en Washington para gestionar desde allí la restitución presidencial. Todo el juego en terreno enemigo.

Varios meses de discusión diplomática con un balance de legitimación al gobierno de facto a quien nunca se debió reconocer como interlocutor, enfriaron la escena de condena internacional. Infructuosos esfuerzos por restituir al presidente constitucional que terminaron en el refugio de la embajada de Brasil y que se someten a acuerdo con los golpistas. Errores a los que induce una experimentada política de sujeción imperial.

El acuerdo de la desmemoria

Para ponerle fin al conflicto hondureño, aparece otro emisario norteamericano, Thomas Shannon, recogiendo la propuesta Arias y con órdenes de asegurar el proceso electoral de noviembre, logra suavizar posiciones y fundamentar el acuerdo en tres ámbitos: la restitución presidencial, la amnistía y la conciliación nacional.

La primera se convertirá en acto formal que mostrará al mundo la benevolencia de los golpistas y el impecable funcionamiento de las instituciones democráticas. Los mismos poderes públicos, judicial y legislativo, que validaron la usurpación y la violación del orden constitucional deberán restituir en la presidencia a Zelaya. Se convendrá una amnistía, ella permitirá dejar sin castigo los desafueros de los golpistas, sus muertos, maltratados y vejados, y le perdonará a Zelaya su inconveniente rebeldía, las alianzas no deseadas con gobiernos como Venezuela, Cuba, Nicaragua o Bolivia, y borrara del escenario político la reforma constitucional garante de la transformación social. En un ejercicio de forzado olvido será posible entonces un gobierno de reconciliación nacional, y en el, se impondrá la ausencia del poder popular que estremeció la Honduras de hoy y reivindicó a un pueblo maltratado, explotado y esperanzado en su capacidad de transformación.

¿Nuevo fraude?

La heroica lucha del pueblo hondureño está amenazada por la desilusión, aparecen otra vez los fantasmas del cambio que cambia todo para no cambiar nada. El poder político con propósito de transformación representado en el presidente Zelaya, cede amenazado por la política norteamericana, el poder económico obliga a Micheletti a ceder su tozuda insensatez ante la evaluación del perjuicio a sus ganancias por un intercambio comercial paralizado y sin financiamiento internacional, los golpistas negocian su reconocimiento internacional en unas elecciones amañadas e inmediatas que legitimarían su permanencia en el gobierno hondureño, y el pueblo pobre, desasistido, excluido, explotado pierde otra vez, pierde la esperanza de avanzar en una senda de reivindicación de sus sueños.

Cuando después del exitoso impacto internacional de la Cumbre del ALBA, realizada en Managua para rechazar el golpe de estado en Honduras, vimos al presidente Zelaya agradecer en Washington a “Doña Hillary y a Don Shannon”, su colaboración desinteresada en la solución del conflicto hondureño provocado por el golpe de Estado, presagiamos un final intervenido por los intereses norteamericanos en Centroamérica. Con el acuerdo propuesto se evidencia que “el tiburón sigue acechando”.


macunas7@gmail.com

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