Aníbal Delgado Fiallos, La Prensa, 5 de noviembre 2009

El pacto recién suscrito bajo la tutela del gobierno norteamericano puede caracterizarse como un convenio más de los muchos que se han firmado en nuestro país para conjurar crisis en las alturas.

Es un pacto en el que no cuenta para nada el interés general, las angustias de los marginados, la meta de una sociedad nueva.

Resuelve el problema más importante de la partidocracia retrógrada: las elecciones del 29 de noviembre, pero deja intacto un sistema electoral concebido para sostener el atraso y sin expectativas de solución a los problemas estructurales del país.

La suscripción del pacto provoca dos tipos de emociones en los estratos conservadores y liberales: de una parte júbilo porque se cree que la resistencia ha sido derrotada; de otra, la candorosa ilusión de que en Honduras la democracia reverdece.

Pero si bien el pacto encubre de momento los aspectos más repulsivos de la crisis que reventó el 28 de junio, deja vivas sus raíces cargadas de potencialidad explosiva, a expensas de que cualquier manotazo inocente o irresponsable pueda activar el detonante fatal.

La movilización del pueblo, movilización permanente, golpeada y sufrida de 125 días, no era para esto, era para mucho más; la resistencia al golpe de Estado jamás planteó un gabinete de conciliación nacional, mucho menos un gobierno de transición atado y privado del ejercicio de sus potestades constitucionales.

Si ayer afirmé que las elecciones organizadas en el marco de un sistema electoral signado por la inequidad jamás nos llevan al cambio social para bien de las mayorías, ahora afirmo que el pacto inducido desde Washington jamás nos acerca a la sociedad del progreso.

Creo que estas nuevas realidades que vivimos en Honduras plantean nuevos desafíos a las fuerzas que aspiran a la transformación social; creo que el esfuerzo movilizador de nuestro pueblo, muchas veces espontáneo, alentado por un instinto revolucionario asombroso, debe buscar formas de organización, integración y conducción acertadas, para el logro de sus objetivos.

Los ejes de una movilización política amplia de resistencia en las presentes circunstancias han de partir de un programa limitado a cambios no radicales en el sistema político-electoral vigente, estructuración de gobiernos decentes con impactos muy serios en la inequidad social y en la moral de los gobernantes y atención a las necesidades más sentidas del pueblo.

Sea cual sea la decisión del Congreso la lucha no termina porque sigue presente la realidad dolorosa del atraso y la trama indignante de la corrupción y el mal gobierno.

http://www.laprensa.hn/Ediciones/2009/11/05/Opinion/El-pacto

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