Gustavo Zelaya
Vos El Soberano

La Vida no ha estado enseñando que hay una gran variedad de posibilidades y circunstancias difíciles de entender y aceptar. Por esa complejidad pagamos precios muy altos, en especial los referidos a los valores morales. Se hace muy duro poseer ideas claras sobre el carácter de los valores y puede creerse que en la familia es donde mejor se adquieren. Sólo véase el caso de familias aparentemente ejemplares como las formadas por Villeda Morales, Corrales Padilla o Alvarado Puerto. No sé si exista alguien que los pueda tomar como modelos, sobre todo por el papel desempeñado por sus herederos en el golpe de estado contra el gobierno de Mel Zelaya. Me doy cuenta que puedo entrar en aguas turbulentas, asumo el riesgo de no hablar de generalidades y de especificar y señalar algunos de los responsables del desorden actual que soportamos los hondureños.

Ese tipo de familia sirven para descubrir que hemos experimentados cambios profundos y que no se puede seguir viendo la familia como un núcleo estable, homogéneo, ideológicamente coherente; ya que también hay otra clase de familias dirigidas por madres solteras y otros grupos que cierta tradición conservadora llama desintegradas. Es mil veces preferible estar a salvo de aquéllas familias supuestamente integradas y que ahora forman parte de las elites golpistas.

El concepto de familia desintegrada alude a padres o madres muertas, divorciados, separados, o con una vida social intensa y poca estadía hogareña. Parece pues, que disminuye el contacto familiar, que el desarrollo técnico ha penetrado la vida y que hay una notoria influencia de los medios de comunicación avanzados que nos muestran formas de existencia diferentes a las tradicionales. Hay también otros acontecimientos como los desastres naturales, la sequía, el hambre y los golpes de estado al estilo Honduras. Los individuos nos vemos también agobiados por el desempleo, los malos salarios, la marginalidad y las enfermedades.

En tal confusión social es difícil encontrar instituciones y personas que puedan ser vistas como modelos de valores positivos. Pero existen. Una de esas personas es Dionisia Díaz. Al verla en televisión me provocó una gran vergüenza ya que relataba que llevaba casi cuatro meses marchando en resistencia y yo apenas había participado en una cuantas ocasiones. Y esta mujer jamás ha sido presentada en sociedad ni aparece junto a los VIP. No existe para las familias integradas y con apellidos que han formado parte por décadas de los grupos de poder. Dionisia me dio delicadas y amorosas bofetadas. Y enseña que los valores morales no están del todo alejados de la cotidianidad, aunque ni siquiera formen parte del sistema educativo, se están forjando en la calle. Igual ocurre con los valores estéticos y del trabajo que es raro encontrarlos en sociedades interesadas más en la ganancia que en la formación humanista de los ciudadanos.

En estos días hemos visto a políticos y a diplomáticos hablar de las virtudes de los gobernantes, sobre de su capacidad negociadora y capaces de dialogar pensando en el bien común. Luego aparecen portando frases sumamente cínicas, hipócritas, cuando “descubren” lo que ya sabían que ocurriría, el fracaso de las negociaciones. Entonces se declaran “decepcionados” como dijo Kelly el del Departamento de Estado gringo, o que “deploran” cómo transcurren las cosas, como afirmó Insulza. Otros tipos de esa calaña van a aparecer, otra vez, como hombres de negocios exitosos que acrecientan sus fortunas a la sombra del poder; empresarios distinguidos y que incursionan en la política jactándose de la calidad de sus inversiones y sus productos, sin considerar la calidad de su vida privada y sin admitir competencia en su área de influencia.

El alto funcionario proclama la necesidad de respetar la ley, pero sus vínculos particulares se rigen por la prebenda y los favores personales; el pastor más elogiado o el obispo más ampuloso dicen que las personas deben apoyarse en la bondad y el perdón, pero su entorno más íntimo está plagado de dudosas amistades y elegantísimas apariencias. El comunicador aparece a la hora en punto y cobra buenos salarios, pero evade la polémica, impone su verdad y sólo se compromete con el mandamás de turno. Del policía ni hablar. Entonces, ¿cómo saber creer que la autoridad está para velar por nuestra seguridad? ¿De qué modo aceptar como ciertas las palabras de supuestos líderes nacionales que en privado hacen lo opuesto a lo que dicen? La incredulidad, por tanto, se ha convertido en una especie de valor que penetra la vida de muchas personas, en especial de los independientes, de los marginados, de los que han marchado por más de cuatro meses y que luchan a diario por sobrevivir en un ambiente violento y azaroso regido por el neoliberalismo y esta especie de neofascismo religioso que agrede día a día a la sociedad hondureña. Es posible que nos hayamos convertido en incrédulos y escépticos sobre todo porque estamos mejor informados. Y tal vez esto se esté profundizándose más con la forma en que se ha respetado el llamado acuerdo Tegucigalpa/San José. Otra trampa más.

6 de noviembre de 2009

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