José Steinsleger
La Jornada

En el séptimo congreso de la Tercera Internacional Comunista (1935), Stalin metió reversa. En lugar de burguesía versus proletariado, la opción sería fascismo o democracia. Frente Popular con demoliberales y socialdemócratas. El "agente fascista" Trotsky, creador del Ejército Rojo, fue excluido del club.

Demasiado tarde. Cuatro años después, Hitler, Mussolini y Franco pusieron la cereza sobre el pastel español. Pero quien revise las actas de aquel congreso también encontrará en ellas el auto de fe de los movimientos antimperialistas. En la lucha de clases de la historia universal, los pueblos coloniales y semicoloniales debían sacar turno.

El caso argentino fue emblemático. Spruille Braden, embajador de Washington en Buenos Aires y "hombre sensiblemente democrático" (según Codovilla), impulsó la Unión Democrática contra Juan Domingo y Eva Perón. Besos entre comunistas, conservadores, socialistas y demoliberales. ¿No le había dicho Stalin a Churchill que él sabría encargarse del "fascista sudamericano"? (1945)

Por su lado, los trabajadores argentinos intuyeron aquello de que lo externo condiciona, y lo interno determina. El gobierno de Perón nacionalizó los enclaves económicos angloyanquis, expidió proyectos de ley que dormían en los cajones de la izquierda parlamentaria, y planteó la integración latinoamericana como necesidad estratégica (1953).

Desde entonces, los politólogos y la sociología funcionalista a modo califican el peronismo de bonapartista, reformista burgués, conservador populista, democrático neoliberal, desarrollista posneoliberal, etcétera, carrusel conceptualizador de conceptos que en lugar de un trabalenguas parece un trabasesos.

A Brasil le fue mejor. Como Vargas había enviado tropas para luchar junto con los aliados, su gobierno no era fascista sino lo que no era: democrático. Mambo ideológico que en el decenio de 1960 ensayó otros pasos. Moscú acusó a los chinos de socialfascistas, y el cumplido fue devuelto: socialimperialistas.

En el decenio de 1970, algunos sociólogos marxistas estimaron que las dictaduras latinoamericanas obedecían a una suerte de fascismo militar "dependiente". Ahora, la opción sería fascismo o socialismo. Simultáneamente, desde Moscú, los expertos en América Latina explicaban que el continente se dividía en regímenes fascistas, dictaduras terroristas y regímenes no fascistas.

Como Argentina era fuerte exportadora de granos a la ex Unión Soviética figuraba entre los últimos. ¡Qué complejo! En 1978, el filósofo Bernard-Henri Lévy entrevistó para la revista española Cambio 16 a Roberto Vallarino, miembro del comité central del Partido Comunista Argentino.

–¿A quiénes considera usted elementos progresistas de la junta militar?

–Si usted quiere nombres, yo se los nombro: Videla, Massera, Agosti, Suárez Mason…

–¿Y las violaciones a los derechos humanos, no le preocupan a usted?

–Sí, naturalmente. Nosotros tenemos incluso 71 militantes del partido que están desaparecidos.

En el decenio siguiente, los llamados "nuevos filósofos" (estructuralistas, posmodernistas, posestructuralistas) inventaron términos como "biopoder" y "fascismo de izquierda", dando oxígeno al desgarrado nihilismo barrial de los espíritus cosmopolitas. Así nació la "izquierda moderna".

Los Pactos de la Moncloa entre franquistas y socialistas bien peinados (Madrid, 1977) hicieron escuela en Chile. En México se quiso emularlos, pero no prosperaron porque México, cómo le digo… es México. Y en Argentina, una corriente gramsciana reciclada del guevarismo, redescubrió el liberalismo avant la lettre: con la democracia se come, se educa, etcétera.

En tanto, el capitalismo salvaje desmantelaba el Estado. Y los desempleados se llamaron "nuevos pobres" o "informales". La democracia pasó a ser cosa de la "sociedad civil" y los organismos "no gubernamentales" crecieron como hongos. Sólo que la caza y pesca de ayuda externa dependía del uso de la amigable palabra "gente", menos sudorosa que la palabra "pueblo", sospechosa de fascista o comunista.

Si decir "fascismo de derecha" equivale a tautología, resta por ver si toda forma de violencia estatal, discriminación racial, sexual, religiosa, es igual a fascismo. Porque en dado caso, quedaría probada la ley de Godwin.

Investigador de las analogías del lenguaje, Mike Godwin sostiene que a medida que una discusión se alarga, la mención de Hitler y el fascismo tiende al cien por ciento. Con lo que el debate se interrumpe. Godwin asegura que la tendencia a la simplificación y el panfleto se ha convertido en una vertiente naturalizada de la comunicación de masas.

Ahora, la opción sería socialismo o barbarie. Basta. En Colombia, la contrainsurgencia global se ha puesto en marcha y, aferrados a los retazos de legalidad que restan, los pueblos perciben que la incitación al suicidio no sólo rondaba en la cabeza de los intelectuales que vivían "detrás del muro".

En días pasados, con motivo del gran show en Berlín, un millar de anarquistas y antifascistas desfilaron por la avenida Under Der Linden. Sus pancartas rezaban una hermosa consigna: contra la dominación de la falsa libertad.

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